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Los políticos, mudos por más que hablen

Ignacio Betancourt

E l secretario de la Defensa Nacional declaró a voz en cuello, a todo pulmón, a gran volumen, casi a grito pelado, como para que lo escucharan hasta las piedras (podríase decir que con ánimo de convencer a alguien), pidió, requirió, solicitó, demandó, reclamó a los mexicanos impedir que los delincuentes se “mezclen con nosotros” y denunciarlos. No deja de resultar extraña tanta vehemencia para esquematismo tan deplorable ¿Quién con un mínimo de sentido común se atrevería a separar en un país como el México de hoy a aquellos “los malos” y a nosotros “los buenos”? ¿Quién lo dice y desde dónde lo dice?

El general Salvador Cienfuegos (vaya nombre y apellido para un militar) solicita, demanda y exige a la población (que debería ser protegida por los militares) denunciar a los malos: “desterrémoslos, y con ellos a la ilegalidad, la irresponsabilidad, la corrupción y la impunidad que los cobija.” ¿De quienes habla? ¿Del actual gobierno o de sus delincuenciales socios? ¿Podría alguien con un mínimo de sensatez establecer tamaña división? A ninguna jerarquía de ningún poder puede creérsele algo, en el siglo XXI su desgaste es irreversible, ya aquello de que quien tiene más saliva traga más pinole no se lo cree ningún mortal en ningún municipio del país.

Quienes suponen que con palabras se pueden resolver los trágicos problemas del terruño patrio sólo se instauran en la más plena de las esquizofrenias. Dijo el pasado 5 de mayo el secretario de la Sedena: Todo criminal que ha pretendido dañar a la sociedad con actos ruines, desafiando la fortaleza del Estado mexicano, ha sido aprehendido y nulificado por las fuerzas del orden; ha sido puesto a disposición de las autoridades y ese será su destino y también el de sus cómplices. Lo único cierto es que el país se militariza y la delincuencia se fortalece. Los narcogobiernos siempre han requerido de cadáveres, unos para decir que actúan, otros, para incrementar el terror. Para los actuales capos que hoy deciden en todas las instancias, la población sólo pareciera ser el indispensable conjunto de potenciales cadáveres que empresarios y gobernantes necesitan para continuar funcionando, sin embargo y pese a todo, seremos los ciudadanos de a pie quienes habremos de decidir quiénes resultan prescindibles.

Si de verdad se creyera en la palabra lo primero que debería hacerse es respetarla y dotarla de contenidos palpables, pero cuando políticos y empresarios mienten con tanta convicción se aniquila la palabra para cualquier posibilidad de cambio. Cuando los mentirosos mienten no crean nuevas verdades, simplemente mienten y por más que intenten convencerse a sí mismos de su “veracidad” nada más logran multiplicar la confusión y el caos, estos sí, realidades indispensables para la continuidad del despojo y el asesinato promovido desde las más altas instancias del cinismo.

Si la realidad fuese lo que los políticos en campaña acostumbran vociferar en su verbal diarrea estaríamos habitando el paraíso, sin embargo, oh decepción, ellos sólo hablan del cielo desde el infierno que han creado. La magia de las palabras (que aún preservan algunas comunidades indígenas) sólo ocurre cuando se les considera compromiso y como tal se les honra; ser político en el México de hoy equivale a estar mudos por más que hablen, la demagogia rebasó lo paradójico para instalarse en el ridículo. A quien primero miente el mentiroso es a sí mismo.

Hace algunos días, por alguna calle de la capital potosina circulaba una lujosa camioneta, con tres grandes perros de distinguida raza en la parte trasera del vehículo, los feroces chuchos ladraban y gruñían a todo lo que se movía y se comportaban como si las calles de la ciudad fueran el patio de sus casas (blancas). De pronto caí en la cuenta de que aquellos canes se comportaban como algunos seres de saco y corbata, sí, se parecían a Gutiérrez Candiani y similares. Aún no logro desentrañar si la canina anécdota fue una lúcida metáfora de la cotidianeidad o sólo una inoportuna muestra de humor negro.

Y retomando el asunto de la Secretaría de Cultura en su relación con el Colectivo de Colectivos, que desde hace medio año ocupa y da vida al Centro Cultural Mariano Jiménez (pese a los turbios ataques de Juan Carlos Díaz Medrano), la próxima semana continúan las reuniones de la llamada Comisión Mixta, ahora se trata de formalizar la nueva circunstancia administrativa que por primera vez incluye ciudadanos que hoy coordinan y sostienen tal instancia sin ser empleados de la Secult.

En cuanto a los abusos que discreta y muellemente acontecen en El Colegio de San Luis, como el que las autoridades del mismo intentan realizar en perjuicio de quien esto escribe (laboro ahí desde hace 18 años), sólo diré que está por cumplirse un mes desde que presenté mi denuncia en el Órgano Interno de Control en dicha institución, sin que hasta la fecha se haya realizado la reunión en que autoridades y agredido puedan dialogar. ¿Intentarán, como es tradición vernácula en tal sitio, sepultar en el olvido los malos procederes? Quienes sigan las peripecias de la presente historieta pronto lo sabrán.

Ahora el fragmento de un texto escrito en el año 1622 por el madrileño Francisco de Quevedo (1580-1645), lo refiero casi quinientos años luego de que fue escrito porque percibo resonancias con el actual tiempo mexicano, la obra se titula El sueño de la muerte: (…) Estuve mirando el infierno con atención, y me pareció notable cosa./ Díjome la muerte: -¿Qué miras?/ –Miro –respondí- al Infierno, y me parece que le he visto otras veces./ -¿Dónde? –Preguntó./ -¿Dónde? –dije-. En la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las lenguas de los maldicientes, en las malas intenciones, en las venganzas, en el apetito de los lujuriosos, en la vanidad de los príncipes. Y donde cabe el Infierno todo, sin que se pierda gota es en la hipocrecía de los engañosos de las virtudes, que hacen logro del ayuno y de oír misas. Y lo que más he estimado es haber visto el Juicio, porque hasta ahora he vivido engañado y ahora veo el Juicio como es. Echo de ver que el que hay en el mundo no es Juicio ni hay hombre de Juicio, y que hay muy poco Juicio en el mundo.