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La ética y la moral en el águila azteca

Óscar G. Chávez

A Alma Lilia Vázquez Aguilar por la música,
por contribuir a apaciguar los demonios del almario.

U n alto en el camino entre Ixmiquilpan y Metztitlán al observar una labra virreinal del XVII tardío, con fuertes reminiscencias prehispánicas me hace sentarme a reflexionar; The sea, de Morcheeba, suena en los audífonos mientras analizo la interesante representación de una águila ubicua que asciende y desciende; interesante sincretismo de la exaltación del catolicismo que triunfa sobre la del panteón indígena que cae, pero que en esencia conceptual se eleva, porque trasciende en imaginario; es por oposición, la asunción del catolicismo, frente a la ascensión del panteón prehispánico. Consideremos la raíz pasiva de asumpta –que es la elevación por impulso, por ayuda–, frente a la activa de ascendere, que es por sí sola, por voluntad; así, mientras una –la cruz– lo logra por las armas, el politeísmo lo hace por herencia. Suena 6 Underground de Seneaker Pimps.

El 29 de diciembre de 1933, durante el segundo año en la presidencia del general Abelardo Rodríguez Luján (del último apellido la misteriosa L interpuesta), es publicado en el Diario Oficial de la Federación, el decreto de creación de la condecoración de la Orden Mexicana del Águila Azteca. Esta Orden surgía luego de realizar una adaptación del decreto mediante el cual –un año antes, el 9 de septiembre de 1932– había sido instituida la Condecoración Militar del Águila Azteca. La creación de la Orden tenía como finalidad premiar los servicios prestados a México o a la humanidad por personas de nacionalidad extranjera y corresponder, en casos excepcionales, a distinciones otorgadas por otros países a nuestros compatriotas.

La historia de esta condecoración hasta la actualidad, fue investigada minuciosamente por David Olvera Ayes en La Orden Mexicana el Águila Azteca, apuntes para su historia, donde se consignan también la nómina de personalidades a quienes se ha otorgado la más alta presea mexicana. Cita como primer recipiendario al presidente chileno Arturo Fortunato Alessandri Palma, y como subsecuentes a Miguel Charuga, su canciller; vendrían luego Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y Julio Álvarez del Vayo; presidente, jefe de gobierno y ministro del exterior, respectivamente, de la República Española.

Entre 1933 y 2010, ateniéndome a la obra citada, el gobierno mexicano ha otorgado esta condecoración –en sus cinco niveles– en 6,294 ocasiones; recayendo su mayor cantidad con 3,018 nombramientos, o sean un 48% en el continente europeo, mientras un 40% o 2,516 concesiones a ciudadanos americanos.

En una ceremonia apegada al protocolo mexicano, que contrastó frente a la sencillez y ausencia de etiqueta –por ir liviano de equipo– del presidente de Uruguay, José Alberto Mujica Cordano; el gobierno mexicano le entregó formalmente la Orden Mexicana del Águila Azteca en grado de Collar, reservada a los jefes de estado, al mandatario mencionado. La entrega ocurrió el 28 de enero de 2014, en La Habana, Cuba, donde el presidente mexicano Enrique Peña Nieto señaló al referirse al presidente uruguayo: es admirable su forma de entender y hacer política; su experiencia y filosofía de la vida lo hacen un gran estadista de nuestro siglo, como hombre sobrio, líder social y ciudadano del mundo. Estoy seguro que usted seguirá siendo ejemplo para ésta y futuras generaciones de uruguayos y latinoamericanos.

La condecoración se convirtió en la número 61 otorgada a personalidades de la República Oriental de Uruguay desde el año 1941, cuando le fue conferida al embajador extraordinario y plenipotenciario Hugo V. de Pena y a la que siguió la otorgada al general y arquitecto Alfredo Baldomir, presidente de esa nación, en vista del deseo del gobierno de México por patentizar al gobierno de Uruguay sus sentimientos de amistad.

Las palabras pronunciadas por el presidente de México en aquella ceremonia de entrega, pareciera que han quedado relegadas en los discursos que se integran a los anales de la diplomacia mexicana. Hoy sabemos de un presidente extranjero cuyas percepciones y dichos han sido considerados hostiles por el gobierno mexicano y un amplio sector de la sociedad.

La recepción gubernamental mexicana en materia de opiniones externas al hacer alusión al sistema político imperante en el país, es desde hace algunos sexenios intolerante a ellas cuando se hace énfasis en algún vericueto existente dentro del camino sobre la que se ha trazado. Quizá previendo este tipo de acciones, y buscando mantenerse dentro de un espacio neutral y ajeno a la crítica exterior, el gobierno mexicano ha enarbolado y defendido desde 1930 la Doctrina Estrada, en la que confluyen no sólo los reconocimientos que en materia de legitimidad otorga nuestro país a otro, sino también omite opiniones sobre sus derroteros.

