Sandra Sánchez busca amparo contra el SAT
12 diciembre, 2016
Empeora la crisis mercantil en la prensa mexicana
12 diciembre, 2016

La ruta de yo

Luis Ricardo Guerrero Romero

Eso de que todos ocupamos al menos figuradamente de un perro que nos admire y de un gato que nos desprecie es muy cierto, pues acaso no han oído de la vida del ruso Timofei Povov, quien a la edad de 40 años sentía que el mundo lo odiaba y que seguir trabajando todos los días igual era un desperdicio de vida, y aunque la familia Povov buscó apoyo para que la perspectiva le cambiase nada servía, pues él seguía siendo un hombre infeliz, y únicamente el hogar con sus 45 gatos le resultaba confortable. Timofei amaba a los pequeños felinos porque aspira a ser como ellos, sobre todo en eso de mostrar cariño aparente y esconder su podredumbre bajo la tierra, tal como lo hacen los gatos. Timofei Povov era un ejemplo del quehacer egocéntrico y engreimiento, hasta que, una noche llegó a su puerta un convaleciente can, que sin duda ocupaba del apoyo humano, y aunque el maduro ruso, poco atento era con ellos, éste le causó interés por su mirada, una perra mirada de dolor. Así que, el amante de sí mismo, cuidó del perro durante un tiempo y al llegar el momento de verlo sano y nuevamente arrojarlo a la calle, Povov había enfermado, y mientras los felinos merodeaban por la ciudad, el perro callejero se postraba en su pecho para darle calor, y tras un quejido de dolor del ruso, le seguía una lamida de amor perro, que de algún modo enternecía al egocéntrico ruso para crear un yo nuevo.

Al hablar de la idea yo, en este relato podemos entender tantas cosas como personas existentes, es de obviarse que, este pronombre personal de la primera persona en singular: yo, es de un uso enorme. Desde las expresiones más típicas como: yo sí le daba, yo mero, yo primero, ¿quién soy yo?, yo no lo sé, yo menos, yo mejor me callo, podemos llegar a indagar quién es ese que habla de sí en el yo. Y aunque el uso del pronombre yo es tan común, a veces puede ser hallado tácitamente: sí le daba, ¿quién soy?, no lo sé, me callo. Ahora bien, en la historia del ruso, el yo no es Timofei, ni es el yo Povov, el yo resulta ser él, aquel que no sabía de su yo. Debido a su uso este pronombre personal, asimismo es empleado casi cacofónicamente en la filosofía, pero se utiliza de modo más estricto como “el Yo”, designando a menudo una realidad equivale a la persona, a la conciencia, o a la identidad personal, o bien al ser de existir en y con el otro. El yo, por otra parte, en la sicología es el conjunto que se le da a los actos mentales –a grandes rasgos, sobre todo en el escenario freudiano, junto con el ello y el súper yo–. No obstaste a lo anterior, habremos de distinguir que existen enormes diferencias entre: Yo, y “el Yo”, por ejemplo, el eminente lingüista Benveniste, apunta que, cuando uno usa la palabra yo, parece que se estuviera refiriendo al verdadero Yo, (a mí), pero no es así. Puesto que, el Yo sólo es una categoría lingüística. Es decir, si uno dice yo soy increíblemente atractivo, la realidad no es que yo lo sea, tal vez soy un antónimo de la belleza. O sea, que al hacer uso del pronombre “Yo”, no englobamos todo lo que le pasa al ser.

El origen de tal palabra: Yo, es rastreable en el griego εγω (ego), y en latín vulgar Ego, con significado del ser presente. Esta voz sufrió la supresión de consonántica y originó eo, y ie, y así, la unión de ambas vocales ieo, se contrajeron para dar nacimiento a la voz io, que a fuerza de pronunciación y por el efecto de economía del lenguaje se generó: Yo.