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La vergüenza de ser mexicana

Renata Terrazas*

Desde muy niña mi padre y mi madre me enseñaron a sentirme orgullosa de mi país, de su gente, sus ideas, sus bellezas naturales, su cultura y valores. Sin embargo, con los años ese sentimiento de orgullo se ha combinado con una vergüenza profunda por la clase política que gobierna este país de manera autoritaria, corrupta e incompetente.

No sería justo meter en la misma bolsa a todas y todos los políticos de este país. Sin embargo la realidad de un sistema marcado por la corrupción dificulta exonerar a alguien en específico. En México, formar parte de un partido político es participar de la corrupción.

Las campañas electorales en el Estado de México son un reflejo de la podredumbre de una clase política que todo lo entiende en código electoral. Así se trate de la captura de un corrupto ex gobernador, los conflictos políticos o sociales en algún país de América Latina, o incluso de las tragedias humanas que vivimos en un país corroído por la inseguridad, todo se convierte en golpeteo electoral.

Las elecciones en el Estado de México marcan la salida rumbo a los comicios federales donde se renueva al titular del Ejecutivo; por ello la lucha es encarnizada. Cada partido busca sacar provecho de cualquier situación, así sea a costa de su propia gente.

Diputados, senadores, gobernadores, presidente de la República y cualquier figura de alto nivel en la función pública actúa de conformidad con sus propios intereses y los de su partido político. Sin importar el compromiso que pudieran tener con su electorado, la apuesta es por la permanencia en el poder.

Formar parte de un partido político, en México, significa formar parte de la repartición mezquina del poder que busca, ante todo, el beneficio privado por encima del interés general. Es por ello que formar parte de un partido político significa ser parte de la corrupción.

Y en este escenario que es ya de por sí lastimoso, no faltan los personajes sobresalientes que llevan a otro nivel el significado de corrupción, esos personajes de los que una se avergüenza de contar como parte de su gobierno. En cualquier conversación casual con algún extranjero saldrá el tema del ex gobernador corrupto, el problema siempre, es saber a cuál de todos se refieren.

Y de pronto, la pregunta incómoda: ¿cómo es posible que eso pase en tu país? Las respuestas serán variadas, se culpará al sistema de justicia, a los valores de la población, al presidencialismo, al partido hegemónico, al crimen organizado. La realidad no es unicausal, como tampoco lo deben ser las acciones para atacar este cáncer llamado corrupción.

Es ilusorio pensar que la corrupción será atajada por la propia clase política que se beneficia de ella. De ahí que una gran parte de la ciudadanía no confíe en el proceso contra Javier Duarte. Lo vimos hace unos años con Raúl Salinas: unos años en la cárcel y después libertad junto con todo el dinero que había robado.

El problema no es, como lo dio a entender el presidente Peña Nieto con magistral vulgaridad, que ningún chile nos embone; sino que la sociedad mexicana no confía en sus instituciones y en quienes las integran porque sistemáticamente cometen actos de corrupción y violan derechos humanos. Creer que la mera detención del hombre más odiado del país calmará los ánimos de una población empujada al límite de su resistencia es no sólo infantil sino ridículo.

Lo que las y los mexicanos estamos esperando es un cambio radical que garantice el estado de derecho, el cual no dependerá de algún personaje en particular, como tampoco de las promesas de algún partido reformado.

La confianza de la ciudadanía en los partidos políticos y, en general de casi cualquier integrante de la clase política, corre el riesgo de llegar a un punto tan bajo que vuelque los esfuerzos de construcción democrática fuera de las instituciones.

Los partidos políticos se encuentran luchando con desesperación por los resquicios de poder de un Estado mexicano debilitado y cada vez menos soberano. La ciudadanía, en este mezquino contexto exige cada vez más formar parte de procesos de toma de decisiones desde donde se busque asegurar el interés público, o al menos más colectivo, que el de los meros intereses de las élites del país.

Me avergüenza la clase política de mi país, y creo que el sentimiento es compartido por casi toda la ciudadanía. Me avergüenza saberme súbdita de una élite política que funcionan como mafia. El paso obvio parece ser comenzar a formar parte de lo público más allá de los contextos electorales. Participar no es votar, es fundamental vigilar a nuestra vergonzosa clase política y construir los mecanismos que nos permitan hacerlas rendir cuentas y castigarlas cuando abusaran del poder.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación