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25 junio, 2015

Los que nos gobiernan; ingobernabilidad familiar

Óscar G. Chávez

E n su columna de ayer Jaime Nava Noriega realiza una puntual crítica a los hijos de funcionarios públicos que se han visto involucrados en acontecimientos violentos en los últimos días; no obstante que el columnista hace alusión a los sucesos ocurridos el pasado fin de semana en el municipio de Rioverde, la situación merece mayor atención de la que amerita un limitado espacio de opinión periodística.

En el mismo sentido la diputada priísta Rosa María Huerta, cuestionaba el proceder de estos jóvenes, al tiempo que ponderaba la rectitud de los padres frente a la inquietud común de los jóvenes. Ella misma realizando una precautoria curación en salud personal, argumentaba el ser consciente que sus hijos no son unos santos, sino inquietos como cualquiera.

El fondo elemental es otro y debe ser señalado dentro de su realidad: ingobernabilidad familiar, ausencia de la figura paterna, prepotencia juvenil, y permisividad y servilismo de las autoridades encargadas de sancionar este tipo de acciones.

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En reiteradas ocasiones la prensa potosina ha publicado notas referentes a los desmanes en los que hijos de funcionarios son los generadores y actores directos de los mismos. Noticias que de no ser matizadas o no publicadas, dan cuenta de cómo se conducen estos personajes y cómo es el actuar de los policías y jueces que llevan estos casos.

Los dichos de la diputada Huerta aunque no son carentes de lógica, hacen evidente un total distanciamiento de la realidad al tiempo que muestran solidaridad con la ausente labor de paternidad de los funcionarios. Solidaridad gremial.

Pertinente es puntualizar que en la medida que los hijos se saben impunes por la jerarquía gubernamental de sus padres, es en la medida que atentan contra los límites de civilidad y cordura que observaría cualquier hijo de ciudadanos ordinarios. Entendamos por esto último a aquellos que llevan un modo de vida dentro de los parámetros comunes.

Otra de las causas de estas actitudes recurrentes es en gran medida derivada de los aparatos de seguridad que están encargados de su custodia, al grado de volverlos prácticamente intocables, no sólo para los ciudadanos a los que afrenten, sino entre los mismos grupos que frecuentan, e incluso frente a los cuerpos policiacos encargados del orden público.

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Este tipo de conductas no sólo son propias del entorno local; recordemos los frecuentes dislates verbales o conductuales que han puesto en la mira a los hijos de la heterogénea y disfuncional reconstituida familia presidencial. Personajes insensibles que no hacen otra cosa que evidenciar su ausencia total de la realidad social del país, frente a la ausencia, complacencia, y desapego de los padres. Imperturbables sociópatas en su máximo nivel.

Los hijos de políticos y funcionarios que observan este tipo de conductas arbitrarias, no son casos aislados, pululan cada vez con mayor fuerza entre nosotros. Educados en entornos en los que la figura paterna manifiesta prolongadas ausencias, pero que en compensación les permite todo tipo de conductas caprichosas y prepotentes, por desmedidas que estas sean, les garantizan también canonjías de impunidad y desvanecimiento frente a las normas que infringen.

Sabedores del poder operativo de sus padres, rebasan cualquier parámetro social que les obstaculice su lucimiento personal frente a la sociedad de la que forman parte, y a la que nunca se integrarán de las formas que alguien fuera de su contexto familiar y social lo haría.

A esto deben agregarse la complicidad, por servilismo, coerción, o miedo, que les manifiestan funcionarios y medios de comunicación que no dudan en solapar o desaparecer todo tipo de tropelías cometidas dentro de la cauda de conductas ilícitas que forman parte de su actuar cotidiano.

En este sentido no es exagerado señalar que resulta mucho más complicado enfrentarse dentro de los parámetros de la ley a los hijos de algún funcionario gubernamental que a los de industriales, empresarios y millonarios. No generalizo, absurdo por exagerado e irreal sería el catalogar a todos con el mismo rasero. Existen bastantes excepciones meritorias.

Mientras estos han sido criados y educados dentro de hogares en los que el dinero y los patrones conductuales les son inherentes, aquellos observan este tipo de conductas a partir de la escala política de sus padres, quienes de manera paralela experimentan síndromes de asfixia social y ensimismamiento. Reprobables en ambos casos, pero más alarmante en definitiva, el segundo de ellos por incrementar de manera notable.

De considerar como de manera tradicional se ha señalado, a la familia como estructura angular de cualquier sociedad, estaremos de acuerdo que nuestro entorno inmediato enfrenta un preocupante y progresivo problema, si nos gobiernan aquellos que no tienen capacidad para hacerlo en sus hogares, preguntémonos cuáles serán los derroteros que observan para gobernarnos. Incapacidad manifiesta.