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La sociedad civil en vilo: reconstrucción S19

Renata Terrazas*

Desde hace más de una semana somos monotemáticos, el temblor que cimbró a un país en el aniversario del evento colectivo más traumático en nuestra historia moderna nos ha puesto a hablar, actuar y reflexionar sobre este suceso.

Los temblores en un país donde varias placas tectónicas convergen son comunes, sin embargo, la reacción del gobierno mexicano parece no pensar igual. A tan solo 32 años del temblor que mató a aproximadamente 10 mil personas, no aprendimos mucho.

En primer lugar, la reacción de los gobiernos de las entidades afectadas y el gobierno federal fue poco coordinada, reactiva, desorganizada y con muy poco tacto. Esto que hemos venido observando en los últimos años se acentuó ante la tragedia y desembocó en una mayor desconfianza de la sociedad con respecto a su gobierno, en roces y en una doble victimización de las víctimas del sismo.

En muchos de los derrumbes o afectaciones a edificios se presumen actos de corrupción, ya sea por construcciones sin permiso, modificaciones a edificios o por no obedecer los estándares mínimos de construcción en ciudades que de manera continua enfrentan temblores.

Todo ello, al comprobarse, dejará un hilo de responsabilidades compartidas entre diferentes autoridades de distintos ámbitos de gobierno e, incluso, administraciones. Funcionarios, autoridades y privados buscarán eludir a la justicia bajo el resguardo de una interpretación a modo de las leyes y al amparo de la impunidad que permea este país.

La desconfianza a las autoridades se acentuó cuando la información sobre los rescates y las necesidades de la población no fluyó y tuvo que ser la sociedad civil la que intentara poner algún tipo de orden. Sin embargo, en varios de los lugares de rescate fue excluida, lo cual terminó abonando a esta crisis de desconfianza.

El silencio de las autoridades que mantuvo en vilo a una sociedad que hacía tremendos esfuerzos por mantenerse de pie contrastaba con los esfuerzos de una de las instituciones más golpeadas en la lucha contra el narcotráfico, la Marina, por solidarizarse ante la tragedia.

Los medios de comunicación tradicionales perdían relevancia ante las redes sociales que en la cacofonía de mensajes trataba de ordenar y verificar aquellos que permitieran hacer llegar la ayuda a los lugares más afectados.

En esta confusión, las autoridades no lograban coordinar acciones y emergían las sospechas sobre su mal desempeño, como sucedió en el Rébsamen, Chimalpopoca o en Obregón 286, por mencionar algunos.

En este mar de corrupción, confusión y desinformación, la presidencia de la República lanza un mensaje solicitándole a la población ayuda para conseguir tiendas de campaña y otros utensilios que las víctimas requerían para su resguardo.

Aquello fue el acabose, un gobierno incapaz de proveer del equipo necesario para los rescates, ahora pedía lo que no quería cubrir para su población damnificada.

Una serie de pésimas decisiones y acciones llevaron a la población a ser sepultada por edificios mal construidos bajo el amparo de autoridades corrompidas e inmobiliarias y constructoras corruptas, a no ser rescatadas en tiempo y forma por la falta de coordinación de las autoridades y la falta del equipo necesario que tuvo que ser cubierto por la sociedad civil, a ser doblemente victimizada cuando no se obtenía información en tiempo y forma sobre los rescates en algunos de los edificios y que ahora tendrá que enfrentarse a una reconstrucción con el riesgo de perpetuar los actos de corrupción y negligencia.

No, la sociedad no confía en el uso adecuado de los recursos, en que se contraten constructoras que con calidad reconstruyan aquellas partes de cemento y vida que se nos han ido. No confía en que las decisiones se hagan tomando en cuenta las necesidades de la población y en que exista una verdadera reparación del daño.

Vivimos una tragedia que se convirtió en doble tragedia ante la reacción lenta de nuestros gobiernos, ante ella la sociedad salió de sus casas, ocupó el espacio público y se convirtió en ciudadano pleno. Aquella solidaridad, complicada de mantener a perpetuidad, sí puede ser transformada en acciones colectivas concretas. Al menos por ahora, después de donar, de levantar cascajo, de preparar comida y de verificar información, debemos verificar que la reconstrucción no repita los errores del pasado.

Una verdadera reconstrucción debe incluir la voz de las personas afectadas, las necesidades de las comunidades, hacerse con transparencia y rendición de cuentas y enfocada a construir y no a sacar tajada económica o política. No podemos esperar invitación, hay que salir a las calles y elegir una acción.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación