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Luke y la mística

María del Pilar Torres Anguiano

Incurriría en una imperdonable falta al código de ética del fan si no comenzara diciendo que las líneas de hoy son unas breves reflexiones sobre algunos temas del episodio VIII de Star Wars. Así que Spoiler alert, que le llaman.

La madrugada del jueves, el cine era un carnaval. Creo que yo era la única no disfrazada y además llevaba encima la gripa más grande del mundo. Pero iba ansiosa. Acababa de ver la película de Star Wars más osada y extraña de todas. En el mundo de la red encuentro las opiniones más variadas y contrapuestas. Para empezar, la narrativa de este episodio es considerablemente más lenta que el de todos los anteriores (lo cual no necesariamente es malo), no solo por las numerosas historias que confluyen, por el asedio al que está sometida la Resistencia por parte del lado oscuro, representado por la Primera Orden, sino por el detenimiento con el que en esta ocasión –por fin– se aborda el tema de la fuerza (en las anteriores, ambiguo y sin chiste). La película está caracterizada por la aparición de un nuevo sello, que en las otras únicamente se mencionaba o se dejaba implícito: el misticismo.

La palabra mística proviene de un término griego que significa encerrado, o bien, misterioso. Se refiere a una experiencia de alcanzar el máximo grado de unión del alma con lo sagrado. La búsqueda de esta experiencia está presente en las principales religiones monoteístas, así como en algunas politeístas y en filosofías que buscan identificar un máximo grado de perfección y conocimiento.

Luke Skywalker, el antiguo héroe, ahora aparece convertido en un ermitaño, asceta y cascarrabias, lidiando con la amargura de no haber sabido guiar a su pupilo, el hijo de Han y Leia, por los caminos de la fuerza. Atormentado, afirma que los maestros también son, un poco, aquello en lo que sus alumnos se convierten. En su crisis, se percata de que la fuerza es algo que va mucho más allá de la orden Jedi, no es exclusiva de ellos y plantea que su arrogancia fue la que los tiene al punto de la extinción. Por ello, busca el desapego, intentando terminar con una estructura vieja para que la fuerza siga adelante. Lucha consigo mismo. Yoda le dice que no hay mayor aprendizaje que la experiencia y el fracaso y que eso no está en ningún texto, mientras reduce a cenizas los símbolos de la orden. Por cierto, todos los personajes terminan en un lugar mejor del que empezaron, porque el fracaso al que se enfrentaron por separado los llevará a ser mejores personas. Rey fracasa en su intento de convencer a Kylo; éste, fracasa en su intento de llevar a Rey al lado oscuro; Leia se enfrenta al casi inminente fracaso de la resistencia que ha encabezado, para entender al final que se trataba más bien de un renacimiento.

La mística Jedi es asceta, y en esta ocasión hace hincapié en el desprendimiento. Recordemos que ascetismo es un ejercicio mediante el cual el espíritu humano busca la perfección. A la mística solo pueden acceder algunos mediante un tipo de experiencias de plenitud, conocimiento y comunión con el absoluto. En palabras de Simone Weill, a veces hay que negarse a sí mismo para buscar la verdad.

Uno de los aspectos que simbolizan a toda la saga de Star Wars tiene que ver con la espiritualidad, con el sentido trascendente de la vida; encontramos conexiones con tradiciones religiosas orientales, pero todo ello abordado –hasta ahora– de una manera más bien superficial y confusa.

Lo que acontece es una lucha entre la luz y la oscuridad; no es simplemente una batalla entre el bien y el mal. Lo que llamamos bien y mal se encuentra englobado en las tradiciones antiguas en un concepto más amplio, que todo lo abarca y todo lo contiene: es la luz que llega a todas partes, pero en diferentes grados. El mal es solo ausencia del bien, tal como el pensamiento clásico de Aristóteles y Platón sugería. Esta lucha se visualiza en las espadas de luz. La fuente de energía es una sola luz, y la sombra que genera es el lado oscuro. Así, la lucha de Rey y Kylo, más que ser la del bien contra el mal, es la de luz y la oscuridad, buscando cada una abrirse paso. En esa lucha se rompe la muy apreciada espada de Anakin, cuando Kylo y Rey peleaban por ella. La espada de un guerrero, según la iconografía medieval, simboliza tres cosas: fortaleza, justicia y espíritu. Siguiendo con la lógica del desapego, pienso que tal vez se rompió porque Rey ahora debe construir su propio sable. Aún así, los fans en el cine casi lloran, y alguien al lado mío literalmente gritó.

Luke –cuyo papel en esta entrega me recuerda un poco a los místicos medievales tipo Maester Eckhart– se hace uno con la fuerza. Termina su vida corporal al alcanzar el punto máximo de sabiduría. Su capa cae al suelo y él desaparece. Morir sin dejar cuerpo es una posibilidad admitida por el budismo tibetano; en la cultura del Tíbet, no dejar cuerpo material, indica un elevadísmo nivel moral y mental. Otras concepciones religiosas antiguas, de las cuales se nutre la tradición cristiana, presentan a un maestro que asciende a los cielos, desapareciendo el cuerpo físico de la vista de los seres ordinarios.

A partir de ahí, Luke y Rey seguramente se comunicarán mentalmente, reforzando su vínculo. Un Jedi consigue percibir que el mundo es una ilusión, percibe a la Fuerza y por eso sus poderes son la manifestación de que las leyes físicas de un mundo ilusorio pueden ser superadas. Por ello tiene sentido su telequinesis, su telepatía y sus visiones del pasado y el futuro, inclusive, su capacidad de leer y manipular la mente de algunos; y también la habilidad con el sable de luz, el arte del combate, frente a las armas burdas.

Los amantes de esta saga seguramente saldrán con una sensación extraña, porque no es una película fácil de digerir, menos si no se está al tanto de lo ocurrido en las anteriores. La gracia de esta es que muchas veces lo que parece no es y la lección de fondo es que, en ocasiones, para avanzar hay que saber desprenderse.

Un gran maestro muere en meditación y de modo consciente para dirigir el proceso mental, determinando así un renacimiento a voluntad. En Tíbet se dice que el gran triunfo sobre la vida es el modo en que uno muere. La voluntad es fundamental en este tema. A diferencia del lado oscuro, el Jedi elige, desarrolla su voluntad, acepta su condicionamiento y busca trascenderlo; el lado escuro, en cambio, se sabe predestinado y apuesta a lograr que el débil individuo se someta y cumpla con un destino manifiesto. Para el lado oscuro, no hay más allá. Anakin buscaba evitar la muerte; Luke al igual que sus maestros, logra trascenderla.

Star Wars es una fiebre que me contagia cada determinado tiempo. Se deja uno llevar y es realmente divertido. Supongo que, en unas semanas, yo y muchos otros continuaremos nuestras vidas, buscando la verdad y el sentido (como Luke) en el mundo “real”; cada quien a su modo.

@vasconceliana