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La historia y sus aromas

Luis Ricardo Guerrero Romero

C onocí a Bianca Daniela en una estancia de abril sin estival recuerdo, su nombre me era familiar por haberme aprendido en el idioma italiano la triada de los colores primarios y su resultado al combinarlos: rojo, verde, azul, tiende al blanco (rosso, verde, blu, tiende al bianco). Sin saber mucho de ella supe lo necesario cuando un aroma alimonado entrelazó nuestras historias.

La historia del aroma es así, entrelazada, parece un asunto de magia que sea la misma zona que nos provee de oxígeno la que nos estimula el olfato, ¡quién sabe!, si nuestro bulbo olfatorio y células nerviosas envíen aroma de vida al cerebro. Lo que sí sabemos es que el asunto del aroma tiene un simbolismo con el recuerdo, es decir que esta percepción activa de uno los sentidos funciona también para el hecho del ejercicio mental, y esto a todos nos ha sucedido, a mí, con el aroma de Daniela y a ti, con estas hojas noticiosas que proclaman la verdad, en este sentido La Jornada San Luis huele a verdad impresa.

La palabra aroma es resultado del griego αρομα (aroma); esta palabra podemos decir ha pasado fonéticamente de un modo bastante lacónico a nuestra lengua española, no obstante así el sentido primigenio, puesto que en su origen αρομα sólo significaba planta con olor, de allí que para los romanos e incluso en nuestros días el aroma sea extraído básicamente de plantas o de olores bellos procesados. Para esta civilización colosal –la romana–, la palabra aroma no era la más adecuada para hacer referencia sobre un olor, sino fue la palabra latina odoror (oler, percibir los olores) la que tomó el significado de aroma, lógicamente el aroma no es aroma en sí, al no ser que alguien lo olfatee. De este modo odoror formó parte de la historia del aroma, y la mencionada palabra latina sufrió un cambio de liquidez fonética al mutar la /d/ por /l/ luego entonces: odoror˃ oloror˃ oloro˃ olor, dando como resultado la misma idea helénica, el aroma, lo que produce olor.

De las especies de plantas con mayor popularidad debido a su aroma encontramos las denominadas aloysa (nombre científico) o hierva luisa en honor a la reina María Luisa de Parma, este hecho lo citamos para resaltar que no todos los inventos o creaciones de la humanidad llevan un nombre masculino como identidad, pues recordemos que no es hasta entrado este siglo cuando se replantea el dejar de identificar a los fenómenos naturales desastrosos con un apelativo femenino. Pues para la mentalidad antiquísima el mal era producto de la mujer. Pero ya lo dice ese popular cantante “si ellas nos dan la vida, que ellas nos quiten”.

Para dejar a un lado la melosidad atendemos a nuestra palabra aroma, la cual tiene hasta nuestra época un verbo oloroso como descendiente: perfumar. Este verbo es el resultado de unión de un prefijo sumamente productivo: per, que significa alrededor de, junto con, a través de, en torno a, así palabras como pernoctar, percibir, pertenecer, y un largo etcétera llevan el sentido del prefijo citado. Ahora bien, recordemos que en la historia de la lengua nuestra consonante sorda /h/ se generó a partir de una labiodental sorda /f/ de tal suerte tendríamos como inicio: perhumar y luego perfumar. La palabra latina: fumos es literalmente humo, lo que humea, esto cobra sentido porque para perfumar los templos se quemaban plantas aromáticas, asimismo los destilados y vinos están perfumados a causa del procesamiento de hierbas o maceración.

Yo me perfumo con el limón enamorado del recuerdo.

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