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La grandeza de un rector

Óscar G. Chávez

Imposible eliminar de la memoria colectiva de los mexicanos los sangrientos sucesos ocurridos en Tlaltelolco la noche del dos de octubre de 1968.  Difícil desterrar del recuerdo el suceso que marcó un antes y un después en el sector estudiantil que organizado reclama al poder sus derechos. Sangre y memoria; sangre en la memoria; memoria empapada en sangre; sangre que rebasa las memorias generacionales y se vuelve común y atemporal. Tlaltelolco existe en la medida que perdura en la conciencia histórica de un pueblo; Tlaltelolco es el memorial a la infamia, pero es al mismo tiempo el homenaje permanente a aquellos que fueron masacrados por un estado que no supo dialogar con quienes se empeñaron en disentir.

Tlaltelolco es el cráneo blanco colocado en el tzompantli negro de Huitzilopochtli; de nuevo el ídolo sediento que inflexible reclama su cuota de sangre a sus perpetuos proveedores. Es la blancura de ese cráneo, entre los otros de basalto, la que obliga a fijar la vista en él; retención de la imagen y permanencia en la memoria intemporal de un pueblo.

Hablar, escribir, opinar bajo cualquier parámetro y aún disentir sobre los hechos de aquel octubre rojo –sangriento otoño mexicano–, pareciera uno de los oficios más comunes en el imaginario sociológico mexicano. Pareciera que todo se ha dicho, que nada nuevo se aportará; aparecen, sin embargo, opiniones particulares que aportan sus propias interpretaciones del hecho, elevándolas a nivel de verdades personales. Que es el actuar personal sino verdad o falsedad.

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El actuar de los hombres como directrices fundamentales de los sucesos, son los mismos que permiten la subsistencia intemporal de aquellos que por encima de los roles sociales que debieron desempeñar frente a un colectivo, lograron aportar cuotas más trascendentes que las que les fueron fijadas.

Son los actos ligados de manera indisoluble a las convicciones y principios de un hombre los que permitirán el reconocimiento de quienes los sucedieron; no es la historia la que posiciona o juzga, son las acciones del hombre las que permiten que sus congéneres les brinden el merecido reconocimiento o el repudio permanente. Es la conformación de los panteones heroicos de los pueblos.

Encumbramiento o denostación y olvido, son inherentes al culto de los hombres a los hombres. El engrandecimiento del hombre por el hombre; el recuerdo a la grandeza, a lo heroico, a lo sublime. El hombre como canon de sus actos, los actos como canon de lo humano; no se puede hablar de Tlalteloco sin hablar de Javier Barros Sierra.

Hombre de sangre liberal; heredero de una pléyade familiar, donde imperaron las ideas liberales instauradas por su bisabuelo Justo Sierra O’Reilly (1814-1861), y proseguidas por su abuelo Justo Sierra Méndez (1848-1912), Javier Barros Sierra –trigésimo cuarto rector de la UNAM–, ha sido considerado como un rector a la altura de sus tiempos que sin vacilación alguna se enfrentó enérgicamente y desde la óptica de sus sólidas convicciones,  al estado represor que generó y manu militare reprimió los violentos sucesos del convulso 1968 mexicano.

El día de ayer con motivo del centenario de su natalicio, la UNAM organizó un homenaje encaminado a recordar los actos del ingeniero Barros Sierra y tributar un reconocimiento a quien supo enfrentarse de una manera razonada –e inverosímil para ese momento– más al sistema político, que al estado, que violentó la autonomía universitaria, y reprimió excesivamente a sus estudiantes.

Barros Sierrra, hombre cercano al poder, del que paradójica y congruentemente supo mantenerse alejado, había destacado a lo largo de su vida profesional como catedrático de la Escuela Nacional de Ingenieros, de la que fue director entre 1955 y 1958; secretario de Obras Públicas entre 1958 y 1964; primer director del Instituto del Petróleo en 1966; halló corolario a su trayectoria en la rectoría de la UNAM en junio de 1966.

El discurso con el que dio inicio a su gestión como rector, fue preciso dardo, en el que lanzó una serie de premisas que serían directrices de sus actos como dirigente educativo: Llego sin compromiso alguno, salvo el que contraigo con la Universidad Nacional misma. Tendré la humildad necesaria para servirle y la firmeza y la convicción suficientes para no convertirme en agente de ninguna facción. Y no trataré de hacer ni permitiré que otros hagan de nuestra comunidad un instrumento de vanidades, intereses egoístas o pasiones espurias.

Dos años más tarde, luego de la execrable destrucción de la puerta de San Ildefonso por un bazucazo del Ejército Mexicano la madrugada del 30 de julio de 1968, Barros Sierra izó la bandera mexicana a media asta en señal del luto universitario frente al autoritarismo represor suministrado intempestivamente por el estado.

