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Los pasos de don Quijote

Óscar G. Chávez

A Macario Schettino por la inocencia certera
de sus pícaros dardos; por sus libros, por su nuevo libro.

E s lugar común. Nada es posible atribuir a la casualidad, todo tiene su razón de ser, todo parte de una causalidad. Los dos libros elegidos no aparecen en la atiborrada estantería donde deberían reposar; aunque la sección de literatura mexicana no es abundante tampoco resultaría fácil localizarlos. No recuerdo haberlos retirado de allí para cambiarlos de sitio porque ése es el de ellos, es su lugar natural; no son del tipo de libros que pondría en otras manos motu proprio, menos a pedimento de parte. Interrumpo en repetidas ocasiones las notas sueltas sobre el papel, busco de nueva cuenta pero no doy con ellos; localizo –por el contrario– otros dos que no recordaba tener y al parecer no han sido leídos.

Viene a la memoria un tercer título que ubico en otra sección, el resultado es el mismo; no aparece por ningún lado. La sensación de derrota va de la mano con las de frustración y fracaso. La poca pericia que poseo en el manejo del ordenador me impide obtener alguna edición digital, de esas llamadas on line y que es posible leerlas sobre la brillante frialdad del monitor. Internet se encuentra pletórico de notas al respecto, la costumbre es el atiborramiento de información luego del suceso. Los dos libros que tengo al frente no me ofrecen mayor atractivo; volteo hacia ellos, los ojeo repetidas veces, nada me invita a concretar el tacto sobre ellos; destaca una fotografía de Ibargüengoitia, en uno; sobre el otro en pasta color negro una letra mayúscula en dorado.

La finitud del ser es una de las condicionantes que en materia de reflexión dentro de muchas disciplinas de corte humanista ha sido una premisa desde la antigüedad. Nada garantizará nuestra presencia material dentro del mundo de los humanos; sin embargo si el individuo forma parte, por haber sido incorporado, del grupo de aquellos que algo aportaron a su entorno, su trascendencia será innegable sea en el contexto de las ideas o sea en el contexto de lo heroico.

Sin embargo y a pesar de lo avanzado de los tiempos, la muerte es un tema que difícilmente nos permite abordarlo desde la óptica de lo racional. El inciso de la objetividad con que sea abordada, siempre estará limitado por la condicionante de la cercanía con aquel que la enfrentó y se incorporó al espacio de los que fueron. Pareciera ser que pese a tener la consciencia de que la única seguridad a lo largo de nuestra vida es la muerte, nada nos enseña a afrontarla cuando toca a alguien que nos es particularmente especial o cercano.

Derivado del óbito de algún personaje, de ésos que trascienden en nuestro imaginario por haber constituido un indicador en sus áreas de conocimiento, saltó a mi vista una frase que registré y he aplicado en un par de ocasiones a la reciente ausencia de amigos con los que pude abrevar en pequeños arroyuelos que logré represar del oleaje de sus mares de conocimiento: hay ocasiones en que la muerte, por elemental respeto a la memoria de los hombres debería pasar de largo. Esta es una de ésas.

Ayer tres de diciembre –en el décimo tercer aniversario del deceso de su maestro Juan José Arreola– la muerte no detuvo su embate frente a Vicente Leñero Otero, referente indiscutible dentro de las letras y el mundo del periodismo mexicano, en el que logró posicionarse como uno de los grandes artífices de un concepto desconocido hasta entonces; el periodismo libre surgido como oposición al periodismo oficial, al dictaminado y premiado por el estado.

Poco puedo opinar sobre Leñero, no he sido un lector asiduo de su obra. De frente tengo Estudio Q (1965) y Los pasos de Jorge Ibargüengoitia (1989); no localicé hasta este momento Los albañiles (1963), Los periodistas (1978), y Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz (1985), las tres únicas obras de su autoría que he leído y que constituyen los únicos referentes que tengo sobre su obra.

Por curioso que pueda parecer, las tres obras rescatan y retratan las infamias existentes en el sistema político y en el aparato de justicia mexicanos en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta; las tramas parecieran ser acordes y propias a esos años, sin embargo si de nueva cuenta caemos en su lectura, concluiremos que nada ha evolucionado al día de hoy. Torturas, confesiones forzadas, influyentismo, corrupción, negros vínculos con el poder que facilitan o dificultan investigaciones, beneplácitos o anatemas gubernamentales; todo es parte del México del ayer, todo persiste hasta el México de hoy.

