Alertan sobre fraudes a nombre de Spotify
26 enero, 2018
Cínicos, antipoetas y deconstructores
27 enero, 2018

La lucha por el poder antiguo (I parte)

Una arqueología de la democracia

 Por Chessil Dohvehnain

[email protected]

 

Entre los siglos XIII y XVI de nuestra era, el Imperio Mexica se conquistó casi toda sociedad del Altiplano Central que encontraba a su paso. Impuso regímenes de tributo y comercio incluso en tierras tan lejanas como la Huasteca y la Costa del Golfo, las cuales, bajo el yugo mexica, fueron parte de casi todas las regiones mesoamericanas que brindaban tributo en bienes materiales y humanos para sacrificar, desde cientos de kilómetros de distancia.

Su única oposición, como bien recuerda Lizzie Wade, reportera de Science,  fue quizá la ciudad de Tlaxcallan, una supuesta república de gobierno colectivo del periodo Clásico que desde las montañas defendió con fiereza su libertad e independencia.

Desde 2007 un equipo de científicos provenientes de distintas universidades y centros de investigación de prestigio, han unido esfuerzos para elucidar los misterios del asentamiento arqueológica más grande ubicado en lo que hoy es el estado de Tlaxcala, y que para algunos, es el representante material de la primera sociedad democrática sistemáticamente documentada en Mesoamérica: Tlaxcallan.

El presente de la democracia

En fechas recientes hemos sido testigos de un incremento masivo de las acciones públicas que candidatos políticos de distintos partidos, edades y géneros, emprenden para captar adeptos y fieles en una guerra que definirá con mucho el nuestro futuro político, en un marco internacional en el que el futuro no es prometedor.

La potencial vuelta a un estado internacional similar al que había antes de la Primera Guerra Mundial, en el que el nacionalismo y el proteccionismo eran las premisas fundamentales de la política económica, nos augura un futuro reciente peligroso. Uno en el que si no nos involucramos activamente como colectividad, el menú de cada día serán las xenofobias, aislacionismos, las políticas totalitarias, las represiones públicas, y el fin del mundo como lo conocemos.

Y entre que a unos candidatos independientes como al de Ganemos le roban las firmas en un evento bajo la sospecha de los medios de comunicación, y entre que ya no reconocemos a los partidos de siempre que ahora se alían unos con otros a diestra y siniestra, vestidos con collares huicholes, creo que sería útil reflexionar en torno a la naturaleza de las democracias y el poder, y las ideas que su relación desde una perspectiva diferente.

Creemos desde nuestra perspectiva occidental que la democracia, ese “gran logro” griego que sobrevivió a los persas, es la forma definitiva de organización político-social que, con toda su compleja estructura, de alguna forma garantiza ideales como la libertad, la igualdad y la convivencia pacífica entre seres humanos. Ideas que consideramos las mejores al menos desde la Revolución Francesa de 1789 y el advenimiento de la Ilustración Occidental.

La cosa es que, y esta es una de las razones por las que me encanta la arqueología, creemos que ese “gran logro” que nos promete “el gobierno del pueblo, de los de abajo” es una cosa maravillosa y que vino de Europa, cuando la realidad cultural  nos demuestra que no fue así necesariamente. Distintos hallazgos alrededor del mundo, así como estudios históricos, etnográficos, antropológicos pero sobre todo arqueológicos, nos están permitiendo romper un viejo paradigma.

Aquel que nos ha encaminado a creer que nuestras formas de organización social y de gobierno y ejercicio del poder, son las formas definitivas de una trayectoria histórica que garantiza la libertad, el buen vivir, y la prosperidad. Valores que asumimos se cumplirán (o que se han cumplido) gracias también a nuestra organización en Estados nación, y repúblicas democráticas que permiten la implementación de políticas y sistemas económicos que rigen la vida de millones de personas.

Hoy estamos cuestionando esas ideas desde diferentes rincones, identidades, géneros, edades, etnias y lenguas con una mayor certeza de que este paradigma, el de la democracia como la mejor forma de gobernarnos y organizarnos, no ha funcionado como esperábamos, y que otras alternativas, o en palabras de los zapatistas, “otros mundos”, deben ser imaginados.

En tal sentido la arqueología podría ofrecer algunas reflexiones interesantes al respecto, y es que recientemente se ha anunciado que en México tenemos vestigios de lo que quizá es la primera república o democracia antigua conocida en el mundo prehispánico, y se encuentra en el sitio arqueológico de Tlaxcallan.

El origen del Estado arcaico

La cuestión de la democracia y los Estados (entendidos no necesariamente en la forma en la que el derecho los entiende hoy día), ha sido una cuestión trabajada por la arqueología y la antropología desde la década de 1950. Y esto es así porque uno de los problemas fundamentales a los que nos enfrentamos como científicos sociales es el origen de las clases y desigualdades sociales, de las jerarquías, de las formas coercitivas del ejercicio del poder, o de las formas de organización social que legitimaron poderosos imperios antiguos como Egipto, o Babilonia y Tenochtitlan.

