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¿La misma gata, nomás que revolcada?

Carlos López Torres

B bien dice el proverbio: lo nuevo no es más que lo que creíamos ya olvidado. En efecto, el encadenamiento sistemático de respuestas propias de cualquier régimen autoritario como la infiltración, la provocación, la represión y el encarcelamiento político, entre otras, no son prácticas que el Estado mexicano ejercite ocasionalmente en su relación con los gobernados, por más que la clase política, aunque con ciertos matices, pretenda hacernos creer mediante discursos que intentan ocultar lo que los opositores sabemos desde hace décadas: que tales prácticas son una constante que caracteriza las relaciones políticas de dominación del Estado.

En su retorno, el partido desplazado temporalmente de Los Pinos, lejos de enseñar a la sociedad algo nuevo, no ha hecho sino reiterar las viejas prácticas de control, dirección y dominio que, dicen ahora sus portadores y aliados, pretenden reformar para que no vuelvan a ocurrir tragedias como la de Iguala, aunque se cuidan de eludir los nada novatos integrantes de la clase política que en esta concurrencia cíclica sus compañeros de viaje, los barones de la droga y la delincuencia organizada, los han rebasado como no ocurrió en otros episodios sangrientos: la noche de Tlatelolco, el Halconazo, las matanzas de Aguas Blancas y Acteal, por citar sólo algunos casos aún impunes.

Ya cabildean y anuncian los “nuevos” políticos otro pacto, el de la legalidad y la justicia, atinan a balbucir sin credibilidad alguna quienes desde la incompetencia acreditada en la presente crisis política, consideran que será suficiente con reiterar la vieja cantaleta del prometer no empobrece… empezando por el enésimo fortalecimiento de la vida municipal, eslabón más débil, dicen, junto con las demarcaciones estatales, del “sistema” político agotado en todas sus instituciones, aunque el centralismo de nuevo cuño sea la cabeza del putrefacto cuerpo que mediante sucedáneos pretenden reorientar.

No se dan cuenta o no quieren mirar, y menos reconocer, que mientras en las alturas se siguen haciendo planes, tomando decisiones y medidas de remediación, la inmensa mayoría de los municipios y estados languidecen por falta no sólo de recursos de todo tipo, sino de carencia de creatividad, iniciativa e imaginación. Tal es el caso potosino.

A ver, qué aportaciones se están generando en medio de la crisis por parte de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de cara a una mutación de las instituciones locales. Ahí está la rebatinga de los tres poderes, de los ayuntamientos y organismos descentralizados por la obtención de mayor presupuesto, a partir de aprobar aumento en los impuestos y pago de servicios mal prestados por las instancias responsables, para patentizar la brecha cada vez más ancha entre gobernantes y gobernados.

Ahí están como testimonio fehaciente, la creciente inseguridad con su cauda de secuestros, desapariciones de personas, ejecuciones, asaltos violentos, incluidos en carreteras que se siguen ocultando, mientras se nos pinta un San Luis Potosí, competitivo, generador de empleos e inversión, cuando el titular del Ejecutivo sostiene por otro lado, que no habrá el próximo año inversión para la generación de empleos, ni para el impulso a la competitividad, aunque la casta de funcionarios se llevará buena parte del presupuesto casi sin despeinarse. Ni modo que digan que en lo que queda del sexenio se pondrán a trabajar arduamente. Sí, el problema es político; el quimérico Estado de derecho requiere para su construcción de nuevos políticos, con una nueva cultura política que no se construye de la noche a la mañana. La participación ciudadana en todos los ámbitos de la vida política, social y cultural en buena señal que debe irse consolidando.