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La famosa silueta

Luis Ricardo Guerrero Romero

Puedes sentarte, sólo deseo platicar sobre lo que vi en las vacaciones del año 2020, cuando tuve la oportunidad de ir a visitar la casa de los abuelos de mi amiga francesa: Lohane, por obvias razones esta vez no revelaré el apellido, aunque siempre te he hablado abiertamente de mis amigos, pero con esto que les ha pasado a los franchutes este año no es bueno habar tanto de ellos, sin embargo, ahora que oigo tu forma de expresarte, me recuerdas tanto eso que vi en la casa en donde creció Lohane. Habrás de conocer la estructura arquitectónica de los pueblos de aquellos lares, ya sabes a lo que me refiero, menos Le Corbusier, y más céltico, sin llegar a los extremos, ¿comprendes? En fin, bajo una gran tapia que yo mismo ayudé a demoler, encontramos algo así como un manual de conservación de formas, al abrir el libro, hojearlo y leer, la reacción se conjugó entre risas y asombro, aquello era para que me entiendas un protocolo de la lengua. Pero como no recuerdo bien las frases originales, te lo explicaré en nuestro contexto. Trasbocar, así debes decir en lugar de vómito, la palabra en sí provoca náuseas; miembro viril, sonará más educado que pito, pene, tolonga, aquí la palabra no causa náuseas, sino todo lo contrario en la mente de recatadas señoritas; respetable anciano o adulto mayor, en lugar de viejo o vetusto, rufles y ruco, ya que las personas viejas saben que lo son, pero no es agradable al oído decírselos; de poca solvencia y económicamente débiles, es más apropiado que pobres, jodidos, miserables, aunque no sabemos si Víctor Hugo repensaría con esto su obra; autoestimularse, no imagines mal, se refiere al uso de drogarse, porque incluso decir: droga, “la marí”, porro, hierba, ganya, etcétera, es de personas con poca solvencia; meretriz y no prostituta, ni golfa, zorra o puta, no olvides que se habla de un oficio antiquísimo, y finalmente; caballero, en lugar de peladito, cabrón, morro, güey, tornillo, y un sinfín de denominaciones. Pudiera seguir con esas sentencias que encontramos en el manual Étienne de Silhouette, hombre de ridícula fama conocido sólo por su rotundo fracaso político financiero en aquellos siglos, sin duda una rata, uña larga, carterista, lángara, político, es lo que deseaba decir, aunque nos dejó una palabra más en nuestro vocabulario –silueta–, gracias a su apellido y sus apenas esbozos de pensamiento.

Del relato anterior podemos resaltar un par de ideas, la primera, aquel manual diplomático, era residencia de eufemismos, los cuales fueron contextualizados por nuestro narrador; y la segunda idea es la fama, ya sea buena o mala de alguien que ciertamente existió y nos dejó su presencia hasta la fecha con su apellido convertido en sustantivo: silueta, así de esta manera el político gabacho es famoso, aunque pocos lo recuerdan. La fama, se suscita por lo que se dice, así se reconoce desde el griego antiguo en la voz φημη (feme): advertencia, lenguaje, incluso aviso de los dioses; esta palabra dórica, asimismo, es hallada como  (femi): dar a conocer, anunciar y expresarse. Por eso el eufemismo (eu-feme) es una insinuación dicha de modo agradable sobre algo, tal y como se escribió el hipotético manual del hombre de la silueta famosa. En la lengua latina trasladado este sustantivo de modo similar encontramos el antecedente más inmediato de la palabra fama: fama, ae (de la primera declinación), aunque con variantes fonéticas propias de la pronunciación. La fama, categóricamente es un reconocimiento popular, artístico, científico o heroico, que se expandió por alguna loable acción, o bien, se dijo algo vergonzoso o desdeñable de alguna persona, y muchos la escucharon, causando la fama.