Saber desde cuándo hay, en palabras de Manuel Gándara, gobernantes y gobernados, ricos y pobres, verdugos y sacrificados, es fundamental en la tarea de una ciencia que se dedica a esclarecer y entender los procesos históricos, sociales o culturales que nos llevaron por un camino irreversible, en el cual nos encontramos y que ha moldeado nuestro presente.

Desde los trabajos de Henry Morgan que permitían establecer estadíos de desarrollo cultural para la humanidad (barbarie, salvajismo y civilización) hasta el concepto de la Revolución Neolítica (cuando nos volvimos agrícolas como especie) y Urbana del arqueólogo marxista Vere Gordon Childe, los avances han sido espectaculares.

Karl Witffogel fue uno de esos genios que al estudiar a las llamadas sociedades despóticas orientales, desarrolló a partir de las cartas de Marx sobre el famoso modo de producción asiático, la Teoría de las Sociedades Hidráulicas. Esta decía que las sociedades antiguas de Asia, al verse presionadas por el aumento demográfica y las condiciones ambientales, tales sociedades incurrieron en la intensificación de la agricultura por medio de la implementación de tecnologías sofisticadas de riego. El control político y material de tal tecnología habría sido, para Witffogel, lo que propició el surgimiento de las sociedades “despóticas” orientales.

Hacia 1970, cuando la arqueología dio un despegue espectacular en cuanto a producción de conocimiento y refinamiento de metodologías de investigación, descubrimos que había seis regiones en todo el mundo, en las que parecían haber surgido los primeros estados arcaicos de la historia: Sumeria en Mesopotamia, Harapa y Mohenjo-Daro en el Valle del Indo, Egipto y sus asentamientos predinásticos, los imperios Shang y Zhou en China, el sitio de Tiwanaku y el Imperio Inca en los Andes, y finalmente Teotihuacan y Monte Albán en México.

Y entonces se desarrollaron dos grupos de teorías al respecto, que buscaban llegar a una explicación. Primero estaban las teorías voluntaristas, en las que se suponía que, quizá, el estado arcaico surgió casi por accidente. Una situación en la que las sociedades antiguas cedían voluntariamente su independencia y autonomía políticas, a causa de factores como el medio ambiente y el acceso a recursos, o las amenazas extranjeras.

El segundo grupo fue el de las teorías militaristas, en las que se teorizaba que la guerra, la ambición territorial y la conquista fueron las variables principales para el surgir del estado arcaico. Robert Carneiro fue un exponente de ésta corriente, y su famosa Teoría de la Circunscripción, permitieron la creación de la definición de estado arcaico.

Según su teoría, un grupo que se ve limitado por su medio (o circunscrito), y que crece demográficamente, tarde o temprano buscará la expansión territorial con el fin de intensificar la agricultura. Y que al verse cara a cara con otros grupos durante tal expansión, la guerra de sumisión (en la que se subyuga al grupo menos fuerte) sería la opción viable para obtener fuerza de trabajo extra.

La asimilación de esa sociedad “menos fuerte” implicaría que nuevas formas de control administrativo y político se desarrollarían, así como nuevos rituales y una nueva identidad colectiva. Y la definición de “estado arcaico” surge: tal formación social se caracterizaría por ser una formación política en expansión, con un gobierno central, con una fuerza coercitiva militar institucionalizada, además de tener aparatos de toma de decisiones y de vigilancia de los intereses (políticos, económicos y de subsistencia), así como un sistema ideológico y simbólico de control social por medio de la religión.

The mexican affair

México tuvo un romance fundamental para la contribución de reflexiones a éste gran problema de la humanidad, al permitir la producción de una teoría propia que hablaba sobre el origen de Teotihuacán y Monte Albán, así como la inauguración de reflexiones en torno a las ideas de Marx sobre el origen de las clases sociales.

En 1979 se publicó un libro titulado The Basin of Mexico (La cuenca de México), escrito por arqueólogos norteamericanos –y conocido entre la comunidad académica como “la biblia verde”, por el color de la pasta de su primera edición. A partir de trabajos arqueológicos intensos en toda la Cuenca de México, los investigadores consideraron aportes como el de Carneiro y otros, junto con algunos principios ecológicos de moda en esos años.

Asumiendo la amplia capacidad reproductiva del ser humano, y los principios de menor riesgo y de menor esfuerzo, los autores postulaban que a finales del primer siglo antes de Cristo, el ambiente en la cuenca era favorable para el desarrollo de los grupos que vivían ahí.

Había circunscripción ambiental por todos lados, el acceso a los recursos lacustres favoreció que la gente se asentara en las laderas de los montes y en el valle fluvial. Pero el crecimiento poblacional ejerció presión sobre la capacidad de carga ecológica de la cuenca (capacidad de un ecosistema de sostener la vida misma), y entonces todo cambió.