Las palabras pronunciadas aquella ocasión fueron categóricas: Hoy es un día de luto para la Universidad; la Autonomía está amenazada gravemente. Quiero expresar que la institución, a través de sus autoridades, maestros y estudiantes, manifiesta profunda pena por lo acontecido. La Autonomía no es una idea abstracta, es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos. […] Una consideración más: debemos saber dirigir nuestras protestas con inteligencia y energía. ¡Que las protestas tengan lugar en nuestra Casa de Estudios! No cedamos a provocaciones, vengan de fuera o de dentro[…] La Universidad es lo primero, permanezcamos unidos para defender, dentro y fuera de nuestra casa, las libertades de pensamiento, de reunión, de expresión y la más cara: ¡nuestra Autonomía! ¡Viva la UNAMI ¡Viva la Autonomía Universitaria!

Momentos después encabezaría una marcha en defensa de la autonomía en la que participó toda la comunidad universitaria, cálculos de la época consideraron una asistencia cercana a las 150 mil personas. Ahí, en un nuevo discurso hizo énfasis en la necesidad de la conciencia estudiantil al señalar: Necesitamos demostrar al pueblo de México que somos una comunidad responsable, que merecemos la autonomía, pero no solo será la defensa de la autonomía bandera nuestra en esta expresión pública; será también la demanda, la exigencia por la libertad de nuestros compañeros presos, la cesación de las represiones. Será también para nosotros un motivo de satisfacción y orgullo que estudiantes y maestros del Instituto Politécnico Nacional, codo con codo, como hermanos nuestros, nos acompañan en esta manifestación. Bienvenidos. Sin ánimo de exagerar, podemos decir que se juegan en esta jornada no solo los destinos de la Universidad y el Politécnico, sino las causas más importantes, más entrañables para el pueblo de México. En la medida en que sepamos demostrar que podemos actuar con energía, pero sólo dentro del marco de la ley, tantas veces violada, pero no por nosotros, afianzaremos no sólo la autonomía y las libertades de nuestras casas de estudio superiores, sino que contribuiremos fundamentalmente a las causas libertarias de México. Vamos pues, compañeros, a expresarnos. Y no necesito repetirles una vez más que estemos alertas sobre la actuación de posibles provocadores. Los provocadores, lo señalo desde ahora, si los hay espero que no, confío en que no—, serán objeto del repudio mayoritariamente abrumador de la comunidad universitaria. Y yo, lo digo desde ahora y sin ambages, seré el primero en denunciar los ante nuestra universidad y ante la opinión pública.

Vendría luego la ocupación militar de Ciudad Universitaria, el 18 de septiembre; el acoso sistemático del régimen a la institución y a su titular, le motivarían a presentar su renuncia el 23 de septiembre. La carta de renuncia, pletórica en dignidad y a la altura de las necesidades del momento, nos muestra a un hombre digno y de conducta ejemplar, que atento a las circunstancias, prefiere sacrificar su trayectoria, a convertirse en obstáculo que imposibilite las labores reconstructivas de la lesionada institución: Los problemas de los jóvenes sólo pueden resolverse por la vía de la educación, jamás por la fuerza, la violencia o la corrupción. Esa ha sido mi norma constante de acción y el objeto de mi entrega total, en tiempo y energías, durante el desempeño de la rectoría. Más la situación presenta ahora una nueva fase: estoy siendo objeto de toda una campaña de ataques personales, de calumnias, de injurias y de difamación. Es bien cierto que hasta hoy proceden de gentes menores, sin autoridad moral; pero en México todos sabemos a qué dictados obedecen. La conclusión inescapable es que, quienes no entienden el conflicto ni han logrado solucionarlo, decidieron a toda costa señalar supuestos culpables de lo que pasa, y entre ellos me han escogido a mí. La Universidad es todavía autónoma, al menos en las letras de su ley; pero su presupuesto se cubre en gran parte con el subsidio federal y se pueden ejercer sobre nosotros toda clase de presiones. Por ello es insostenible mi posición como rector, ante el enfrentamiento agresivo y abierto de un grupo gubernamental. En estas circunstancias, ya no le puedo servir a la Universidad, sino que resulto un obstáculo para ella. La renuncia fue rechazada por la Junta de Gobierno.

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Javier Barros del Villar su nieto –en amable e informal charla– evoca al abuelo como un melómano apasionado de Brahms; su magistral biblioteca-refugio instalada en su casa de la calle de Corregidora, en San Ángel, donde dedicó bastante tiempo a las lecturas de Borges y Reyes, de quien era admirador, le permitió convertirse en un creyente del arte de la palabra. Maestro en esgrima verbal, en la construcción de silogismos –matemático al fin–, supo expresarse mediante la palabra y sus actos.

Hoy –señala–, cuesta trabajo pensar en figuras políticas que puedan educarte a través de los actos. Tuvo la congruencia como premisa, que es algo que distingue a ese tipo de figuras y que hoy es impensable hallar en algún funcionario público.

¿La imagen del abuelo? A nivel familiar tiene un tinte bastante ético, una carga moral muy importante. Fue un hombre discreto en lo absoluto, convirtió la discreción en su credo personal; sensible a lo humano (a pesar de ser ingeniero). Después de Tlatelolco nunca volvió a ser el mismo; falleció por un poco de cáncer y un mucho de tristeza profunda.

Un personaje muy completo; su estela es una brújula pertinente aún en estos tiempos. ¿Por qué ya no hay personajes así?