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Mansión en la soledad

Óscar G. Chávez

A Carla E. Urena por su perspectiva 360,
que en realidad y por lógica debería ser 180.

E l 27 de noviembre de 1781 fallecía en su hacienda de San Miguel Regla, Pedro Romero de Terreros Ochoa y Castilla primer conde de Regla, quien al momento de su muerte era el hombre más rico de la Nueva España. Su fortuna, que hoy parecería rayar más en el horizonte de lo fantástico que en la realidad, había sido iniciada mediante la actividad agrícola-comercial en los intereses de su tío Juan Vázquez de Terreros, en la ciudad de Querétaro y posteriormente incrementada por la explotación minera de una gran cantidad de vetas de su propiedad en los distritos mineros de Pachuca y Real del Monte.

No obstante los trabajos historiográficos existentes sobre la vida del personaje, entre los que destacan los de Luis Chávez Orozco, Miguel O. de Mendizábal, y R. W. Randall, pareciera que la construcción de los mitos existentes en torno a su persona, se deben a los escritos de su descendiente Manuel Romero de Terreros y Vinet (1880-1968), marqués de San Francisco, miembro de las academias de la Lengua y de la Historia, en México; de la madrileña de las Tres Nobles Artes de San Fernando; e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Don Manuel, en su obra de 1943, El conde de Regla creso de la Nueva España, proporciona una gran cantidad de datos que pueden darnos idea -con las reservas necesarias- de la riqueza alcanzada por el también fundador, en 1775, del Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas, antecedente del actual Nacional Monte de Piedad.

En el referido libro, abultado por la devoción al antepasado, se dedica un capítulo a describir las propiedades con las que contaba el empresario minero, haciendo énfasis en la casa de plata en la Ciudad de México, y los enormes latifundios existentes en los actuales estados de Colima, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, México, Michoacán, y Querétaro. El valor que sus propiedades alcanzaba en 1782, era de $ 5´000,000.

El mismo Humboldt en su Ensayo Político, le atribuye el haber logrado extraer más de cinco millones de pesos, sólo de la veta de la Vizcaína; sostener a la corona española mediante préstamos jamás reembolsados y que llegaron a rebasar el millón, y obsequiar a Carlos III dos buques de Guerra. Lo cierto es que su fortuna al momento de su muerte, era superior a la del conde de Valenciana.

A pesar de la riqueza y celebridad acumuladas a los largo de su vida, los últimos años del conde de Regla -a quien se otorgó el título a fines de 1768- transcurrieron en medio del total retiro del mundo que le era inherente; murió en el total apartamiento y dispuso ser sepultado en el convento franciscano de Pachuca.

Punto central y determinante de ese alejamiento mundano que impuso para sí el conde de Regla, fue el largo litigio sostenido con los trabajadores de sus minas de Real del Monte y que había iniciado en julio de 1766 y que se prolongó por cerca de diez años, ocasionando una fuerte lesión a la economía novohispana. El hecho que generó el movimiento laboral considerado por algunos estudiosos la primer huelga en América Latina, fue el endurecimiento establecido en materia de pagos y salarios por el propietario de las minas.

Los operarios de las minas señalaban la tiránica disposición de reducir el pago por partido -que permitía al trabajador disponer libremente de una cantidad de metal, igual en peso y en ley a la entregada al dueño de las minas. Luego de haber sostenido una entrevista trabajadores y propietario en el interior de la mina de Santa Teresa, el 14 de agosto, se llegó a un aparente acuerdo, mediante el cual se accedió a las peticiones de los trabajadores; sin embargo al día siguiente estalló un motín en el que llegó a poner en peligro la vida del conde y que sólo fue apaciguado luego de que el párroco del lugar expusiese al divinísimo.

El asunto de las minas se prolongó no obstante las intervenciones del perito en minas y jurista Francisco Javier Gamboa y del visitador real José de Gálvez; sin embargo luego de ligeras reformas a la cuestión minera que posibilitó la creación de las Ordenanzas de Minería, las minas fueron reabiertas en 1775.

Nueve años antes, al iniciar los conflictos y sentirse lesionado hondamente por la bárbara insolencia de sus operarios que pretendieron hacerle víctima de sus injustas pretensiones, el conde sentenció el cierre permanente de sus minas y adoptó como forma de vida el salmo 54: elongavi fugiens et mansi in solitudine (me alejé huyendo e hice mansión en la soledad).

El análisis conceptual del término, que no necesariamente es un aislamiento o alejamiento total de lo existente en nuestro entorno, implicaría un reencuentro del individuo que la practica; en la medida que solo se es uno mismo, nos adecuamos a la premisa que nadie puede ocupar nuestro lugar. Se nace solo, y de la misma manera se vive y se muere; Rilke señalará que nuestra soledad llevará implícito nuestro auto acercamiento, nuestra propia proximidad; el reencuentro.

