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La fosa paterna

Luis Ricardo Guerrero Romero

Eran comunes los señalamientos que de modo despectivo se emitían sobre mi alter ego. La etiqueta de misántropo era la más frecuente con la que me enfrentaba. Sabía que hablaban de mí el resto de mis compañeras en el grupo de whats. Ejemplos como el escuchar a todos los del salón comentar entre clases sobre las bellas fotos que en Instagram había de él, o de las etiquetas posteadas en Face, eran sólo algunas cosas a las que nunca le hallé sentido. En cambio, mis intereses eran otros. En aquel mes me refugiaba en un libro sugestivo y creador: Codex Seraphinianus. El facsímil que mi padre el archimandrita exiliado me pudo conseguir ni siquiera la universidad lo ha logrado adquirir. Mi padre tuvo bastantes conocidos influyentes, su exilio a este lugar fue drástico pero necesario. Sin embargo, no ha sido tan sencillo vivir en este país el cual con sus costumbres y sus gentes sólo han causado en mí una insatisfacción espiritual.

Aquel domingo vi a mi padre comenzar su camino hacia la parte más noble del terreno para buscar aquel socavón con el que había soñado una noche anterior. El solía contarnos sus sueños para tomarnos acaso como seguidores de Carl Jung. De repente, un choqué eléctrico me despertó del sueño en el que había escuchado un sueño más de mi padre en donde él se dirigía hacia un socavón avistado en ese poblado. Cuando desperté de ese sueño tuve la ligera impresión de haber soñado que había soñado con el archimandrita que quiso soñarse durante mi descanso. De tal suerte que decidí andar por el camino más noble del terreno para encontrar ese poro de la madre Tierra, una fosa.

Intento aceptar lo que vi, pero todo me pareció tan profundo dentro de una fosa, tan profundo como el respiro que penetra por un par de fosas que me dan la vida. No obstante, a la profundidad de la fosa pude verlo con la luz que destelló mi celular al tomar una foto. El archimandrita exiliado había dado fin a su vida y jamás volvería a llamar papá a nadie, esa fosa me declaró la gloria y la infelicidad. La gloria porque ya no seré la mujer de la que se rumora en redes sociales, la hija del exiliado archimandrita; la infelicidad, porque fui yo quien preparó esa cárcava para conducir a mi padre a ese sitio, luego de haberle interpretado un sueño que me valió de señuelo para darle muerte. Debo ser franca, matar a mi papá aún me tiene impactada, en un estado de alexitimia, pero despreocupada de las autoridades, pues el beneficio de haber sido exiliada a México junto con el finito archimandrita es el saber que en esta región: al asesino, al cobarde forajido, al político, al violador o al delincuente, nunca se le pena. México es un país libre para el abusador, es la fosa localizable en un mapamundi.

Penosa es la idea que la asesina del archimandrita tiene sobre nuestro país, penosa pero cierta, algo exagerada la concepción de ver a nuestro país como una fosa, pues fosa es una palabra hueca, un lugar que alberga nada. El pensar en una fosa incluso me recuerda el fenómeno de las “fosas negras” de Stephen W. Hawking, ―por qué no cambiar el nombre de hoyo a fosa, si sólo se trata de cálculos basados en la teoría de la relatividad general―.

El sustantivo femenino fosa, proviene del latín fossa, debido a un cambio fonético denominado síncopa, suprimió una /s/ a la palabra. El empleo de esta palabra tiene usos reprobables como los encontrados en la santa biblia en donde se señala: “Fosa profunda es la boca de la mujer extraña; aquel contra el cual Yahvé estuviere airado caerá en ella.” (Proverbios 22: 14). La palabra fossa, significa excavación o agujero, pero también es un límite. La muerte es fosa para la vida, y lo fue para la víctima del anterior relato.

Existe la palabra italiana fosso, paralela al sentido de fosa, pero ésta, más bien es una zanja o cuenca, motivo por el que hoy decimos pozo.