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Lo tiene recio

Luis Ricardo Guerrero Romero

Marina es el nombre de esa mujer que llevo en mi mente por el paso del desierto mauritano. Junto con mi andar resuena desde la M a la A el cálido nombre que su madre le había elegido justo antes de ella nacerle a este mundo, el mundo en donde Marina y yo nos encontramos.

Mi estancia por el desierto de Mauritania era como el de muchos otros curiosos: llegar a Chinguetti, arenoso caudal de antiquísimas reliquias bibliográficas. Esperaba encontrar entre los viejos pliegos un refugio que me acercara al menos simbólicamente al pasado en que Marina y yo jugábamos a las palabras enamoradas, enredadas, difusas y unívocas, reflejo de un cariño eróticamente sigiloso. Cada que pasaba revista a los textos árabes polvosos, también de alguna manera, desempolvaba los recuerdos de ella junto a mí, o viceversa. Era todo eso un recio recuerdo de letras y costumbres perpetuas que me traían evocaciones de los días en que un poema bastaba para hacerle el amor sin tocarnos siquiera las manos: Te brindas voluptuosa e impudente,/ y se antoja tu cuerpo soberano/ intacta nieve de crestón lejano,/ nítida perla de sedoso oriente./ Ebúrneos brazos, nunca transparente,/ aromático busto beso ufano,/ y de tu breve y satinada mano/ escurren las caricias lentamente./ Tu seno se hincha como láctea ola,/ el albo armiño de mullida estola/ no iguala de tus muslos la blancura,/ mientras tu vientre al que mi labio inclino,/ es un vergel de lóbrega espesura,/ un edén en un páramo de lino. (“ante el ara”: Rebolledo).

Todavía no quiero salir del desierto mauritano, un recio sentimiento de lector me obliga a amarla desde Chinguetti, porque aquí están los libros que con ella no he leído y los poemas que para ella no he pensado. Marina es el nombre de esa mujer que tañe, ¡cuánta falta hace por estas bibliotecas hogareñas las caricias de su pulso a las cuerdas!

Elías, —el hombre-instrumento que escribió para Marina—, aún sigue leyendo en el arenisco de su soledad. Lo catalogan como un hombre recio. Ni él ni Marina saben nada de mí, pero yo aquí tengo la foto de él y su rostro me hace pensar en lo que significa lo recio. Para empezar, esta palabra parece llevar en la entonación la descripción de sí misma, una /R/, ruda, rígida, y rimbombante.

El adjetivo recio está encabezado por la /R/ de sonido vibrante y sonoro. Valga el paralelismo que la /R/ encabece recio, pues en el alfabeto hebreo sucede que la vigésima letra Resh (ר) valor de /r/, significa cabeza. Incluso la figura que representa a la resh parece una media silueta de un rostro tosco. Recio, también nos hace recordar a aquellos hombres romanos denominados reciarios —del latín tardío recio. Estos luchadores tenían la peculiaridad —según Pierre Grimal— de combatir solamente con una: “gran red emplomada y un tridente […], lanzaban la red que paralizaban al adversario, y luego lo atravesaban con el tridente”. La palabra latina recio significa robusto, duro, cualidad ineluctable de los gladiadores quienes cubrían sus cabezas, sus Resh.

Así pues, recio, no es un adjetivo de velocidad, sino de propiedad física de dureza.