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López Obrador, ¿la mejor opción?

El precandidato a la presidencia de la coalición "Juntos Haremos Historia", Andrés Manuel López Obrador en imagen de archivo. Foto Carlos Mamahua

Mariana Hernández Luna

Dentro de pocos meses habremos de elegir nuevo presidente para México y es por ello que ante el complejo y caótico momento en que vivimos, me he puesto a indagar y reflexionar sobre los aspirantes a la presidencia del país.

Parto de la premisa fundamental de que votar por el PRI constituye un hecho inmoral. No simpatizo con el PAN, el PRD ni ninguno de los otros partidos como PVEM, MC, PT, PES…, tampoco con los independientes como Margarita Zavala o Jaime Rodríguez El Bronco.

Así que, prácticamente, me queda una opción: Andrés Manuel López Obrador, virtual candidato de Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Partido del Trabajo y Partido Encuentro Social.

Es muy complicado hablar de AMLO, pues quien escribe al respecto entra en un campo minado del que difícilmente se puede salir ileso. Gran parte de sus seguidores asumen que quienes lo vemos con mirada crítica, reflexiva y cauta somos partidarios del PRIANRD o que somos oficialistas, traidores a la patria y un montón de epítetos insultantes, aunque eso totalmente falso.

Sin duda Andrés Manuel es un personaje interesante, complejo y contradictorio, como cualquier ser humano pudiera serlo. Leí con atención tanto los Lineamientos Básicos del Proyecto Alternativo de Nación 2018-2024, conocido como los 50 puntos, y el Proyecto de Nación 2018-2024. Por supuesto que son deseables gran parte de sus propuestas, pero ¿son viables?, ¿es posible, sin aspavientos y sin descalificaciones a favor o en contra, hacer lo que propone AMLO en tan solo un sexenio?

Suponer que convertirlo en presidente de México garantiza en automático que el país entrará al paraíso y que desaparecerá la corrupción sólo porque el presidente se vanagloria de ser honesto me parece irresponsable. El mejor intencionado de los políticos no decide por sí mismo qué se hace o qué no se hace, las cosas no funcionan por decreto, sabemos que están inmersos en un complicadísimo entramado de intereses económicos, políticos y sociales que incluso superan el ámbito nacional.

Un estado republicano como el nuestro, con una democracia maltrecha todavía en construcción no puede ni debe de subordinarse a la voluntad de un solo hombre. Hemos visto los estragos que eso ha ocasionado durante los últimos sexenios.

Se requiere del apoyo de las asambleas legislativas y una convergencia de visión e intereses, cosa que es difícil en nuestro país para cualquier partido. Conocemos de las alianzas y prebendas que se ponen en juego. En un sistema tan anómalo como el nuestro, que pretendidamente se llama democrático, no es sencillo lograr acuerdos.

De entre las cosas que me causan gran desconfianza sobre AMLO es su halo caudillista y su autoritarismo, no podemos negar que existen denuncias de propios miembros de su partido al respecto. Me parece una enorme contradicción que personajes con pasados escabrosos como Manuel Bartlett, entre muchos otros, sean tan cercanos a él o que se pretenda lanzar como candidato a diputado federal a un actor de telenovelas como Sergio Mayer. Considero que en Morena existen personas muy preparadas para ocupar cargos de elección popular que pueden no sólo representar dignamente al partido; más importante aún, pueden proponer y concretar acciones que beneficien a la población.

Entre las nimiedades no me cuadra que haya tardado 14 años en concluir una carrera universitaria y no demerito en absoluto a quienes con gran esfuerzo y sacrificios lo han logrado al cabo de varios años, tampoco cuestiono a los autodidactas, conozco unos que son más doctos que algunos universitarios.

Tampoco sé cómo cuadrar, cuando era Jefe del Gobierno del Distrito Federal, que el chofer de su Tsuru, Nicolás El Nico Mollinedo, percibiera un salario de casi 63 mil pesos mensuales o las respuestas que dio cuando genuinamente se le cuestionó acerca de los escándalos de corrupción de quienes fueron sus colaboradores más cercanos como René Bejarano o Gustavo Ponce.

No confío en quien se autoproclama incólume e inmaculado cuando le hemos visto involucrado en diversos escándalos, por supuesto que muchos de ellos han sido ficticios y dolosos, pero hay otros que, al menos, provocan una duda razonable. Supongo que con su vasta experiencia ya debería estar curtido en estos menesteres del escrutinio público y no demeritar a quienes le cuestionan o a quienes no creemos a ciegas en todo aquello que promete y asociarnos a la “mafia del poder” sólo porque lo vemos con cautela.

Dicen por ahí que el prometer no empobrece y es una táctica electorera que durante décadas han utilizado todos los partidos políticos mexicanos. El propósito es ganar las contiendas electorales y ya después se le apuesta a culpar al antecesor o a algún hado de la clase política para incumplir con lo prometido, a sabiendas de que nunca se habría podido cumplir con lo que se dijo.

