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La forma del agua: una historia de amor

Mariana Hernández Luna

Antes de ir a ver la película La forma del agua (The shape of water), cuya historia y dirección son del mexicano Guillermo del Toro, escuché y leí varias críticas y todas, a excepción de una, decían que el filme era no solo una gran historia romántica de fantasía sino bellísima en términos visuales. Casi todos los críticos coincidieron en la existencia de algunas incongruencias narrativas que podían disculparse en pro de la historia de amor relatada.

A quienes nos gustan las películas de Guillermo del Toro reconocemos su gran creatividad en el diseño de monstruos y atmósferas. Al igual que a quienes también nos gustan las películas de Tim Burton sabemos que sus personajes pertenecen a universos muy personales, desarrollados desde la subjetividad de sus creadores con la que conectamos, reconocemos no solo sus estilos cinematográficos sino también una excelente manufactura hollywoodense.

Más allá de estos universos de seres o monstruos y atmósferas muy particulares no me aventuraría a decir que La forma del agua es una obra maestra de la cinematografía.

La historia no es novedosa, es otra vez el relato de la bella y la bestia con toques de El monstruo de la laguna negra, un cuento de hadas en el que una princesa muda que trabaja en un laboratorio del gobierno estadunidense se enamora de un monstruoso y solitario príncipe anfibio. Sin duda la historia es capaz de conmovernos. La selección de la música y la ambientación son magníficas. Algunas secuencias son realmente bellas y en todo momento deseamos que el amor triunfe.

He escuchado a Del Toro en varias entrevistas hablar sobre la película, es obvio que es muy instruido y sensible, capaz de conectarnos con aquel sentimiento de exclusión o marginalidad que, particularmente en la adolescencia, tuvimos porque nos sentíamos ajenos al resto, cuando, tal vez, optamos por pertenecer al grupo de los freaks como mecanismo de defensa, de preservación.

La película es, definitivamente, muy buena. La ambientación –principios de la década de los 60 en Estados Unidos– es impecable, las actuaciones magníficas, particularmente la de Sally Hawkins, no imagino a ninguna otra actriz capaz de dar vida al personaje de Elisa Esposito.

Hay en la película múltiples aspectos que pueden comentarse como la contextualización de la historia durante la guerra fría y pleno apogeo de la carrera espacial, los espías rusos en Estados Unidos, la segregación racial o de los discapacitados, incluso la velada homosexualidad de Giles (Richard Jenkins) que es amigo y compañero de piso de Elisa, además de ser el narrador de la historia. Tenemos también el hecho de que Elisa y Giles viven sobre una sala de cine que solo exhibe películas bíblicas. Sin duda, uno de los asuntos que hacen que la película no sea apta para niños es el amor entre dos especies diferentes y que me hizo recordar el libro Los anormales de Michel Foucault.

Quienes acudan a ver la película no esperen un filme palomero, pero tampoco una obra maestra de la cinematografía, esperen una inusual y conmovedora película de amor que es disfrutable los 123 minutos de duración.

Por otra parte, desde su estreno el 31 de agosto de 2017 la película ha arrasado en las premiaciones cinematográficas como los Golden Globes, los Bafta (British Academy of Film and Television Arts) y los Critics Choice Awards, entre otros, incluso ganó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia. Sin embargo, recientemente se ha suscitado una controversia al viralizarse el cortometraje The space between us. Se trata de un cortometraje escolar de poco más de 12 minutos que fue realizado en 2015 por un grupo de jóvenes holandeses que guarda obvias y evidentes similitudes con la película en cuanto a la historia, los personajes e incluso la puesta en escena. Del Toro ha afirmado que su proyecto se inició desde diciembre de 2011 y que en 2014 fue adquirido por Fox Searchlight.

Al parecer, tanto los holandeses como Del Toro han dicho que se trata de una coincidencia, no hay ni parece que habrá disputas legales al respecto.

Pensar en la posibilidad del plagio es algo que vulnera no solo a Del Toro como cineasta, involucra también a nuestro ya de por sí mancillado nacionalismo y quién sabe si también pueda minar el camino de la película en las premiaciones de los Oscar. No creo que Del Toro necesite copiar a nadie ni tampoco creo que los jóvenes holandeses hayan tenido acceso al proyecto de La forma del agua. Quizás, sencillamente, no hay nada nuevo bajo el sol, los avezados en arte y literatura dicen que solo hay tres grandes temas: amor, vida y muerte y que todo gira en torno a ellos. Quizás por eso tendemos siempre a narrar las mismas historias, de ser así, entonces es que podemos afirmar que otro de los hallazgos de la película es el cómo se cuenta la historia de amor entre dos seres marginales.

Mariana Hernández Luna
Mariana Hernández Luna
Originaria de San Pedro, Coahuila. Licenciada en Ciencias Humanas en la Universidad Iberoamericana y Maestría en Estudios Humanísticos en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Experiencia laboral en dependencias municipales y en el Sistema Nacional DIF y como docente en todos los niveles educativos