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Me gustas cuando callas

María del Pilar Torres Anguiano

Normalmente evito usar los elevadores, sobre todo el de la oficina, me da un poco de claustrofobia. Pero hoy se estaba haciendo realmente tarde para llegar, así es que hice una excepción. Justo cuando me alegraba de que me hubiera tocado el elevador vacío, entraron cuatro personas. Imagino que estaban tan impacientes como yo por llegar rápido. Desde el momento en que se cierran las puertas, las miradas de todos se fijan en los números de la pantalla que está arriba. Por ahí leí que, si solemos hacer esto último, no es precisamente por ansiedad, sino por evadir el contacto visual con las otras personas. El contacto visual genera silencios incómodos que todos, consciente o inconscientemente buscamos evitar.

Vivimos en la era de la sobreestimulación en donde el silencio y los espacios vacíos son prácticamente un lujo. Los maestros ahora se enfrentan a niños y jóvenes sometidos a todo tipo de estímulo sensorial; por lo cual desarrollan poca paciencia, poca tolerancia a la frustración y poca capacidad reflexiva. Los cursos de capacitación para ventas, los libros de autoayuda, los tutoriales en línea aconsejan hablar con seguridad, e inclusive improvisar cualquier comentario, con tal de no quedarse callado; de lo contrario “podrían pensar que no sabes”. Hoy todos tienen una opinión acerca de todo y por eso saturamos las redes sociales, los espacios públicos y privados con información, aunque sea dudosa, y opiniones, aunque no estén fundamentadas. (Si me permiten contradecir la lapidaria frase de negociación, creo que es mejor permanecer callada, y que los otros piensen que no sé nada, a abrir la boca y confirmárselos).

Se dice que uno es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla: tal vez el peso de esa pertenencia y ese silencio es tal, que preferimos compartirla con alguien. Podríamos decir que el problema básico que subyace en esa evasión del silencio es que no manejamos adecuadamente la soledad, las emociones, ni los espacios personales. Conozco a una persona que es muy simpática pero cuya necesidad de evitar el silencio es tal, que literalmente, habla todo el tiempo. No importa cuándo, dónde o de qué. La persona en la que estoy pensando debería haberse llamado Lara y no… como se llama. Una vez se me salió decirle así, Lara. Seguramente pensó que me confundí. Lara, la original, era una náyade; es decir, una ninfa del río. Famosa por su belleza y por su incapacidad de guardar secretos. Por tal motivo, Zeus la castigó a permanecer por siempre en silencio y la encerró en el inframundo. Al entender el silencio como castigo, este relato de la mitología griega denota muy bien que el silencio nos da miedo y por ello tendemos a evitarlo.

Estamos sobre estimulados y vivimos bajo la creencia de que todos deben tener una opinión. Nadie escucha el silencio y tenemos la necesidad de hablar aunque no tengamos nada qué decir. Así, buscamos el tuit preciso, escrito, robado o compartido. Perseguimos constantemente la tentadora idea de decir algo atractivo. Esta cadena de cubrir los silencios nos lleva a una palabra –o a una imagen– que antecederá a otra y luego a otra que nos aleja de la realidad.

La expresión horror vacui (miedo al vacío) se emplea para describir la característica de llenar todo espacio vacío en una obra de arte. Esto es característico de la estética del Barroco, del arte islámico, entre otros. Desde el punto de vista filosófico se sostenía la tesis del ‘horror vacui’, basado en la idea aristotélica de que el vacío es inexistente, tanto en la mente, como en el cosmos. Además de la filosofía y el arte, la expresión se puede ampliar a la vida cotidiana. A la necesidad de evitar el vacío del silencio.

El mundo actual vuelca su horror vacui ocupando cada espacio de la vida real y virtual. La información es tanta que no la podemos procesar conscientemente pero su contenido sigue corriendo en nuestro inconsciente. Sería bueno preguntarnos cuánto tiempo podemos pasar sin pensar en nada, mirando fijamente un árbol sin distraernos, sin aburrirnos. Cuánto tiempo podemos pasar estando callados, sin decir nada… y desde luego, sin mirar la pantalla del celular.

La filósofa María Zambrano, a propósito de la palabra y el silencio, dice: “La palabra entonces no es necesaria, pues que el sujeto se es presente a sí mismo y a quien lo percibe. Es el silencio diáfano donde se da la pura presencia”. Dice la filosofía pitagórica que el silencio es la primera piedra del templo de la filosofía. En el silencio, como sugiere Heiddegger siguiendo a los pitagóricos, se devela el ser.

¡A mí me resta ya sólo el silencio! Dice Hamlet cuando está a punto de morir, anunciando que para él en eso consiste la eternidad. Si la eternidad es silencio, entonces puede ser que también ahí resida la verdad, el ser, la belleza y esas cosas que Platón nos desengañó al mostrar que no conocemos tal como son.

Retomemos la historia de Lara, la ninfa del agua. Con el tiempo, el emperador romano Numa Pompilio inició su culto como la diosa del silencio. Convencido de que el silencio es tan necesario como la elocuencia. Para los romanos, a Lara se le conoce por el nombre de Tácita.

Es cierto, no todos los silencios deben ser rotos por uno, incluso si son incómodos. Por alguna razón, hay quien considera que es su responsabilidad romper el silencio porque así se mantienen las cosas fluyendo. Es curioso ese afán de fomentar las pequeñas pláticas que son más incómodas que el silencio que buscan cubrir. En cambio, hay amigos, en cuya compañía pueden transcurrir horas enteras sin hablar, estar en silencio, cada quien en lo suyo y el silencio no es incómodo. Pero mejor que lo diga Neruda:

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

@vasconceliana