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Lo autoritario que pronto se vuelve norma

Ignacio Betancourt

S ólo a menos de 48 horas de un domingo 7 que nadie puede aventurar qué nos depare, creo no vendrán mal algunas reflexiones sobre la impunidad, una palabra tan frecuente, tan inevitable, tan reiterada en casi toda relación con cualquier tipo de poder (familiar, religioso, económico, gubernamental, académico, etcétera) que pareciera vaciarse de significado y diluirse hasta resultar inofensiva y familiar, debido a ello habrá que precaverse de su inevitable connotación de lugar común; pese a todo, la terca realidad se encarga de resignificarla cada vez que su sonido retumba en las agobiadas orejas del ciudadano ofendido, y su significación cada vez más insoportable, se presenta compulsiva y feroz para recordarnos que hay un problema no resuelto.

Cuando el principal, y me atrevería a decir el único valor “moral” de ciertas personas, generalmente mantenidas por el erario, es el poder (a como dé lugar y sobre lo que sea), lo arbitrario se vuelve la compulsiva y monótona melodía de tan recurrente infamia, entonces aparece en toda su crudeza la verdadera ley a la que se somete el impune, esa ley cuyo único artículo dice: “El que tiene el poder es quien manda”; del reconocimiento de esa contundencia viene la naturalización de lo autoritario que pronto se vuelve norma para toda la sociedad, y cuidado con quien no acate la “natural” disposición, no sólo se pone del lado de la ilegalidad sino que es repudiado por no aprender a respetar lo respetable. De ahí el derecho a afirmar que toda impunidad termina en casta divina, pues para la gobernancia con los propios designios los impunes sólo deben asumirse como ajenos a toda perversión política, para así entender como su derecho la inexistencia de cualquier ley que no sea la suya. Fin del rollo.

Respecto a la Secretaría de Cultura, finalmente respondieron al Colectivo de Colectivos Mariano Jiménez (sólo uno de los varios oficios entregados solicitando información); se trata del referido a la concha acústica de la colonia Industrial Aviación, y para los habitantes de aquel lugar se pasa al costo la siguiente información: 1.- Dicho foro lo entregó la Secult a la parroquia en “Contrato de Comodato Gratuito y Condicional” (no dicen por gestión de quién ni bajo qué condicionantes). 2.- La vigencia de dicho comodato vence “el 30 de septiembre de 2015” ¡ojo aquí! pues es una magnífica oportunidad para recuperar el sitio y que sean los propios habitantes de la colonia quienes dispongan del mismo. 3.- A partir del término de la vigencia estipulada por el contrato se puede retomar su función anterior, la de organizar en la concha acústica todo tipo de actividades artísticas y culturales en general. Los vecinos tienen la palabra.

En cuanto a la historieta de El Colegio de San Luis (Colsan), para no transgredir la veda electoral por hoy no se contarán las vicisitudes de tal comic, pues ante la proximidad de las elecciones y dado que el Colsan es (involuntariamente o no) parte relevante del invisible pero real partido de la impunidad, podría alegar violaciones a dicha veda; será entonces hasta el próximo viernes que el caricatruresca relato de El Colegio de San Luis tendrá su espacio en esta hebdomadaria columna y podrán conocerse las peripecias de mafiosos e impunes académicos.

Para estar a tono con el momento, Reficciones dedica el resto de su espacio a difundir con el tema de las elecciones dos fábulas versificadas. La primera, escrita por el peruano José María Sánchez Barra y publicada el año de 1949 en Paraguay, se titula El presidente pollino (cualquier parecido con el México de hoy es mera coincidencia): Tiene también, como lo saben todos,/ el pueblo de los brutos sus periodos/ señalados al mando,/ los cuales terminando,/ el personal se muda del gobierno/ que no sufren los brutos sea eterno.// Habiendo pues cesado/ de mandar la tortuga o el venado,/ se procedió al momento/ a darle sucesor, y de entre muchos/ candidatos imberbes, o muchachos/ recayó la elección sobre un jumento.// Arrellanado en la silla/ de terciopelo recamada en oro,/ bajo el dosel que en precio es un tesoro,/ y en arte la octava maravilla,/ comienza por hacer de los empleos,/ distribución igual a sus deseos,// declarando que todos los destinos/ serán desempeñados por pollinos./ Y luego a estos señores encomienda/ ejército, marina, prefecturas,/ gobernaciones y magistraturas,/ embajadas y hacienda.// Y de empleados de esta raza inmunda/ entera la república se inunda.// Siempre harán los gobernantes/ sus favoritos de sus semejantes.

La segunda fábula en verso, titulada La lechuza, el perro y otros animales fue escrita por el colombiano Rodolfo Caicedo y se publicó el año de 1916 en Panamá: Reunidos una vez los animales/ (hablo de los irracionales)/ trataban de elegir alguna bestia/ que ofreciendo en el solio buenos frutos,/ se dignara tomarse la molestia/ de regir los dominios de los brutos.// Se propuso al león, y con voz dura/ la tal candidatura/ fue rechazada, pues la turba opinó/ que su franqueza y majestuosa audacia/ podrían servir de perdición y ruina/ en asuntos que piden diplomacia.// Se trató del caballo ¡mucho menos!/ pues dócil a los frenos,/ su carácter al zorro no conviene,/ pues necesita libertad completa/ para ejercer la profesión que tiene/ con la cual a su antojo se repleta.// Indicaron al perro, “Es un gran bobo/ (dijo indignado el lobo),/ Si lo nombráis nuestra desdicha labra;/ es tonto que alardeando de nobleza/ por darle cumplimiento a su palabra/ dejaría que le corten la cabeza”.// Alguien pidió al conejo. “No me agrada/ (exclamó destemplada/ una serpiente de maligno tono),/ y me admira que ustedes disparaten;/ ese es un inocente sin encono,/ incapaz de morder aunque le maten”.// Sea el venado. “¡No quiero, es un odioso!”/ dijo el ratón goloso,/ pues la buena conducta del venado/ le hace temer durísimo reproche/ cuando pretenda el pillo redomado/ visitar las despensas por la noche.// No faltó en el Congreso algún sopapo,/ hasta que al fin el sapo/ fue investido del mando, ¡el sapo hediondo!/ y como se asombrase el noble perro/ la lechuza le dijo desde el fondo/ asqueroso y maldito de su encierro:// ¿Pues de qué, gran imbecil, te sorprendes?/ ¿Acaso tú no entiendes/ que en estas ocasiones la hidalguía,/ el valor, la bondad, causan perjuicio?/ ¿Y que el sapo estudió filosofía/ y conoce las tretas del oficio?// Es de tierra y de agua. Si en su coche/ la reina de la noche/ recorre el cielo, la saluda afable,/ cantando en el pantano donde vive;/ si se levanta el sol, con tono amable/ en triunfo desde el cieno le recibe…// ¡Cállate mentecato! por tu crítica/ ya veo que de política/ tú no entiendes ni jota. Si tú fueras/ a Colombia, la tierra de los guapos,/ allí seguramente descubrieras/ todo el valor de los señores sapos.