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Ladrones civilizados

Ignacio Betancourt

Uno de los ejemplos más indignantes de los tradicionales abusos en contra de las culturas originarias del país, campesinos e indígenas que pareciera sólo son conservados para adornar la fotografía del político en turno, lo representa sin duda alguna la reciente denuncia sobre el cínico intento de apropiarse de los diseños de los trajes tradicionales de una comunidad mixe llamada Santa María Tlahuitoltepec. Lo anterior ocurre con lo hecho por la diseñadora francesa Isabel Marant de la firma Antiquité Vatic, quien pretende robar “legalmente” modelos creados por los mixes para sus cotidianas vestimentas.

Luego de despojar de tierras, aguas y bosques, lo último que les queda a los llamados pueblos prehispánicos son sus vestimentas, también suceptibles de ser usurpadas, si no ¿para qué sirve ser blanco y racista? Su cultura culinaria, sus plantas, sus conocimientos terapéuticos, sus tradiciones festivas también deben ser botín para los arcaicos depredadores. Si ya nos invadieron en el siglo XIX (por indicaciones de Napoleón III) pues que no quede nada; seguramente la plagiadora Isabel Marant de Antiquité Vatic, supone la cultura de los pueblos indígenas como creaciones “individuales” de personas ignorantes y descuidadas quienes no acuden a registrarlas y por lo tanto sus creaciones quedan a disposición del más voraz y “civilizado”. La coartada de tales ladrones se sustenta en suponer que las creaciones de la cultura mixe no son resultado de sujetos colectivos; de esta manera todos sus recursos, su flora y su fauna, las tradiciones orales, los juegos inventados desde hace milenios, sus semillas y sus medicinas, sus artes visuales, sus creaciones intelectuales, todo, es suceptible de ser reapropiado por el insaciable conquistador que considera al planeta su propiedad privada.

Corresponde al Congreso, señala Adelfo Regino Montes, connotado defensor de los pueblos antiguos, “armonizar la Constitución Federal y las leyes nacionales, incluida la Ley de Propiedad Industrial, a los postulados de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas”. El artículo 31 de la declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos declara: Los pueblos indígenas tienen derecho a mantener, controlar, proteger y desarrollar su patrimonio cultural, sus conocimientos tradicionales, sus expresiones culturales tradicionales y las manifestaciones de sus ciencias, tecnologías y culturas, comprendidos los recursos humanos y genéticos (…)”

Respecto al Centro Cultural Mariano Jiménez, coordinado desde octubre del año pasado por una comision mixta integrada por tres representantes del Colectivo de Colectivos (quienes impidieron su desaparición) y tres representantes de la Secretaría de Cultura (cuya pasada administración más bien se dedicó a boicotear); ahora parece que ambas partes comienzan a entender lo conveniente de una relación no conflictiva (¿será?) que se traduzca aún tangencialmente en mejores condiciones para la ciudadanía interesada en las actividades artísticas y académicas. Una vez que sea reubicado en otra instancia de la propia Secult el señor Emilio Delgado (o ¿lo seguirá utilizando la actual administración contra los colectivos?), todo parece indicar que el funcionamiento del Centro Cultural podrá desarrollarse sin provocaciones y poco a poco irá normalizándose la participación ciudadana en un espacio anteriormente abandonado por la Secult, que afortunadamente fue recuperado por artistas y académicos independientes de todo partido o grupo político e involucrados intensamente por racionalizar y evitar, de manera mínima, los disparates de las jerarquías  gubernamentales pues es obvio que está del carajo que cualquier intento racionalizador modifique esa cotidianeidad absurda en donde la mayoría de los funcionarios “culturales” hacen y deshacen en beneficio de sus propios intereses, muy raramente pensando en los creadores y en los públicos que artistas y académicos a través del Colectivo de Colectivos intentan actualmente fortalecer a favor de una ciudadanía tratada en general con despotismo y sometida por arbitrariedades y migajas (léase becas, apoyos, chambas, etcétera) con las que habitualmente los empleados de la Secult acostumbran justificar sus relaciones con la población, quien por cierto y paradójicamente da sentido al burocrático funcionamiento de la Secult. Por ahora sólo habremos de esperar y observar los resultados de tan singular intento ciudadano y autónomo y la sensibilidad gubernamental que requiere.

Ojalá y el sentido común generado por el recíproco respeto (sin reciprocidad no hay respeto pues entonces se vuelve sometimiento disfrazado) entre los empleados de la Secretaría de Cultura y los ciudadanos, quienes con sus impuestos les pagan para propiciar actividades artísticas y culturales (independientemente de la imparable producción cultural natural en toda sociedad) que son un derecho humano y deberían ser objetivo a lograr de funcionarios y ciudadanos, así, las mutuas descalificaciones podrían traducirse en apoyos necesarios y útiles a favor de los intereses culturales de muchos hombres y mujeres imaginativos y lúcidos, dispuestos a crear y difundir lo mejor de su propia obra; de esta manera se podría contribuir sutilmente a la restauración de un tejido social gravemente estropeado por la impunidad y el autoritarismo de quienes deberían mantenerlo con algo de armonía y funcionalidad humanista.

Va poema de la premio Nobel de 1996, la poeta polaca Wislawa Szymborska (1923-2012), se titula Sonrisas: El mundo confía más en lo que ve que en lo que escucha./ Los hombres de Estado tienen que sonreír./ Su sonrisa indica que mantienen el hábito de lucha/ aunque sea difícil el juego por los intereses opuestos/ y el inseguro resultado, siempre nos mueve el seguir una sonrisa cordial/ sobre unos dientes bien puestos.// Los gobernantes deben mostrar la frente con amabilidad:/ en el Parlamento, al llegar de visita/ se debe parecer alegre y moverse agilmente./ Éste saluda a aquel, aquel al otro felicita./ Muy necesario es un rostro sonriente/ para ciertos objetivos, y para reunir mucha gente.// La ortodoncia en diplomacia es garantía de eficacia,/ Bienintencionados colimillos, armoniosos incisivos/ que no pueden fallar en momentos decisivos./ Aún no es tanta la certeza en estos tiempos/ como para que los rostros muestren su natural tristeza.// Una humanidad de hermanos, de acuerdo con los soñadores,/ transformará nuestra tierra en un mundo de sonrisas./ Yo, la verdad, lo dudo. Imaginemos mejor que esos señores/ ya no tendrán que sonreír en vano./ Sólo de vez en cuando: en primavera, en verano,/ sin contracciones nerviosas, sin prisas./ Por naturaleza es triste el ser humano./ A alguien así espero, y me alegro de antemano.

JSL
JSL