El interés por los temas relacionados con mi Ítaca, me obligaron a emprender la lectura de Asesinato, donde realiza la crónica y el desenlace de los homicidios cometidos en la Ciudad de México el 6 de octubre de 1978 en las personas de Gilberto Flores Muñoz (*1906) y su esposa Asunción Izquierdo Albiñana (*1909). Ambos personajes relacionados con mi entorno inmediato, la ciudad de San Luis Potosí; el primero, político vinculado a los grupos de poder formados por caciques regionales, de los que no dudó en defeccionar según sus intereses del momento. Así asciende vertiginosamente de una senaduría a la gubernatura de su estado; luego un ministerio federal en el que el canto de las sirenas lo llevó a creer que podría suceder al viejo zorro de Ruiz Cortines; como corolario a su vida fue nombrado presidente de la Comisión Nacional de la Industria Azucarera. Era el sexenio de López-Portillo. Su compañera de vida y muerte, hija de inmigrantes españoles avecindados en San Luis Potosí, es considerada un referente de la literatura femenina, que dio luz a sus obras bajo los pseudónimos de Ana Mairena, Alba Sandóiz o Pablo María Fonsalba.

La lectura de la obra, más allá de la ficción literaria, nos lleva de una manera cruda por un México real, en donde la clase política ha creado para sí un entorno de permisividad y privilegios; donde el relumbrón político privilegiará todo aquello que atente contra el buen nombre familiar, por encima incluso de lazos de sangre y afectivos. El México de los juniores crecidos al amparo y sombra del peso social y político del jefe de familia.

Quizá nadie –que no fuera Leñero–, pudo haber escrito esa negra historia que llegó a la imprenta a pesar de los obstáculos que enfrentó desde origen; el principal de ellos, el peso de la familia de los en ella aludidos, sin sobrenombres, sin tamices. Crónica de uno de los crímenes que más peso ejercieron en la alta sociedad capitalina y nacional; y que llegó a constituir un gran ejemplo del reportaje policiaco moderno.

También, quizá nadie –que no fuera Leñero–, hubiera logrado dar ese toque de picaresca realista, a la partidera general de madres en la que se vio involucrado luego de adherirse al grupo de  dignos apestados que al no doblegarse al régimen echeverrista, fueron artífices de un nuevo concepto periodístico opositor por excelencia al periodismo oficial. Grupo integrado por Julio Scherer García; el pinche güerito tartamudo de Samuel del Villar; Miguel Ángel Granados Chapa, el barbudo intelectual; y el pinche don Quijote, Vicente Leñero. Fueron ellos entre otros, los así adjetivados (según decir de Ricardo Garibay), por el periodista amartelado del poder, Fausto Zapata Loredo –luego defenestrado gobernante potosino–.

Y sí, sólo un Quijote del periodismo pudo sumarse a tal empresa y continuar combatiendo contra los molinos gubernamentales con la pluma como lanza. Sólo un Quijote de las letras, pudo conservar la costumbre de redactar y corregir sus textos a mano, en un mundo donde sólo regía ya el electrónico ordenador. Sólo un Quijote de la vida, pudo enfrentar con cigarro en mano y labios, el enfisema que desde hace años lo atacaba. Sólo un Quijote de las ideas y los principios, pudo pronunciar un discurso recriminatorio frente al presidente que ha encarnado la antítesis cultural por excelencia, Vicente Fox. Sólo un Quijote de la palabra, pese a su irreverencia, pudo ser llamado a ocupar un sitial en la Academia Mexicana de la Lengua.

Más allá del vacío que Leñero dejará en esos campos, su ausencia constituirá el desmoronamiento emocional de quienes junto a él fueron artífices de nuevos conceptos en un entorno en el que impera[ba] el soborno permanente al periodista; un entorno que sigue permeado por la obediencia al oficialismo y que difícilmente contravendrá a los designios dictados desde las más altas esferas políticas. Un entorno que día a día se corrompe más y que lejos de acercarnos a un México de realidades, de carne y sangre, se empeña en mostrarnos un México irreal que no corresponde al que habitamos.

Faltan, porque hoy se agotan, personajes de las calidades humana, periodística y literaria de Vicente Leñero; albañil de un periodismo que ya no se estila.

#RescatemosPuebla151