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Los abusos de Eugenio Govea

Óscar G. Chávez

S eis u ocho guaruras –ahora llamados pomposamente escoltas– custodian el acceso al edificio; no es de ordinario, sólo en algunas ocasiones, quizá cuando el personaje central se encuentra de visita por el mismo. Desde que el edificio funcionó como sede de la Procuraduría General de la República, no recordaba haber visto elementos de seguridad custodiando su acceso; éstos, nada cuidadosos en expresiones ni modales, otorgan un aspecto grotesco al exterior del inmueble; preferible caminar por el arroyo vehicular a toparse con ellos.

Interesante sería enterarnos si los demás candidatos que aspiran a la gubernatura del estado cuentan con guardaespaldas a su servicio; y de ser así, convendría hacer públicas las cantidades que se desembolsan para cubrir sus honorarios. De ser éste la excepción, el motivo de su uso, y sus costos deberían ser explicados; son dineros públicos que no duelen, no provienen del esfuerzo de su trabajo ordinario. Sí de los impuestos ciudadanos.

Mi lógica de ciudadano de cédula cuarta no alcanza a comprender que la capital potosina presente tales niveles de inseguridad como los que obligan al diputado con licencia, y candidato a la gubernatura por el Movimiento Ciudadano, Eugenio Govea Arcos, a utilizar ese aparatoso y nada discreto cuerpo de seguridad; más semejante al de algún empresario sobre el que pueden pesar las amenazas de un secuestro.

Mientras mi mencionada lógica no da para más, la de este candidato da para muchos detalles más, en los que siempre, por desgracia, se ven lesionados los ciudadanos de la capital potosina. Abusos que el actuar cotidiano los ha convertido en formas habituales que son vistas con la mayor naturalidad por los que los cometen; abusos que la misma ciudadanía, al no encontrar respuesta frente a sus reclamos, comienza a resignarse y suponer que es quien vive equivocada.

No es ninguna sorpresa el ver a los conductores de vehículos de cualquier tipo –comercial, particular, público u oficial– apropiarse de una manera abusiva y por demás ofensiva de las rampas destinadas para el ascenso y descenso a las banquetas, de personas con capacidades diferentes. En la mayoría de los casos, el afectado directo acabará por desistir de su uso y dirigirá sus esfuerzos a lidiar con adoquines, baches y vehículos que encuentra durante su recorrido por el espacio destinado a estos últimos.

La situación es ordinaria y recurrente en la esquina sur oriente de las calles de Agustín de Iturbide e Independencia; esquina en la que también se encuentra ubicada la sede del partido que dirige Govea. No es ninguna sorpresa observar que los vehículos que obstruyen las mencionadas rampas, portan sobre su tablero y bajo el parabrisas, enmicados que los identifican como miembros de ese partido.

El autor de esta columna en repetidas ocasiones manifestó de manera presencial en las oficinas de Movimiento Ciudadano, y mediante su cuenta en redes sociales, su inconformidad por el hecho que se lesione a ese sector de la población. Mientras la respuesta en las oficinas –acompañada de la consabida cara de sorpresa frente al actuar de un demente que cuestiona lo normal– fue que ellos no podían hacer nada por tratarse de compañeros de cierto peso o títulos altisonantes dentro del partido, la de Eugenio Govea, fue que la penosa situación no volvería a repetirse. Político y diputado finalmente, ninguna verdad hubo en sus palabras.

Esperemos que la lozanía y frescura que reflejan la salud de Govea a sus cincuenta años recién cumplidos, sean permanentes, y nunca él, o algún miembro de su familia se vean en la lamentable necesidad de hacer uso de una silla de ruedas que los obligue a buscar el mejor sitio de ascenso, luego de toparse con que las rampas destinadas para su uso exclusivo, están bloqueadas por la discapacidad cerebral y el automóvil de algún influyente.

Las situaciones generadas por el uso de vehículos en ese partido no acaban ahí. Pareciera que el mismo, y ya referido, tarjetón de ese partido, otorga calidad de inmunidad partidista a los que lo portan en sus automóviles; ninguno de los que lo ostentan hacen el pago respectivo –a diferencia del resto de la ciudadanía que visita el centro histórico–, del parquímetro que les da derecho a permanecer estacionados en la vía pública.

A mediados del año pasado, interesado en el caso de abuso, despojo, e influyentismo, de los que fue víctima un ciudadano por parte del poderoso Grupo México, entablé comunicación con el afectado, por mi manifiesto interés de escribir sobre el asunto. La reunión fue acordada en un café de la plaza de Armas de la ciudad. Su acompañante que cortésmente se presentó como abogado, me obsequió una tarjeta de presentación adornada por el logotipo naranja de ese partido.

La coyuntura no fue desaprovechada por el que escribe, y al margen del asunto central de la plática, le cuestioné sobre el abusivo uso del tarjetón para eximir el pago del parquímetro; la respuesta fue lacónica pero ilustrativa: el identificarse con el tarjetón del partido es parte de los acuerdos que se tienen para no hacerlo.

El más puro estilo mexicano de la impunidad que otorga el uso de la charola, y aunque aquella en metálico, ésta en papel enmicado, ambas vienen a otorgar cierto nivel de superioridad a su portador, sobre el resto de los ciudadanos que no la tienen a su alcance. Supongo que quienes hacen ostentación de ese deslumbrante tarjetón, son trabajadores operativos que laboran dentro de ese partido; de ser así, están dentro del mismo nivel que cualquier trabajador que se vea en la necesidad de estacionar su vehículo en la misma zona. ¿Por qué no otorgar uno similar a éstos? ¿Por qué no otorgarlo a cualquier persona que tenga un modesto negocio en el centro?

Las campañas políticas permiten todo tipo de excesos por parte de los candidatos, entre éstos el más común es la apropiación de espacios públicos y privados otorgados por la autoridad electoral o los propietarios de los espacios, que no hacen otra cosa que generar una contaminación visual absurda que difícilmente será retirada después de la contienda. Orgullosos de la natural belleza de sus nada retocados rostros, muestran impecables sonrisas a todos aquellos que deseen –y no–, contemplarlos.

Un nuevo exceso campea por el centro de la ciudad, magnavoces instalados en vehículos adornados con las insignias políticas y rostro del candidato Govea, recorren lentamente sus calles, invitando ensordecedoramente a emitir votos a favor del personaje. Carencia total de respeto a quienes no queremos escuchar la diarrea verbal que vomita su propaganda. Caso similar a quienes son obligados dentro de las salas cinematográficcas a observar los anuncios del asqueroso partido Verde. Cómplices de omisiones de la autoridad.

No es posible suponer los resultados de la contienda electoral, sin embargo es fácil suponer que si un dirigente de partido, diputado local, y ahora candidato, actúa con esos excesos en detrimento de la ciudadanía al detentar esos cargos, su triunfo electoral y posterior ejercicio de la gubernatura, no garantizaría otra cosa que el favoritismo a sus correligionarios y un estado de total arbitrariedad y prepotencia. En nada es diferente al partido en el poder; nada al menos en el actuar de Eugenio Govea Arcos y su partido.