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Los impresentables

Carlos López Torres

P or enésima ocasión, a partir del desencanto y mal sabor de boca que han dejado al respetable público el titular del Ejecutivo, la Legislatura local que ya mero concluye, así como los funcionarios de las 58 alcaldías a renovarse próximamente, aunado a la terrible tragedia de Iguala y sus secuelas, diferentes eclesiásticos potosinos no dejan de recomendar a los institutos políticos postular a candidatos que no sean como el aguador o el lechero, que del agua hacen su dinero, dice el refrán popular. Menos aún, a quienes tengan un perfil “dudoso”, señala el vicario general de la Arquidiócesis, Benjamín Moreno Aguirre, reforzado por el arzobispo Juan Carlos Cabrero Romero, quien de plano exige a los partidos la obligación de proponer candidatos con calidad moral.

Sin embargo, la resignación popular, debidamente pulsada por los defensores del descompuesto “sistema”, ha permitido a los políticos ir escalando cada vez más en las prácticas ilegales, tramposas e insolentes, en la misma medida que la impunidad se ha consolidado como hábito consustancial del viejo régimen que no hace nada para dejar de existir, sino al contrario hace todo por sobrevivir, no obstante que sexenio tras sexenio el discurso de renovación y/o modernidad forme parte de la narrativa del poder establecido.

Es tal nuestra pérdida de capacidad de asombro, que los ocupantes de los diferentes niveles de gobierno, los “representantes populares” y autoridades judiciales, invariablemente le apuestan al perdón y olvido, confiados en que ante cada hecho o escándalo mayúsculo los avenidos ciudadanos terminemos con sumisión aceptando lo que nos parecía inaceptable e imposible suceso, dejando en el olvido los anteriores acontecimientos que en su momento reprobamos por excesivos, abusivos e inmorales, e impropios de todo Estado que se autodenomina democrático.

Con qué calidad moral van a salir a la campaña electoral aquellos partidos políticos que en diferentes momentos se han alternado en el gobierno, o han llevado al Congreso del Estado o a los ayuntamientos, a personajes que no sólo han incumplido sus promesas de campaña, sino una vez en el ejercicio gubernamental han reproducido de manera caricaturesca el consabido estilo de gobernar basado en la práctica unipersonal, autoritaria, omisa y corrupta tan cara al viejo régimen.

Con qué cara nos pedirán el voto para su partido y sus candidatos, quienes por omisión o por acción han impedido que las de por sí inservibles contralorías del estado y los municipios, eviten mediante una serie de subterfugios imponer actos sancionatorios a los funcionarios responsables de irregularidades en el manejo de fondos federales y/o estatales de los diferentes programas, en el ámbito de su actuación.

Seguramente muchos de los candidatos no sólo son de perfil dudoso por sus estrechas relaciones con los malos, sino definidos como manos largas o de plano corruptos o corruptores, como algunos que no han tenido empacho después de haberse enriquecido al amparo del ejercicio del poder, todavía se atrevan a impulsar a sus familiares para que los sucedan en el cargo o alcancen otro huesito desde el cual se les cubran las espaldas cargadas de pillerías, producto del saqueo institucional.