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Las puertas de la catedral

Al maestro C. R. O.
por peculiar reencuentro con el mitrado.

Óscar G. Chávez

Parece ser, si nos atenemos a las crónicas de mediados del siglo XV, que fue en 1423 cuando Martín V –papa por la gracia de la elección cardenalicia– dispuso la apertura de la puerta santa de la basílica Lateranense.

76 años más tarde, el papa Borgia dispuso que en la navidad de ese año fueran abiertas todas las puertas basilicales de la ciudad eterna. Así, a la Lateranense, siguieron la de Santa María la mayor –también sobre la vía Merulana–, San Pablo fuori le mura –entre el Tíber y la vía Ostiense–, y desde luego San Pedro, rectora de la cristiandad por ser la sede del obispo de Roma.

Para posibilitar la apertura de una puerta santa en la basílica de San Pedro, el mismo papa determinó la destrucción de una capilla dedicada a la madre de Dios, que lindaba con una de las calles laterales de la fachada principal. La puerta y el rito de apertura subsisten hasta la actualidad. Debe pues el mundo católico la instauración ceremonial al papa Borgia.

La más cercana apreciación que he tenido de ese acto, al presenciarlo desde la comodidad de un sofá y en excelente compañía que me explicaba el hecho, fue mediante la recreación de una serie televisiva que abunda en la historia de la familia Borgia.

El martillo de los albañiles utilizado en origen para demoler el muro que clausuraba la puerta, fue sustituido por preciosos mazos votivos elaborados en valiosos metales. Las mismas puertas han sido reemplazadas en algunos casos, y de la madera como material de sus fábricas se transitó a metales finamente trabajados.

Las vistosas demoliciones de muros quedaron en el pasado; desde el pontificado de Paulo VI los pontífices han abierto o cerrado las hojas de las puertas según se den las respectivas ceremonias de apertura o de clausura.

La iglesia se adapta en materiales y ceremonias a los tiempos y necesidades en apariencia; evolucionan al gusto del pastor en turno. Sin embargo, siempre será el pontífice el que ingrese en primer lugar por la puerta santa, abierta a aquellos virtuosos peregrinos que busquen obtener la indulgencia plenaria.

* * * * * *

Por invitación del papa Bergoglio, todas las catedrales del mundo abrieron sus puertas a la feligresía. El motivo de estas aperturas es el jubileo extraordinario de la misericordia. La catedral de la arquidiócesis Potosinense no fue la excepción y su pastor Carlos Cabrero realizó la apertura el pasado domingo.

Son las obras de misericordia que se realizan en conjunto con el tránsito por la puerta, las que permitirán a los católicos participar de lleno y obtener las gracias del jubileo. Destacan entre estas obras las espirituales, entre las que destacan: sufrir con paciencia los defectos de los semejantes, obsequiar un buen consejo, corregir al equívoco, y enseñar al que no sabe.

Fue don Carlos –el mitrado–, quien optó por compartir sus enseñanzas e iluminar a los ignorantes. No con mala voluntad, sino atento a las doctrinas de su ministerio, el arzobispo potosino se ocupó de señalar la equivocada línea que la Secretaría de Salud ha implementado en materia de educación sexual.

De interpretar de manera correcta lo dicho por Cabrero, son las cuestiones de espíritu y moral las que permiten que el verdadero católico no se aleje de la senda del bien y la pureza; la campaña de la institución de salud perjudica a la sociedad al tiempo que, por lasciva, fomenta el temprano despertar sexual de los adolescentes.

Sin embargo, si nos atenemos a sus declaraciones, coincidiremos al afirmar que no es mediante la oración y el recato, gracias a los cuales el individuo, y concretamente los jóvenes se alejarán del desarrollo de su sexualidad natural,

Más hormonal que confesional es el ser humano por naturaleza; los procesos evolutivos de la biología humana, no pueden estar sujetos a las consideraciones y dictados de la religiosidad institucional.

De ser imperante la fe y la devoción en nuestra naturaleza, convendría preguntar a quienes hacen estos señalamientos de corte obsoleto, no por espirituales –ya que también hay espiritualidad en la sexualidad– sino por evidenciar un profundo desprecio por su origen biológico y científico, de dónde derivan entonces algunas conductas erradas entre los sacerdotes católicos, como pudiera ser la pederastia.

Ir contra la evolución natural de la sexualidad humana es ir contra natura, como ha ido por muchos siglos la santa institución. Los tiempos actuales obligan no sólo a evolucionar y flexibilizarse, sino incluso a empatar con el auxilio de las ciencias los requerimientos humanos de la sociedad de la que la iglesia se constituye como un principal soporte.

Que no se vuelva a los tiempos de intolerancia y cerrazón en los que la iglesia buscó priorizar sus rígidos dictados por encima de la naturaleza humana. Hoy se busca una iglesia incluyente y tolerante  a las necesidades reales de su feligresía.

Ignoro cuál sea la finalidad de la apertura de las puertas de la catedral potosina, recibirlos en la misericordia de Dios, o expulsar de ella a quienes no piensen como sus pastores.