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17 julio, 2015
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17 julio, 2015

Leguleyos y esbirros en el Colsan

Ignacio Betancourt

M ientras los últimos vestigios de credibilidad en el actual gobierno federal (o estatal o municipal) se diluyen caricaturescamente a partir del segundo escape de Joaquín Guzmán Loera de una prisión de máxima seguridad, la familia Peña Nieto y sus cuatrocientos acompañantes se exhiben cínicamente en un París envilecido por tales invitados, por cierto todos ellos pagados con los impuestos de un pueblo que cada vez con mayor frecuencia debe salir a las calles a reclamar a las autoridades (o a solicitar una moneda para poder pagar el camión); pese a todo, en las fotografías lucen los emisarios mexicanos embriagados de solemnidad. Ellos, encorbatados y rígidos (en un inútil simulacro de volverse estatuas), ellas, con espectaculares vestimentas de diseños exclusivos, todo en nombre de la Patria y en representación de ella. ¿Quién podría ser tan mezquino de regatear el lujo de los gloriosos representantes, acostrumbrados además, a medrar y destruir millones de sacrificadas y aguantadoras familias mexicanas? ¿Qué harían sin los pobres tan encopetados representantes?

Según las crónicas de sociales, desde un palco central en la Plaza de la Concordia, “con vista a la avenida Campos Elíseos, los presidentes Francois Holland y Enrique Peña Nieto aplaudieron el paso de 157 cadetes del Heroico Colegio Militar, del Colegio del Aire, de la Heroica Escuela Naval y de la Gendarmería nacional”, elegantes mexicanos sacudiendo las calles parisinas con sus marciales pasos mientras soportan sobre el brazo levantado espectaculares águilas vivas y aleteantes, “como marca la tradición de la cetrería mexicana”, según se explica en los lujosos programas oficiales redactados en español y en francés.

Y mientras en Europa brillan con luz propia los más altos representantes de la corrupción gubernamental y la delincuencia institucionalizada, en todos los estados del territorio patrio cientos de miles de profesores (en ciudades pequeñas y grandes), repudian la mal llamada “reforma educativa” porque han descubierto que la educación de la niñez de un país con escuelas en ruinas y millones de desnutridos no la garantizan ni el atentado contra los derechos laborales de cientos de miles de mentores ni el autoritarismo de jueces desvergonzados. ¿Dónde quedan las peculiaridades geográficas, climáticas, culturales? ¿Dónde la generalizada violencia del país? ¿Dónde la nefasta burocracia sindical? ¿Sabrán los locutores televisivos y quienes les creen, que una gran mayoría de los profesores agredidos son expertos en actividades escolares y dignísimos conocedores de la educación pública mexicana? Por cierto educación ganada a sangre y fuego durante los siglos XIX y XX por las anónimas mayorías constructoras de la historia.

Sobre el comic de El Colegio de San Luis, las peripecias aguardan a que en el Colsan se decidan a actuar (ya van quince días de rememorar a las avestruces), por ahora poco podrá señalarse en este capítulo salvo que la historieta se vuelve siniestra: encubiertos esbirros institucionalizados y leguleyos de toda pinta bosquejan discretas y ejemplarizantes venganzas sobre cierta atribulada cabeza cuyo pensamiento incursiona en aquello con que inicia el Artículo Sexto Constitucional: “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, los derechos de tercero, provoque algún delito o perturbe el orden público; el derecho de réplica será ejercido en los términos dispuestos por la ley. El derecho a la información será garantizado por el Estado. El material para la elaboración de diversas y horrísonas aventuras se acumula y germina, sin embargo, algo de suspenso previo a sorpresas agazapadas no le viene mal a la historieta del Colsan.

Sobre la Secretaría de Cultura y las triquiñuelas para anular al Colectivo de Colectivos Mariano Jiménez hay novedades, mientras siguen sin aparecer sus representantes en la Comisión Mixta la Secult ya intenta, en compañía del grupo parlamentario del Partido Nueva Alianza (Dios los cría y ellos se juntan) una dizque “abrogación” de la recientemente aprobada Ley de Cultura para el Estado y Municipios de San Luis Potosí (luego de que Fernando Toranzo la ignorara durantes seis años). Resulta que con la complicidad de algunos miembros de la borrosa comunidad cultural (incondicionales de la Secult), con supuestas mesas de trabajo pretenden revolcar la gata para que parezca otra, podrá ocurrir que cambien sin cambiar y por supuesto sin aludir a lo central: las iniciativas ciudadanas excluídas de facto en viejas y nuevas leyes de cultura. Lo que pretenden imponer es que la participación ciudadana se limite a apoyar las decisiones de los burócratas, excluyendo toda iniciativa independiente; frente a tal despropósito el Colectivo de Colectivos Mariano Jiménez solicitó formalmente a la Comisión de Cultura del Congreso (el pasado 13 de junio), le convoquen a expresar sus puntos de vista legitimados por el interés de la ciudadanía. ¿Responderán los diputados en busca de chambas culturales?

Del ensayo Fisonomía del apretado, escrito a inicios de los años cincuenta por el filósofo mexicano Jorge Portilla (DF.1919-1963), extraigo algunos fragmentos que me parece tienen qué ver con los grupos de poder académico o político (y sus imitadores) involucrados actualmente en plagios y abusos sin par: Originariamente la palabra parece tener una significación fundada, sobre todo, en una diferencia de clase, el “apretado” se tiene a sí mismo por valioso, sin contemplaciones y sin reparos de ninguna especie. El modo de inserción en la realidad, su manera de ser en el mundo, es la posesión, la propiedad. El que posee, es; el que no posee, no es. El “apretado” necesita de los otros, pero no para construir con ellos un “nosotros”, sino para negarlos autoafirmándose; los necesita como espectadores de su propia excelencia. La exclusividad es la categoría suprema del mundo de los apretados; de esta manera, son esclavos de las apariencias y esclavos de los demás.

Su idea de la libertad se reduce a la creencia de que el Estado no tiene derecho a violar la propiedad privada. En este sentido el apretado ama la libertad; pero cuando oye esa misma palabra en labios de los no poseedores, su capacidad de amor se siente atraída irresistiblemente por otra palabra mágica: “orden”. Cuando el otro se niega a la sumisión, el apretado dice que es un “alzado” o un “levantado”; es decir, un hombre que se resiste a inclinarse. El más leve disentimiento de sus opiniones es para el apretado tan grave como un insulto, porque se pone en crisis su carácter de “fuente de valor”; con él es imposible el diálogo.