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La increíble y triste historia de Patrón y sus herederos desalmados

Luis Ricardo Guerrero Romero

Denso es el aire aquí. Y tibio. Lo respiro entre casas que quiebran su fachada en el agua.

Un gato mansamente se me enreda en las piernas y me retiene inmóvil delante de Yahveh (Ghetto, María Victoria Atencia)

A muchos les puede parecer un asunto caprichoso lo que a continuación anotaremos acá, pero si hay algo que del uso de las palabras en nuestra patria no me agrada es la constante expresión: patrón. Si escuchar esa palabra me hubiera pasado hace siglos no lo tomaría mal, pero sucede que la escucho hoy y temo suceda mañana que al ir por un mercado, una avenida, los vendedores ambulantes-abundantes se dirijan hacia uno diciendo: –¿qué se le ofrece patrón, qué anda llevando?, desde la piel bronceada del “viene viene”, hasta el sanguinario tablajero persiste la reiterada manera de dirigirse con el cliente con la voz patrón. Si la situación es de cliente y vendedor, ¿por qué estos trabajadores dicen patroncito? y ¿por qué mi gobernador no es patrón de nada? La respuesta es obvia y lamentable.

En la mitología griega figuraba un héroe cabal de nombre: Πατρν (patrón) el cual /según Grimal/ se caracterizaba por ser acogedor con los más humildes y que dadas sus cualidades y ya pasados los tiempos pero en Roma, a la institución que brinda beneficios a los humildes se le denominó: patronato, obviamente en gloria a Πατρν Es evidente que a quien encabeza un patronato se le designe patrón. En latín la palabra patronus, refiere a un protector o defensor de arcas, de allí también la costumbre eclesiástica de tener una suerte de protector en cada templo o erario celestial.

Hasta aquí es lógico entender por qué el gobernador no es patrón de nada: a) el sujeto no es amable y acogedor con los humildes, y b) el sujeto no protege, más que sus propias arcas. Además la palabra patrón ya por el uso tiene semejanza semántica con el sentido de padre. En el griego clásico πατροθεν (patrothen) refiere al sentido que adopta un afiliado bajo el nombre de su padre, de este uso de patrón nos enlazamos a los patronímicos, esas partículas inseparables que nos indican de quién es hijo tal o cual sujeto no sólo en el español sino también en otros idiomas, por ejemplo tenemos: en holandés Van, hijo de: Van Gogh, Van Damme; el patronímico escocés de patos, mayonesa y hamburguesa: Mc o Mac: McDonald, Mac Pato; del hebreo y árabe los patronímicos Ben, Bin de lucha: Ben Yamin (Benjamín), Bin Laden; los muy conocidos patronímicos ez hijos de: Rodríguez, (de Rodrigo), Fernández (de Fernando), Álvarez (de Álvaro).

Todos los ejemplos anteriores citados, reiteran una idea de afiliación y conservan unión semántica con patrón, y además si volteamos la mirada a otro tipo de patrones como los de diseño o los químicos descubrimos que un patrón es un modelo, y los anteriores apellidos son en esencia un modelo que se sigue para conformar el patronímico. Recordemos por ejemplo que la palabra italiana que se traslada a patrón en términos de arte es modello, ello indica un ejemplo a seguir para la realización adecuada de una obra.

De este modo, distinguimos que para que a alguien se le denomine patrón es necesario que éste sea un modelo a seguir para resolver un problema o situación, esta idea permanece en la informática donde se designa patrón a la técnica reutilizable y efectiva de la operatividad de un software.

Los patrones deben ser fortaleza de la sociedad y de la cultura, deben tener visón lógica de mercado, como lo indica Carlos Fuentes en: En esto creo, al citar la obra de Julieta Campos: ¿Qué hacemos con los pobres? (patrón).