Estoy harta de la demagogia y de la guerra sucia que sólo han servido para provocar más violencia. Me molesta ver en las redes sociales que las posiciones sean tan radicales, casi nadie está dispuesto a un diálogo honesto y racional. No comparto los insultos ni a favor ni en contra de AMLO, no me agradan los apodos ofensivos contra ninguna persona, sea quien sea.

Sé que este país no se puede cambiar de un día para otro, se trata de un proceso largo que ni siquiera alcanzaría a verse concluido durante dos sexenios. No se trata de llegar e intentar reformarlo todo, creo que se trata de planes objetivos, de estrategias realistas y fundamentadas que implican sacrificios colectivos, y con ello incluyo también a los grupos más beneficiados y, particular y específicamente, a la repulsiva clase política.

Erradicar corrupción e impunidad no es cosa sencilla ni motivo simplista de eslogan político, tampoco es cuestión de la voluntad de una sola persona, requiere la participación comprometida de todos, sociedad civil e instituciones.

Si surge una acusación de corrupción contra un priísta, un panista o un perredista no se duda que sea cierto, la experiencia parece confirmarnos que lo es. En el caso de AMLO, de sus hijos o colaboradores más cercanos, una imputación semejante amerita el adjetivo de calumnia, ¿lo es siempre?

Una cosa es cierta: todo lo que se ha dicho de AMLO ha quedado en mero escándalo, hasta ahora no se ha podido iniciar ningún proceso legal en su contra y por tanto podemos asumir que, a nivel personal y solo él, es una persona honesta. La periodista Anabel Hernández dijo alguna vez que se había dado a la tarea de investigarlo y no había encontrado nada turbio.

Sin embargo, no logra convencerme, será porque tiene tanto tiempo viviendo del erario, será por nimiedades como su tono burlón y burdo con quien no está de acuerdo con él, o que utilice palabras en sus discursos que me son disonantes (malandrada, chachalaca, mafia del poder), pero lo que más me hace ser muy cauta es que promete lo que no es posible realizar en un sexenio ni de manera unipersonal.

Me aterra pensar de dónde se obtendrá el gasto público que dice que empleará en el establecimiento de un Estado de Bienestar a la usanza de Roosevelt en 1933 y aquí va un cuestionamiento, ¿cómo aplicar una solución semejante en un contexto diferente 85 años después?

No se puede negar que AMLO es el único candidato que durante más de 10 años ha recorrido todo el territorio nacional y eso le da, como a ningún otro, un panorama claro de la diversidad del país. Pero tampoco podemos ser tan ingenuos como para no admitir que es muy probable que haya tenido que pactar con grupos y personas para continuar en la contienda política.

Gran parte de los mexicanos no solemos aceptar muy bien las críticas y somos muy poco afectos a la autocrítica. Los argumentos contrarios a los nuestros, por muy sólidos que sean, suelen merecer la burla, el descrédito y hasta el insulto. Creo que, como nunca, tenemos que ser muy realistas y elegir para 2018 a quien consideremos pueda realizar un cambio genuino y auténtico a largo plazo y, la verdad, no sé si AMLO pueda generarlo. Más allá de fanatismos a su favor o en contra, no logro dilucidarlo.

Me queda muy claro que Andrés Manuel López Obrador es un candidato de contrastes. Me queda claro también que quizás muchos consideraremos votar por él no porque lo creamos la mejor opción, sino porque estamos hartos del PRI y sus secuaces, cuestión que deben de observar con minuciosidad y gran interés los morenistas. Se le apuesta a AMLO debido al hartazgo y no por un convencimiento real y genuino en que él cambiará al país de manera personal. Para muchos de nosotros él también forma parte de la clase política mexicana.

Se le apuesta a AMLO porque deseamos un cambio en vez de seguir como estamos, pues ni el PRI ni el PAN o el PRD han demostrado capacidad ni credibilidad, sólo han evidenciado, en su enorme mayoría, ser una cofradía de ladrones.

Quizás quienes vemos a AMLO con tanta cautela lo hacemos porque reconocemos un pasado nefasto y criminal en manos del PRI y del PAN, por eso es que somos exigentes y cautos. En México estamos hartos de la explotación del Estado, del crimen organizado, de ser vendidos y endeudados, que se nos ningunee, se nos violente y se nos arrastre por el fango.

Creo que AMLO debe de considerar que justamente por ese pasado tan oscuro y terrible en manos del PRI y del PAN es que se le cuestiona tanto, considero que deberá de asumir que, en caso de convertirse en presidente de la república, la presión social y mediática será mayor que la ejercida en sexenios anteriores, después de todo, él mismo se ha erigido como el único competente para sacar a México de la situación en la que se encuentra.

Mariana Hernández Luna
Mariana Hernández Luna
Originaria de San Pedro, Coahuila. Licenciada en Ciencias Humanas en la Universidad Iberoamericana y Maestría en Estudios Humanísticos en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Experiencia laboral en dependencias municipales y en el Sistema Nacional DIF y como docente en todos los niveles educativos