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Los tiempos que vendrán: comics, reflexiones y oscuridad

Chessil Dohvehnain

Los comics y novelas gráficas occidentales no son más que un formato diferente, similar a los libros, películas y sus derivados, de una práctica humana tan antigua como nosotras y nosotros mismos: el contar historias.

Nos contamos historias por muchas razones: para reír, para llorar, para recordar cómo deberíamos actuar, o para tomar en cuenta aquello que deberíamos cambiar. Nos contamos historias en diferentes formatos, materiales o no, como parte de un ritual cotidiano que, quizá, nunca deje de existir mientras estemos aquí.

Pero un aspecto curioso de los comics y las novelas gráficas es que han llevado a los modernos arquetipos occidentales de lo moralmente aceptable a límites más allá del simple entretenimiento o venta de ganancias (no siempre, por supuesto), para presentarnos osadas alegorías y metáforas de nuestra decadencia humana y social.

Pero cierto es que muchas de las veces los panoramas presentados en los comics y novelas gráficas, son muy desoladores; panoramas donde las metáforas sobre nuestro presente y futuro no están muy alejadas de lo que estamos viviendo.

Las premisas de siempre

El abuso desmedido del poder, las amenazas tecnológicas, la indiferencia social, o el oportunismo político son premisas bastante socorridas en los últimos años que las nuevas generaciones compramos, quizá claro, como mero entretenimiento. Historias que muestran héroes icónicos en decadencia, o donde las alternativas más violentas y agresivas se vuelven la mejor opción para “salvar el mundo”.

Es curioso que la premisa “de los males el menor” sea una que incluso el cine de ficción y de superhéroes esté tomando como vía para explorar los límites morales y éticos de nuestras construcciones narrativas sobre el heroísmo y la moralidad.

Pero resulta aún más contrastante cuando reflexionamos en torno a la realidad de la hidra capitalista en que vivimos, occidentales o no, en la que vemos que la democracia ha fallado casi en todos lados, para dar pie al miedo como primer causal de movimientos globales, políticos, sociales, intelectuales y tecnológicos, que prometen convertir el futuro reciente de la especie en algo muy oscuro.

Cuando leí Marvel 1602 de Neil Gaiman, me sorprendió una de las premisas usadas por el famoso escritor, para proponer a un héroe legendario reacio a volver a su futuro. Uno en el que los héroes habían sido cazados y asesinados por parte de un gobierno totalitario empeñado en aniquilar todo rastro de esperanza más allá de la promovida fidelidad a las instituciones.

O incluso Avengers vs X Men, donde gracias al regreso de una fuerza natural cósmica, la élite de los pocos mutantes sobre la tierra comienza a moldear el mundo con dicho poder, creando fuentes de energía renovables ilimitadas gratuitas, o resolviendo conflictos étnicos y políticos por la fuerza amenazando a los líderes de la ONU con la promesa de que el futuro de mutantes y humanos, recae en los hombros del privilegio celestial dado a los X Men.

Comics abajo, la vista hacia fuera

Como podrás imaginar querido lector o lectora, no suenan a historias muy alejadas de lo que actualmente vivimos. “¿Tiempos oscuros? ¡Claro que no!”, podrías objetar. Alguien más quizá diría que “tenemos inteligencia artificial naciente, redes sociales, un despertar de conciencia cada vez más grande, y voluntad política incipiente. No todas ni todos son malos”. Y ese alguien podría tener razón.

La cosa es que, como dijera una amiga activista en su perfil de Facebook hace poco cuando recién dejamos que aprobaran la Ley de Seguridad Interior, “nos la están metiendo bien duro” a pesar de todo eso. No importa lo maravilloso que sean los avances científicos. La ciencia no es políticamente neutra y Stephen Hawking lo sabe. No por nada ha declarado que, si no extremamos precauciones o fijamos límites, la inteligencia artificial acabará con nosotros.

Un Ultron marveliano podría alzarse, quizá disfrazado de una Sophia recién aceptada como ciudadana saudí y que “goza” de mayores libertades civiles que una mujer humana cualquiera. O quizá no.

Tampoco las redes sociales son ni neutras ni del todo ventajosas. Las nuevas leyes estadunidenses que pretenden menoscabar la aparente neutralidad de internet, han iniciado un conflicto tecnológico que apenas podemos ver. La revisión de nuestra vida online debiera ser una prioridad, así como la adquisición de conocimientos básicos de defensa y protección informática a la luz de las nuevas restricciones orwelianas que se nos impondrán.

Los despertares de conciencia no son una dimensión muy convincente del todo. Si bien los últimos años hemos visto el uso de las nuevas tecnologías al servicio de causas sociales vastas y variadas, su aplicación en el terreno político es ambigua. La exposición de la corrupción, la violación de los derechos humanos o la violencia de género en lugares que quizá gozaban de cierta inmunidad (como Hollywood o el mundo de la ciencia) no ha sido del todo transformativa. Al menos no en nuestro país.

La integridad vital de nadie está garantizada. Hay manos humanas (quizá todavía) detrás de todas las políticas y tecnologías enfocadas en la seguridad social en amplio sentido, y por tanto intereses. Y con la amenaza de una nueva era de gobiernos neofascistas y totalitarios que promueven el aislacionismo político-económico, las fobias étnicas y de clase, así como las altas inversiones en armamento y seguridad interior, no auguran promesas de bienestar y paz a corto plazo.

Los movimientos religiosos ultraconservadores, hoy más que evidente que en nuestro país se muestran favorables a los poderes del PRI y sus alianzas, quizá muestren un retroceso en su trabajo de apertura social progresista a las nuevas tecnologías y los problemas de género, identidad y diversidad sexual, que tanto esfuerzo les ha costado comprender. Una situación triste ya que las religiones oficiales aún pueden ser herramientas de apoyo para el inicio de luchas sociales a gran escala en los terrenos políticos, económicos y científicos prioritarios.

Y qué decir del involucramiento de la sociedad civil en el mundo político. Las formas independientes de competir en una carrera siempre desigual por el poder, han mostrado sus contradicciones y quizá, algunas virtudes. Pero viéndolo desde una perspectiva mayor, los asesinatos de representantes políticos como diputados, militantes y ex presidentes municipales en distintas regiones del país en estos días nos da un guiño de lo que serán las elecciones.

Un proceso marcado por la violencia desmedida que tenía mucho tiempo sin hacerse tan público y visible en este contexto, y que promete sembrar el miedo, el odio y la inseguridad en las mentes de millones de votantes.

¿Pero qué clase de odio y miedo? ¿Más odio hacia la clase política que busque legitimar colectivamente las violencias que ellas y ellos sufren como una especie de retribución por no servir ni escuchar a su pueblo? ¿O se tratará de un miedo adyacente también, que devenga en un pesimismo que apagará la chispa que pueda encender un fuego en la sociedad que la incite a organizarse, a levantarse y a votar? No lo sé.

Los tiempos que vendrán

Las opiniones de mi director de tesis radicado en Dinamarca, sobre lo que pasa aquí, su país también, son sombrías. Para él se vienen días de mayor represión. Una que no se ve desde hace décadas, que puede culminar en sangre y en golpes de Estado, o en la instauración de nuevas formas de gobierno basadas en la promulgación del miedo y la unidad.

Y no dista mucho de la opinión que un amable taxista me dijo el 1 de enero. Él se mostraba convencido de que las votaciones de nada servirían. Quizá habría un proceso más vigilado donde la ciudadanía se muestre políticamente más activa. Pero, para él, al final el resultado sería el mismo, gane quien gane. La violencia armada desde abajo es la opción para él.

Aunque claro, están los que aún pugnan por las batallas por ocupar los puestos de poder desde la ciudadanía. Propuestas loables y viables de retomar el poder que proyectos como Ganemos o Wikipolítica aquí en San Luis, impulsan bajo las premisas de que esa es la única estrategia altamente favorable en su búsqueda por el poder, además de la constante organización civil, barrial, y obrera que las y los líderes juveniles activistas en la capital proponen desde sus diversas plataformas.

Sin embargo, recuerdo las palabras que Luis Felipe Bate, arqueólogo marxista exiliado de Chile y refugiado político de nuestro país, dijo en una conferencia en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades hace un par de años: “nunca un grupo de hombres y mujeres, proletarios o no, se juntaron y teorizaron sobre el capital, las fuerzas productivas, etcétera, y luego dijeron ¡salgamos a las calles a hacer la revolución! La realidad no es así.”

Por supuesto, al igual que en las ciencias naturales, la teoría es útil incluso para pelear por lo que consideramos mejor para el mundo y nuestras y nuestros congéneres. Pero es curioso también notar que, desde que nos contamos historias como especie, más allá de los mitos, hay muchas versiones en las que siempre ocurren situaciones como las que estamos viviendo. Tiempos de calma, y tiempos de violencia. Muerte, sangre y fuego, que dan cabida a nuevas formas de organización social en el más amplio sentido.

La búsqueda por el poder, al menos desde que existe el Estado (arqueológica e históricamente hablando), ha sido una sucesión de experiencias fundamentales en cuanto a la transformación de las relaciones sociales de producción, de las estrategias de alianza y ataque político, de los crímenes y las violencias, así como de los descontentos sociales. Al menos así parece desde que hay ricos y pobres, verdugos y sacrificados.

Sin embargo, ello no significa que no hay esperanza. Las variables quizá parezcan ser las mismas, pero la cultura cambia, es transformativa, y el ser humano es, quizá, perfectible. Y para recordarnos eso entre muchas otras cosas es que, conscientes o no de ello como especie, nos contamos historias.

Preacher de Garth Ennis y Steve Dilon (mucho mejor la novela gráfica que la serie), nos recuerda lo fútil que sería volvernos a la religión organizada y sus promesas ante nuestra opresión, en tanto que los X Men y sus relatos, nos alientan a buscar la unión en la diferencia y la fuerza para actuar a pesar de la marginación, el rechazo o la discriminación que vivimos a causa de nuestra edad, género, identidad, sexualidad, color de piel y opiniones políticas.

Pero si no somos cautos, incluso trabajos como Daytripper de Gabrie Bá y Fabio Moon, o Y The Last Men de Brian Vaughan y Pia Guerra, nos muestran el camino del peligro de la idealización banal de nuestros sueños libertarios en un mundo lleno de organizaciones, políticos, activistas y civiles que no temen matar para perpetuar sistemas de dominación o salvaguardar sus propios intereses.

Incluso el Capitán América ha traicionado a los Vengadores y a la democracia, y facilitado el ascenso del totalitarismo en Secret Empire, de Nick Spencer. Por ello es que, más que nunca, deberíamos observar, analizar y dudar críticamente de todas las palabras, acciones y propuestas de aquellos que buscan puestos de poder, que se muestren como héroes o heroínas a nivel nacional, y local, sean de la plataforma que sea, así como de las alianzas que nos muestran. Ellas y ellos juegan el juego del poder, y lo hacen así porque esas son las reglas del juego. Es inevitable para ellas y ellos.

¿Pero quién sabe, querida lectora o lector? Nunca podemos saber quién de todas y todos, del PRI, del PAN, de Morena, o de Wikipolítica, o de Ganemos, el Bronco, Meade, Marichuy, Anaya, etcétera, pueda ser un sirviente fiel de Hydra, o del Rey Carmesí, queriendo ocultar bajo spots, publicaciones intelectuales o personales de Facebook o Twitter, sus verdaderas intenciones por ver la Torre Oscura derribada, y de paso a todas y todos nosotros muertos, o de rodillas bajo sus pies.

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