La soledad o el ansiado reencuentro a partir de ella, se dará en diferentes sentidos y dentro de diversas constantes. La soledad -señala Modesto Suárez, doctor en Ciencias Sociales- ha estado unida siempre al hombre de acción. La soledad es para el hombre o la mujer públicos el reducto último, la instancia final en donde se ven ellos mismos tal y como son, con sus cualidades y defectos.

Si transitáramos en el campo de la política y volteáramos la vista aquellos personajes que han destacado por llevar a cuestas una responsabilidad en materia de directrices organizacionales, es evidente que pese a encontrarse rodeados de una serie de colaboradores, en apariencia especialistas en cada uno de las áreas de su competencia, observaremos que al llegar a la conclusión de sus encomiendas, la soledad será una constante.

La renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas al Partido de la Revolución Democrática, organismo político que él fundara a fines de la década de los ochenta, es una muestra de la necesidad que se experimenta en algún momento de recuperar la libertad perdida, luego de haber sido la figura en torno a la cual giró un partido por cerca de veinte años.

Los avatares a los que se enfrenta en la actualidad la nación mexicana, incorporaron a la cauda de actores directos al ingeniero Cárdenas; no es gratuito que un fuerte sector de la población le mostrara su repudio al intentar participar en la primera marcha efectuada en solidadaridad con los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos de la normal de Ayotzinapa. En primera instancia debemos considerar que el artífice material de la desaparición de los estudiantes, fue un presidente municipal emanado del partido que él engendró; ciertamente implicaría adecuarnos a una maniquea visión de los hechos, sin embargo en el imaginario colectivo, el referente sobre el cual descansa gran parte de la responsabilidad, es indiscutiblemente la figura más representativa de ese partido.

Si se habla del PRD, la figura de Cuauhtémoc Cárdenas estará indisolublemente ligada a él. En este sentido es evidente que no podrá -bajo ninguna circunstancia, y a pesar de su reciente renuncia- marcar una distancia total con esa institución que hoy atraviesa la peor crisis de su historia, y que si bien, antes se vio inmersa en otras al proyectarse como una caja de cultivo de corrupción y decadencia en la que grotescos escándalos estuvieron a la orden del día; hoy se encuentra empapado en la juvenil sangre de normalistas rurales. El amarillo se ha tornado rojo.

La icónica figura de Cárdenas, como líder moral del PRD, dejó de serlo; pudiéramos considerar que hasta hace algún tiempo era considerado el último referente de un proceso democratizador dentro de la estructura política mexicana, sin embargo hoy esa figura ha caído estrepitosamente y su derrumbe representó un parteaguas dentro de las misma crisis política que hoy se desarrolla. El desconocimiento y repudio a los símbolos que representan los elementos autoritarios o represores que hoy han agraviado a la ciudadanía.

Difícil sería analizar las emociones experimentadas por Cárdenas luego de los sangrientos hechos de Iguala y el posterior escarnio al que fue sometido. Pero es fácil comprender que el hecho en sí mismo, le hizo considerar la necesidad de escoger entre la carga moral que representaba la pertenencia a un organismo decadente y continuar siendo un ejemplo de dignidad política en un océano de estiércol. La decisión fue tomada.

Hay quienes han asegurado que la renuncia llegó tarde, pero vale considerar lo que implica en lo emocional el lograr romper todo vínculo con aquel partido que era parte intrínseca de su existencia. La renuncia que hace tres días presentó, nos muestra un luchador social emergido en origen de un partido de estado, que hoy se ve en la necesidad de volver sobre sus pasos y -como lo señala en su autobiografía- en cualquier circunstancia uno tiene que mantener sus principios.

La soledad liberadora, hoy manifestada como una necesaria catarsis existencial de Cuauhtémoc Cárdenas, quizá le permita mantener su compromiso con las posiciones avanzadas de la Revolución Mexicana [sic], con aquellas causas por las que denodadamente luchó mi padre, mi compromiso por hacer de México un país de iguales ante la vida, ante la ley, las oportunidades, el Estado y la sociedad, un país de libertades cada vez más amplias, un país generoso con sus hijos.

Así, mediante la renuncia, marca distancia de ese elemento político de corrupción, barbarie y salvajismo, en que hoy se ha transformado su creación; una creación que ha sido generosa con sus miembros más no con sus gobernados. Dice pues adiós a una etapa de su vida, y quizá pretende -como muchos otros políticos decepcionados y que en algún momento debieron su éxito a la misma estructura de la que hoy se alejan- liberarse de pesadas cargas al hacer mansión en la soledad.

#RescatemosPuebla151