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14 mayo, 2015
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14 mayo, 2015

Lluvias atípicas

Óscar G. Chávez

L as recientes lluvias que se vierten en general sobre el estado potosino, y en particular sobre la ciudad de San Luis Potosí, pueden ser consideradas fuera de lo común por darse en temporadas que ordinariamente no ocurrirían.

Para cualquier residente de la ciudad, es sabido que la temporada de éstas se desarrolla durante el mes de agosto, fueron estos incidentes meteorológicos los que en algún momento obligaron a transferir la Feria Nacional Potosina que tradicionalmente se celebra durante ese mes, por coincidencia con las fiestas patronales, al mes de noviembre. Las lluvias sin embargo, católicas y fieles como el pueblo potosino, decidieron seguir a las verbenas y bautizar la temporada en noviembre; sin más que hacer, la Fenapo fue restaurada a su calendario original.

Ciudad desértica con precipitaciones pluviales muy esporádicas a lo largo del año; sus dos cauces hídricos más importantes –los ríos Santiago y Españita– fueron revestidos con concreto para convertirlos en vialidades donde imperan velocidad automotriz y chirridos de neumáticos. Un tercer cauce, inferior a los otros y tributario del Santiago, denominado desde época ancestral como arroyo de las vírgenes, fue también transformado en arteria transitable y su actual cauce es vehicular.

El trazo de la hoy calle de Reforma –de la que he escrito con anterioridad– obedece a la zanja realizada en la época virreinal por órdenes de un visionario alcalde mayor, para proteger a la ciudad de la bajada de las aguas broncas que escurrían por la sierra de San Miguelito y las lomas que circundaban a la ciudad por el poniente.

Hoy esa zanja, llamada en algún momento la corriente, ya no existe más; su cauce fue rellenado en la década de los cuarenta con escombro y tepetates, y parte de ese relleno fue vendido al mejor postor por algún Ayuntamiento voraz, de ésos que abundan en esta región, y que raros son en el resto del país.

Tampoco existen ya las referidas lomas del poniente; éstas, al igual que sus cañadas y cauces naturales, han sido especuladas por la codicia de unos cuantos lotificadores, urbanizadas, vendidas a precios exorbitantes, y –como debe ser en cualquier ciudad donde imperen el progreso y la modernidad–, recubiertas con impermeable concreto.

Este proceso de urbanización de aquella zona de la ciudad ha posibilitado situaciones irregulares y delictivas –solapadas por Ayuntamientos cargados de deudas económicas y morales hacia los lotificadores– que han acabado mediante constantes cambios de uso de suelo con las zonas de recarga de los acuíferos, al mismo tiempo que generan constantes avenidas de agua, que se vierten amenazantemente sobre las partes bajas de la ciudad.

Inundaciones de colonias populares y privadas; vialidades clausuradas; baches similares a zanjas, trincheras o bocaminas; tráfico vehicular incontrolable; choques automovilísticos; atropellamientos en ocasiones mortales; desplomes de tapiales antiguos; basura expuesta y flotante; autoridades incompetentes rebasadas constantemente por el problema; son algunos de los problemas que traen de la mano las lluvias.

Son éstas las que nos exhiben como una sociedad anárquica y desorganizada, no preparada para estas contingencias; de la misma manera se evidencia la ausencia de verdaderos especialistas en urbanismo, obras públicas, vialidad y solución de problemas hídricos. Es sabido de sobra que quien ocupa un cargo afín a lo mencionado, es por compromisos políticos o méritos de compadrazgo, y no por ser un perito en la materia.

Otras lluvias, aunque también atípicas, son las que en estos momentos desparraman sus aguas sobre los políticos. Las campañas electorales traen de la mano una serie de información privilegiada y acusaciones entre unos y otros contendientes, que en otras circunstancias, y bajo el amparo de obscuras componendas políticas, no saldrían a la luz ni serían del conocimiento público. Sólo las contiendas electorales permiten que la ciudadanía conozca de ellas.

Ciertamente los llamados pactos de civilidad los han imposibilitado para liberar masivamente detalles particulares de los contendientes; poco se ha hablado en este proceso electoral sobre los desaciertos cometidos por éstos durante su pública trayectoria. Sin embargo esporádicamente algo que sacude a la opinión pública, y empapa a los indiciados, aparece en los medios de comunicación.

Es el titular del ejecutivo estatal, derivado de su ineficiente aparato de comunicación, quien sí tiene que lidiar de manera permanente con las lluvias atípicas de críticas y descalificaciones; aquellas, a fuerza de ser cotidianas, se han convertido en típicas y características de esta administración, primero inundada y luego empantanada en la incompetencia y mediocridad, que han sido su rasgo distintivo.

A pesar de esto, su tiempo ha concluido, y si durante toda su gestión no realizó ninguna acción que le permitiera el lucimiento personal y estatal, no será ahora, a fines de su sexenio, cuando surjan preocupaciones y obstáculos.

Estas serán heredadas a su sucesor –género señalado–, quien tendrá que lidiar con las torrenciales y fétidas aguas heredadas por el gobernante actual. Y, de no rodearse realmente por un verdadero equipo de servidores públicos que se encuentren especializados en la cartera que se les encomiende, muy probablemente el pueblo potosino ya no se encuentre en condiciones de soportar otros seis años de opacidad y retraso.

Ciertamente las lluvias seguirán su curso, sin embargo de llegar a ser abundantes y convertirse en torrenciales, el río desbordará de su vertiente y hará evidente la cantidad de porquería que fue colocada en sus márgenes para artificialmente controlar su cauce. Este sexenio concluye flotando artificialmente, y de no ser destapado el artificial flujo en el que lo hace, el que está por iniciar en breve, correrá el riesgo de quedar atascado y sumergirnos en el pantano de inmundicia que, disimulada totalmente, le hereda su pusilánime antecesor.