El San Luis que queremos y nos merecemos
23 marzo, 2015
Por interés público proteger al periodismo
23 marzo, 2015

Me gusta tenerte como tengo a las nubes

Luis Ricardo Guerrero Romero

D ecúbito dorsal en la explanada del centro, mientras un sujeto tira una moneda, yo como de costumbre le pongo nombre y apellido a las nubes, nada detiene nombrarlas, reinventarlas, adherirlas a mi realidad, nada me detiene a ser dios.

Abandonado al actuar de la pareidolia (arraigado fenómeno sicológico que me sobrepasa)  juego como tantos a manipular nuestros sentidos, y así mientras las formas de objetos se van a las nubes, la forma de nube me llueve en los ojos.

Hay quienes sueñan alcanzar las nubes y hay quienes viven sintiéndose nubes, a los primeros les decimos: idealistas, alcancen su nube con forma de logro; a los segundos les decimos malos políticos, malos curas, malos humanos, nubes oscuras ni dan agua, ni dejan que brille el sol.

Pero las hay también en lo alto, nubes que proporcionan sombra en los tiempos estivales, avisando si tendremos un chubasco. Las nubes –recordamos de modo general–, están formadas con el enfriamiento del aire, sortean entre su cuerpo espumoso los niveles de condensación y el poder del mismo Céfiro. Pero no fue sino Luke Howard quien asignó de modo más exacto una nomenclatura para las nubes según sus cualidades y apariencias, hablando en términos meteorólogos. Las nubes es posible clasificarlas como: Cirrus, Cirrocumulus, Cirrostratus; y todavía puede agregárseles las clasificación de: Nimbostratus, Cumulus, entre otras. Hoy entendemos que la clasificación surge por la necesidad de orientación y que se emplea productivamente en la meteorología.

A nosotros sólo nos atañe divertirnos con encontrarle formas diversas para alimentar la pareidolia.

La palabra nube se registra en el griego clásico como: νεφος (nefos): nube, oscuridad o confusión. En la mitología romana es Neptuno quien está dotado de ser dios de las nubes así como de los mares, esto a causa de que un símbolo inherente a las nubes es el agua (lluvia).

En latín encontramos la palabra nube como: velo, tempestad, enjambre o multitud, nubes-is. Aunque la mayoría de las palabras del latín se castellanizan directamente del caso acusativo, es decir nubem, se suprime la /m/ y de este modo se generó nuestro sustantivo nube.

Hay nubes en muchas otras designaciones, hasta en oftalmología se habla de las nubes que empañan u obstruyen la visión en el ojo “catarata”. Y no podía faltar otro referente de la  nube en la mitología griega, según la cual, , Neféle, significa nube, este es el nombre de algunas heroínas, las Néfeles son moldeadas por Zeus a imagen de Hera y ellas son hijas del océano, es decir tienen como sustrato el agua.

En el antiguo testamento también se habla de nube, como la que subió al cielo a uno de los profetas, en otras líneas del mismo libro se representa la nube como el manto del templo, y así hay otros ejemplos como: la columna de nube indicó el camino que los peregrinos habrían de seguir; una nube acompaña a los israelitas durante el trayecto por el desierto.

Sobre los servicios informáticos de Internet denominados “la nube o nube”, no ahondamos pues es bastante conocido por muchos de nosotros hoy en día, lo que sí mencionaremos será el sentido de nube que lauda la trova en esa canción: Rabo de nube como torbellino, en la voz y guitarra del maestro Silvio Rodríguez. “Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube, un torbellino en el suelo y una gran ira que sube. Un barredor de tristezas, un aguacero en venganza que cuando escampe parezca nuestra esperanza.”

¡Rabo de nube, ven en estas próximas elecciones!

[email protected]