Diputados deslegitimados
13 enero, 2017
La indignación se desborda
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De la indignación a la acción

Renata Terrazas

En 2014 vivimos uno de los momentos más indignantes y repulsivos de nuestra historia. En septiembre de ese año, 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa eran desaparecidos con anuencia de las fuerzas del Estado. Una reacción aturdida de una sociedad que se asumía viviendo en democracia comenzó a vislumbrarse después de algunas horas de lo sucedido. Con los días subsecuentes y mientras corría la poca información, la indignación de la sociedad mexicana se hacía más presente, volcándose en las calles.

El cierre de ese trágico 2014 parecía evidenciar el momento cumbre de una población acostumbrada a recibir atropellos de sus gobernantes. Parecía que un despertar de la sociedad mexicana comenzaría a exigirle cuentas a sus representantes y funcionarios y, sobre todo, comenzaría a exigir cumplimiento a los derechos humanos.

Pasaron los días, los meses y a más de dos años lo que tenemos es una misma incertidumbre, negligencia por parte de las autoridades encargadas de investigar los crímenes del 26 de septiembre de 2014, berrinches del gobierno federal y continuos atropellos por parte de los gobiernos y las fuerzas del orden. No sólo la indignación de entonces no logró convertirse en una exigencia real por parte de toda la sociedad sino que el gobierno federal y los estatales continuaron actuando en total impunidad.

El inicio de este año se ha visto envuelto en manifestaciones, protestas e incluso saqueos –que apuntan a haber sido orquestados por poderes políticos– debido al llamado gasolinazo. Otra vez, todo parece indicar que la sociedad mexicana no aguanta más y comenzará a exigir cambios en sus gobiernos. Sin embargo nos enfrentamos a un problema, el enojo y hartazgo no necesariamente se traduce en acciones.

Es relativamente fácil unir voluntades en el enojo; muchas personas se pueden identificar con un acto negativo cometido en su contra y movilizarlos para mostrar su enojo no es la tarea más complicada. En cambio, unir para actuar es bastante más complicado.

El activismo de sofá en redes sociales si bien es un indicador de los ánimos de la gente, no necesariamente nos da muestras de su posibilidad y ganas de actuar. México es un país con un reducido número de organizaciones civiles en comparación con su población. A diferencia de democracias consolidadas, aquí la norma no es participar en y sobre lo público.

La precariedad de los mecanismos institucionales para atender las demandas sociales ha llevado a las y los mexicanos a ver en las calles el único espacio para participar en lo público. Las críticas que pueden hacer al respecto comúnmente no alcanzan a dimensionar lo cerrado y lejano de las instituciones democráticas y su incapacidad de construir confianza entre la ciudadanía. Por ello, las calles suelen ser el único espacio.

Si bien la protesta es un derecho fundamental, las manifestaciones espontáneas de enojo no logran materializarse en cambios reales por diferentes causas entre las cuales están: la falta de liderazgos, falta de articulación y escasa cultura asociacionista que encuentra enormes dificultades en un Estado diseñado para el control del poder.

Las clases políticas mexicanas tienen una gran experiencia construyendo estructuras de poder cerradas y reglas que sólo benefician a unos cuantos privilegiados. El acceso al poder sigue estando marcado por los partidos políticos, tan poco democráticos y que inspiran nada de confianza. El avance de las candidaturas independientes se ha visto atacado vehementemente por un sistema de partidos que mantiene el control del acceso y el ejercicio del poder en este país.

Ante este deprimente panorama de excesos de las élites políticas, canales cerrados para la participación, una sociedad poco diestra en la acción colectiva y las engañosas redes sociales que nos dan una lectura irreal de lo público ¿qué posibilidades tenemos de lograr un genuino cambio?

Un primer paso debe ser un continuo diálogo entre distintos sectores de la sociedad en donde se comparta información y se reflexione de aquello que es tan nuestro como nuestras vidas que es la comunidad. Un segundo paso es una continua apropiación de los espacios públicos, aquellos lugares donde converge la sociedad y que son los pulmones de una democracia. Por último, un mayor interés de participar en lo público, ya sea en comités vecinales, ejercicios de contraloría social, comités de participación ciudadana o consejos ciudadanos.

En la medida en la que comencemos a ejercer nuestro derecho a la participación ciudadana y exijamos rendición de cuentas de nuestros gobernantes, lograremos caminar hacia un país menos corrupto donde los derechos de todas y todos se garanticen. Los gobiernos sólo ceden cuando la sociedad empuja, es tiempo de hacerlo en la misma dirección.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación