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La lucha por el poder antiguo: una arqueología de la democracia (Parte 2)

Chessil Dohvehnain

En marzo de 2017 se anunció formalmente en la revista Science la existencia discutida de una democracia prehispánica en México; la existencia de una posible sociedad democrática tlaxcalteca manifestada en la cultura material de un sitio arqueológico llamado Tlaxcallan, en el Centro de México.

Recordemos que entre los siglos XIII y XVI de nuestra era, el Imperio Mexica conquistó casi todo el mundo mesoamericano conocido, y que además impuso regímenes de tributo y comercio incluso en tierras tan lejanas como la Huasteca y la Costa del Golfo.

A Lizzie Wade, autora de dicho artículo, le quedó claro que la única oposición a ese poderoso y temido Imperio religioso fue quizá la ciudad de Tlaxcallan, una supuesta república de gobierno colectivo que desde las montañas defendió con fiereza su libertad e independencia.

Si tú, querida lectora o lector, sobreviviste a la primera parte de este texto publicada por La Jornada San Luis, recordarás que tal aseveración tiene que ver con el problema del origen del estado arcaico, y sobre cómo es que en nuestra historia, tomamos un camino irreversible como especie que nos llevó al presente.

Uno en el que necesitamos cuestionar las ideas de que la democracia es la forma definitiva de gobierno y organización social, y que es lo mejor que tenemos para preservar los derechos humanos y naturales, así como la vida misma.

La antropología y la ciencia arqueológica han ofrecido teorías complejas y extrañas que, aunque parecieran sacadas de una buena ingestión de drogas duras, han iluminado el camino para comprender que las “democracias” de hoy y nuestras formas de gobierno son parte de una historia que vio ir y venir muchas formas de gobierno colectivo y autocrático que no conocemos aún.

Nuestras chaquetas mentales occidentales, como las de los Estados Unidos que creen llevar la libertad a donde sea que haya petróleo, o las de nuestra dictadura priísta que cree que nos pueden seguir viendo la cara de pendejos, pueden cambiar con un trago necesario del aguardiente de la Historia.

Y para ello conviene que reflexionemos, como en la primera parte de este texto, sobre lo que significa que exista una potencial democracia en el mundo prehispánico.

Evidencia de resistencia

Entre los años 1250 y 1519 d.C., la ciudad de Tlaxcallan se estableció en la cima de una colina y sus laderas, en el estado de Tlaxcala. La población llegó a crecer hasta las 48,000 personas (como estimado, por supuesto), en un área de solo 4.5 kilómetros cuadrados.

La ciudad se componía de 20 “barrios” con unidades habitacionales de probable uso doméstico encima de terrazas, ordenadas alrededor de más de 24 plazas dispersas en el área, construidas encima de más terrazas o plataformas a las que se accedía por caminos amurallados y pavimentados con rocas. Las plazas miden entre los 450 y los 10,000 metros cuadrados.

Las múltiples casas que componen los barrios fueron construidas encima de largas terrazas, y que sugieren una especie de uniformidad arquitectónica en todo el asentamiento.

A un kilómetro de la ciudad principal, se encuentra un complejo de estructuras de un solo cuarto encima de una gran plaza, diseñada de manera radicalmente opuesta al diseño arquitectónico mesoamericano de los palacios en los que había una pequeña plaza rodeada de grandes y presuntuosos palacios con múltiples cuartos.

Desde este complejo arquitectónico de 14,800 metros cuadrados llamado Tizatlán (mayor en área a lo que pudo ser el palacio de Nezahualcoyotl en Texcoco), se cree que se tomaban las decisiones políticas y económicas del estado Tlaxcalteca que gobernaba colectivamente las vidas de más de 200,000 almas esparcidas en pueblos y villas a lo largo de más de 1,450 kilómetros cuadrados de territorio.

La evidencia arquitectónica es importante, porque en el resto del mundo prehispánico pareció seguirse un patrón por siglos. Aferrados como un borracho a su caguama, parecía que las élites de las sociedades mesoamericanas de sitios como Copán, Tikal, Xochicalco, Cantona o Chichén Itzá entre muchos otros, expresaban en sus palacios y recintos sagrados ideas en torno a lo que significaban las desigualdades sociales, y aquellas entre espacios públicos y privados.

Así, se tiene que en la mayoría de los sitios arqueológicos que van desde el periodo Clásico hasta el Postclásico, se adopta un patrón arquitectónico en el que se construyen palacios o grupos de cuartos para distintos fines, alrededor de espacios abiertos o plazas, mientras que en Tlaxcallan ocurrió lo inverso.

La cerámica encontrada en la ciudad (más de diez toneladas), es idéntica a la encontrada en la ciudadela de Tizatlán, sugiriendo una interesante idea: había poca diferencia material entre los que estaban en Tizatlán y los que vivían en la ciudad a 1 kilómetro de distancia, en términos de bienes de uso cotidiano.

Por otro lado, los llamados “bienes de prestigio”, esos artefactos impresionantes que solemos asociar con estatus sociales altos y clases privilegiadas (piénsese en lo que significaba tener un IPhone en 2007), son escasos en Tlaxcallan.

Si bien hay presencia de sal y obsidiana verde (bienes de lujo imperiales), de las diez toneladas de cerámica ornamentada con diseños multicolor encontrada por todo el sitio, tres o cuatro piezas son solo de origen Mexica o azteca, según escribe Lizzie Wade.

Sin embargo, los indicadores materiales de gobiernos colectivos no son los únicos datos en que investigadores como Lane Fargher, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados de Mérida (Cinvestav), basan su revolucionaria propuesta interpretativa de Tlaxcallan.

Los datos provenientes de las crónicas españolas, indican no solo que la forma de organización de los tlaxcaltecas se estructuraba en torno a una especie de política colectiva, sino que incluso los ritos de preparación para entrar al “consejo de gobierno” eran tan impactantes que si se hicieran hoy día, las y los corruptos aspirantes a cargos políticos la pensarían dos veces.

Según dichas fuentes los “aspirantes” debían haber probado previamente su valor en la guerra para después ser desnudados y humillados por el pueblo en una plaza pública, sin quejarse.

Posteriormente entrarían a un recinto sagrado en el que tendrían que aprender el código legal y moral tlaxcalteca en medio de ayunos largos y estrés físico a causa de ritos de flagelación y sangrado o mutilación corporal autoinflingida.

Si dicho aspirante lograba pasar esas pruebas saldría del recinto ya no como un simple hombre o mujer, sino como un miembro del consejo de gobierno que tomaba las decisiones más importantes de la sociedad tlaxcalteca.

Los datos documentales y la evidencia arquitectónica y artefactual se une a los resultados de análisis de isótopos de carbono que se han hecho en los esqueletos encontrados en las enormes plazas públicas de la ciudad, en los que se ha descubierto que una parte muy importante de la nutrición de la gente se basaba en gran medida en el consumo de maíz.

Evidencia que puede sugerir una dependencia crucial en los productos generados por la comunidad, más que en aquellos provenientes del comercio imperial y de los meros recursos naturales.

Se dice entonces que esta clase de gobiernos colectivos, se caracterizaban por una especie de igualdad económica y la estandarización urbana, así como por ser núcleos que atraían inmigrantes de más allá de las fronteras. Algo que según Gary Feinman, del Museo Field en Chicago, Illinois, tendría sentido para una sociedad que basaba su existencia en sus recursos internos.

Es probable que muchos de esos inmigrantes en Tlaxcallan estuvieran en calidad de refugiados, huyendo de la opresión del Imperio Azteca. Esos inmigrantes, al ver a Tlaxcallan como una tierra de promesas e igualdad, quizá no dudarían en defender al estado de las ofensivas mexicas que intentaban doblegar a los tlaxcaltecas.

Y si esos guerreros (¿y guerreras?) provenientes de distintas etnias probaban su valor en la guerra, incluso podían acceder a puestos políticos dentro del consejo de gobierno compuesto por casi 200 teteuctin (oficiales), sin importar su lengua o parentesco.

Colectividades en resistencia

Para Lane Fargher y su equipo, la evidencia arqueológica mencionada describe un modelo republicano de gobierno en el mundo prehispánico.

La abundancia de grandes plazas y estructuras domésticas estandarizadas sugiere una función más publica que privada de todo el asentamiento. Y la falta de palacios y edificios ceremoniales presuntuosos, vuelven de Tlaxcallan un sitio único diseñado para albergar a mucha gente en una forma que hasta ahora no se conocía para el mundo prehispánico del Posclásico Tardío.

Sin embargo, escribió Lizzie Wade, estas formas de gobierno colectivo van y vienen en ciclos; son como péndulos según Richard Blanton de la Universidad de Purdue, en Indiana.

Eso significa que las formas de gobierno colectivas, como la supuesta “democracia” tlaxcalteca, son cosas que aparecen en la historia en ciertos momentos bajo ciertas circunstancias, y que además no siempre dejan rastro material.

Se dice que Oaxaca tuvo su gobierno colectivo en algún momento en Monte Albán, o incluso los Olmecas en la Costa del Golfo, y recientemente quizá Teotihuacán, en donde la doctora Linda Manzanilla de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha dicho en varias ocasiones que ahí las comunidades eran más importantes que los individuos.

El caso de Tlaxcallan no es concluyente, pero sí sugiere que cuando nos organizamos bien, podemos resistir oposiciones políticas, económicas y religiosas de grupos aún más fuertes que los propios. El detalle está en que esa organización no necesariamente tendría que ser “democrática”, pero sí podría ser colectiva de otras maneras.

Sin embargo, quizá no siempre esas formas de organización sean la mejor manera de garantizar nuestra “libertad” e “independencia”. A fin de cuentas, después de la conquista española los privilegiados aliados tlaxcaltecas abandonaron su gobierno colectivo para servir a la Corona.

Después la Guerra de Independencia fueron tratados como una casta de parias, por un pueblo que no olvidaba su traición la cual aún se enseña en las escuelas y en los libros de texto de todo el país.

Quizá la democracia como la conocemos, no sea lo forma que mejor nos convenga en el futuro reciente, ante el actual panorama político del mundo.

No significa que debamos voltear de nuevo a las monarquías o fascismo, o que debamos buscar una renovada fe en la democracia, ni irle a los Coyotes de Tlaxcala F.C., sino que quizá debemos buscar una nueva forma de organización social y política, inventando nuevas soluciones, ya que el ingenio no nos falta. Ahí están las tortas de tamal, por ejemplo.

Y si muchos pueblos alrededor del mundo, a lo largo del tiempo, lograron organizarse como los tlaxcaltecas para defender con fiereza su libertad, independencia y autonomía política, nosotras y nosotros también podemos hacerlo una y muchas veces más.

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