Salvador Diego Fernández, jurista especializado en derecho internacional, elabora una certera crítica a esta doctrina por considerarla con profundas deficiencias al considerar que una ausencia o ejercicio de la crítica no implica un daño al otro régimen. En otras palabras, señala que en esta directriz la diplomacia y respeto a otro gobierno, no implica la ausencia de opinión desfavorable o crítica. Así, de continuarse dentro de estos parámetros de abstención al opinar sobre otro país y de rechazo a la crítica de otro, se ejercerá una práctica de abuso y negación, sobre el ejercicio de la libertad de opinión en materia internacional.

Es universalmente admitido, sin constituir daño o lesión en materia de dignidad para algún país, la emisión de opiniones sobre las políticas internas y externas de otro. Las mismas prácticas de derecho internacional señalan puntualmente las condiciones necesarias para ejercerlo y su aplicación no debería de lastimar a nadie. Sin embargo el estado mexicano, dentro del ejemplo actual prescinde de estas normas jurídicas y las sustituye por un crea procedente arbirtrio, libérrimo y denigrante, porque entonces así queda al mero capricho gubernamental la emisión de opinión alguna.

El sentir del gobierno mexicano atenta contra los derechos internacionales y genera por su propia voluntad un rechazo a ultranza de cualquier criterio que se emita, sin considerar su origen legalista, político, humanitario, de simple conveniencia circunstancial. Incurre, por ende, en la renuncia a opinar y sin aducir razones de orden jurídico, por considerar desconociendo razones del orden jurídico, que acarreará odios, inquina o dificultades contra cualquier estado sobre el que realice observaciones; dejando de lado sus obligaciones internacionales, que reflejaran un perjuicio contra el país.

Nada de lo que señala el presidente Mujica se encuentra alejado de la realidad, el actual sistema gubernamental que impera, es propio de un estado fallido; quizá las mismas fórmulas y cortesías diplomáticas señaladas arriba, son las que generaron que el jefe de estado uruguayo matizara el hecho al señalar que daba la impresión de ser. En atención a la honestidad los mismos mexicanos deberíamos de aceptar el hecho. El actual sistema de gobierno ha generado, y por tanto es, un modelo fallido, no acorde a las exigencias del país.

México se encuentra invadido por la corrupción, carcomido en palabras de aquel presidente, y en efecto es una tácita costumbre social. No sólo, debemos aceptar, es Ayotzinapa; la mecha que ha detonado la situación del país, que es más que evidente que nos empeñamos en ocultar e ignorar. A esto vienen a sumarse una serie de factores que han sido dados a conocer a la opinión pública.

Mujica es muy certero al señalar, y contrasta con la actitud del presidente mexicano al comentar que era un problema de Iguala, que el problema de México es un problema de la humanidad. Son cosas que en el mundo de hoy no deberíamos permitir, porque la civilización que tenemos tiene muchísimos defectos, pero el progreso y la marcha de esa civilización no tiene que atar las manos. Hay cosas que no se pueden permitir. Estas cosas podrían ser en la Edad Media, pero no en el mundo de hoy Se trata de corrupción de cabo a rabo. Es todavía peor que la dictadura, porque las dictaduras, […] siendo feroces, por lo menos tienen un enfoque que pretende ser político… esto es corrupción, es un negocio, es plata.

Escuchar opinión del extraño, del extranjero, representa para el mexicano un atentado contra su permisividad en el actuar; pese al transcurso del tiempo y de los elementos históricos que hay en torno a nuestro discurrir cotidiano, no hemos adquirido la capacidad de responsabilizarnos de nuestros actos y de reconocer la realidad en la que nos encontramos inmersos.

Estamos en una sociedad laxa en valores cívicos y somos regidos –porque así lo hemos permitido– por un sistema carente de ética y moral. De ahí, que el enterarnos que esto es formulado –por así percibirlo el ejecutivo de otro país–, constituye un ofensa, más que por ser una opinión, por darnos cuenta que nos resume como sociedad. La verdad que lacera e incomoda, y merece ser traducida como ofensa que atenta contra la dignidad nacional.

De una forma curiosa, y casi visionaria, el mismo presidente Mujica, durante la imposición del collar de la Orden del Águila Azteca, solicitó permiso por considerar que el peso del relumbrante metal que le da forma, era demasiado para su persona que no estaba acostumbrada ni al uso de la corbata. Es pues el peso que constituye la represora política mexicana, al señalar como ofensiva la opinión de un hombre digno que ha sabido señalar los defectos de un régimen amoral.

Si el gobierno de México se cierra a escuchar la opinión de un mandatario al que antes condecoró con su más alta presea mexicana al considerarlo amigo, no se puede esperar que escuche el clamor de un pueblo que solicita no ser víctima de un aparato indolente y apático que sólo pretende atender los requerimientos que su mismo aparato burocrático establece y sólo se guía por necesidades de momento para dictar ese crea conveniente, imperante en un régimen autoritario.

La actual figura presidencial, encumbrada por asunción asistida, debe de recordar que al igual que las águilas –pese a ascender por impulso propio– puede caer en el momento que aquellos que lo condujeron hasta el sitio, no lo hagan más. De la misma manera –y así se explica el miedo de Mujica– puede caer por el peso de los eslabones mediante los cuales ha sujetado su imagen. Gruesos eslabones de corrupción, carentes de dos principios básicos que son la ética y la moral.

#RescatemosPuebla151