Las sociedades de este periodo Formativo se volvieron dependientes de los recursos y por tanto se redujo su movilidad. Los recursos se volvieron “fijos y limitados” para personas que antes practicaban una movilidad estacional, casi como los cazadores-recolectores, y esto quizá propició el levantamiento de las restricciones de control natal que sabemos existían en el mundo antiguo, como el infanticidio selectivo femenino.

Estas emergencias de recursos, junto con dicho aumento demográfico, suscitaron el ascenso de una nueva forma de organización social que respondiera a las demandas de una población en tensión y conflicto. El Estado teotihuacano fue entonces la alternativa menos costosa y riesgosa para los habitantes del Valle de Teotihuacán, en comparación a la opción de “involucionar” o de volver a un modo de vida cazador-recolector.

Cosa que habría resultado quizá imposible a causa de las alteraciones irreversibles que, con el paso de los siglos, sufrió el medio como consecuencia de las estrategias de subsistencia humana que intensificaron cambios ecológicos, que por cierto ya estaban en marcha desde el final de la última glaciación, alrededor de los 10,000 y 8,000 años calibrados antes del presente (o sea, de 10,000 a 8,000 años restados a 1950).

De tener razón, los autores habrían demostrado que el Estado surgió en ésta parte del mundo como una respuesta adaptativa. Sin embargo aceptar filosóficamente ésta teoría ecológica cultural, supondría aceptar que el Estado es un mecanismo evolutivo ideal de supervivencia que funcionaría, cuando mínimo, para preservar la vida humana. Afirmación con la que muchas y muchos no estaríamos del todo de acuerdo.

Con Monte Albán la situación pareció ser diferente, en tanto que las explicaciones dominantes sugieren que la variable principal fue la religión, o un culto específico que permitió la unificación de la sociedad en torno a formas de gobierno que a la larga, al igual que muchos de éstos estados arcaicos, se convirtieron en gobiernos autocráticos. Gobiernos basados en la autoridad de un regente individual, sostenido la mayoría de las veces por el bienestar adquirido vía el control de los recursos o del comercio.

Según algunos investigadores, Monte Albán habría surgido hacia el 300 a.C., como un estado cuyas campañas militares y expansionistas como aquellas llevadas a cabo en la Cañada de Cuicatlán al norte de Oaxaca, implicarían la existencia de una larga tradición militar que permitió la consolidación del poder zapoteca por la fuerza.

Pero por desgracia, la presencia de una arquitectura palaciega y ritual de gran escala como la de Monte Albán o Teotihuacán, así como el criterio de la evidencia de conquista militar de territorios distantes, no son datos concluyentes por si mismos para establecer a un ganador. Porque, por ejemplo, quedan pendientes las cuestiones del surgir de las clases sociales, y de la desigualdad.

La relativa impotencia del marxismo

En comparación a lo anterior la explicación marxista es menos clara, según el arqueólogo Manuel Gándara. Y es que para empezar, no hay un consenso claro sobre lo que Marx quiso decir con modo de producción asiático, el cual habría marcado el fin de las comunidades antiguas sin clases sociales.

En las cartas de Engels y Marx hay un esbozo de que debe caracterizarlo, como por ejemplo la falta de propiedad privada, un número creciente de intereses comunales, un crecimiento lento de las fuerzas productivas, una gradual complejización de las relaciones sociales de producción, y la creación de órganos representantes y defensores de los intereses comunes ante las amenazas hostiles.

Incluso se habla de la famosa idea del “poder de función”, una especie de respeto o privilegio que un grupo dentro de una sociedad tendría por su papel en la supervivencia de este. Y según esta idea tal grupo habría desarrollado una especie de autoconsciencia de clase que lo llevó a consolidar su posición para dominar a sus congéneres.

Pero el marxismo aún no ha podido abordar una explicación convincente. Aunque los avances recientes en las investigaciones sobre el surgimiento de las clases sociales y las desigualdades (de género, de edad, o económicas y políticas), pueden tener mucho que aportar, sobre todo en un momento en el que el marxismo está considerando la importancia de la cognición y el simbolismo en las explicaciones.

Ahora bien, ¿qué papel juega la democracia en el problema del origen del estado arcaico? Si la forma de gobierno que se asume para el sitio de Tlaxcallan comentado al principio de éste texto, es mínimamente plausible, entonces habríamos que considerar un par de cosas.

Primero, que la democracia, de haber existido en formas de gobierno colectivo en el pasado, es una forma de organización social que es útil para resistir otras formas de gobierno que podamos considerar hostiles y opresivas (como el caso de los tlaxcaltecas contra el imperio mexica).

Pero, segundo, que también no necesariamente es la forma definitiva de organización que garantice la vida y la “libertad”, ya que como la historia parece sugerir, la democracia es algo que viene y va; que surge y luego muere, una y otra vez.