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La queja pura

Luis Ricardo Guerrero Romero

Sería porque nunca me habían gustado las relaciones largas, las amistades prolongadas, ni los amoríos de parejas amplios; incluso tampoco los afectos duraderos entre familiares, puesto que siempre supuse que ese tipo de uniones anchas no llevan a ninguna buena cosa. Cualquier relación duradera lleva a lo mismo, a dejarlo todo, inclusive a uno mismo y por más que las personas se esfuercen, recen y peleen para decir que una relación sentimental rendirá frutos positivos, acabarán por darse cuenta de su inútil esfuerzo, de la broma que Dios nos juega para reafirmar su eternidad. El tiempo ciertamente es relativo pero la vida no lo es, y uno vive y comparte la vida en el tiempo, el más fugaz enemigo de la vida. No es afán de pesimismo, pero debes aceptar que cuando mantienes alguna relación prolongada te conviertes en tu prevaricador, y que esta mentira de desear querer para siempre se hace más grande cuanto más dura. No, de verdad que no te digo esto por ser un inconforme ante el ciclo de la vida, lo digo porque deseo quejarme frente a ti, aunque ya no entiendas, ni escuches, ni tengas cómo responder; me quejo aquí de hombre a hombre y sé que me ayudarás a entender a tu madre y su gran dolor que la absorbe de un modo absoluto, tal como a ti la muerte te absorbió. Ella y yo creímos en la eternidad del amor al verte crecer, pero, ¡mírate, eres un cadáver y así ha quedado el amor conyugal! Oye, hay palabras para casi todas las quejas, para todas las cosas que le pasan al hombre, pero no hay ninguna que califique a los padres que pierden a un hijo, si ella o yo hubiésemos fallecido alguien quedaría en viudez y tú huérfano, pero ¿explícame tu, resto de nuestro amor, explícame cómo me denominas? Soy sólo un manojo de quejas, que nunca quiso creer en las relaciones largas por profesar la realidad de que todo acabaría. No sé hasta cuándo vendré a quejarme de tu muerte ante tu muerte misma, lo único que sé es que yo también moriré junto con ella, y escucharás mi queja al entender quién fue el verdugo de mamá.

Queja, queja, queja, es una palabra que usualmente se activa sin que tengamos que articularla en sí, por ejemplo: en el tránsito vehicular, los incrementos en la gasolina, los problemas en el trabajo, las diferencias en el noviazgo o en el núcleo familiar, etcétera, son todas estas y muchísimas más generadoras de quejas. Parece ser que la queja es un conocimiento innato, ya la realiza el bebé al pedir algo, o el cuerpo al dormir en una posición incómoda, asimismo, se hacen quejas ante las malas acciones propias y ajenas o sobre las administraciones políticas; me quejo luego existo, sería la raíz cartesiana que llevó al filósofo renacentista a conjeturar el cogito ergo sum, él, seguramente se quejó de la conceptualización del ser que imperaba en aquel entonces. Es así que podremos comenzar argumentando que, el quejarse no es una acción, sino un sentir que surge de nuestra mismidad y tal ejercicio provoca reacción siempre y cuando ésta sea producto del disgusto o la inconformidad, ya que, de lo bueno nadie se queja. La voz queja proviene del latín queror y querela, ambas asumen un sentido de descontento o plañideras, más aún, existe en la lengua latina el verbo quasso [cuasso], que significa golpear con violencia y quebrantar, los cuales ya nos indican descripciones del por qué quejarse, además de que tal verbo dio origen a las anteriores palabras ya mencionadas entendemos que a partir de: querela> quereila> quejeila; surgió quejar. (reclamar ya en la enfermedad, ya en lo social o espiritual).

Al día de hoy en el derecho existe la terminología querella, empleada someramente como acusación o registro de algún acto, y en el área médica entendemos que una queja es sinónimo del síntoma-malestar, y quizás, sólo quizás en la escritura en el mal empleo u omisión de la ortografía genera quejas. Sin embargo, habrá que distinguir entre aquejarse y quejarse, ya que la primera es el resultado de la incomodidad cotidiana, y la segunda, es el reclamo que exige solución.