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Memoria ciudadana

Ignacio Betancourt

La memoria de los pueblos ofendidos por sus gobernantes se vuelve un recurso contestatario formidable; no olvidar resulta imprescindible para cualquier justo reclamo. En la lucha por su liberación los ciudadanos requieren tener presente siempre los abusos que han debido padecer para el enriquecimiento de sus opresores. El bienestar de los victimarios es la causa directa de las desgracias populares y eso no debe olvidarse nunca; en sentido contrario la desmemoria se vuelve indispensable para el mantenimiento de lo establecido opresor, pero si la memoria ciudadana logra permanecer actuante es mucho más fácil percatarse de que algo están haciendo mal tanto los gobiernos como los propios ciudadanos. El predominio de una lógica depredadora impuesta por el orden construido sobre el permanente abuso a las poblaciones no debe perpetuarse, no hay mal que dure cien años, ni pendejo que los aguante.

La memoria duradera de los pueblos oprimidos es un insumo indispensable para toda justa confrontación en contra del inmediatismo intencionalmente desmemoriado de los agresores. Una población que olvida las atrocidades que le han propiciado gobernantes y grandes empresarios es presa fácil para el éxito de los más abusivos; delincuentes de cuello blanco o explícitos criminales nada habrán de poder contra un pueblo que no olvida las cotidianas agresiones que ha debido soportar (para mayor indignación agresiones “legales”). No se está afirmando que políticos y funcionarios connotados e intocables, personalmente masacren o humillen a la población, lo que Hannah Arendt (1906-1975) llamaba la banalidad del mal (ese actuar ideologizado que lo justifica todo) no tiene límite en el cotidiano comportamiento de los gobernantes mexicanos con cada vez más descaradas complicidades.

La manera de actuar de los principales agresores institucionalizados es siempre con multitud de intermediaciones, ellos simplemente deciden y ordenan a subalternos para que a su vez ordenen a otros subalternos, a los ejecutores de los robos o los crímenes, de manera que nunca nadie podrá acusar a los verdaderos autores de las agresiones de ser ladrones o criminales, pese a que los intocables sean quienes deciden las acciones más terribles. Pero como los criminales nazis durante los años treintas y cuarentas del pasado siglo, los operadores solamente cumplen órdenes, lo que les hace sentir que son inocentes de todos los crímenes que cometen con impunidad garantizada. De otra manera Manlio Fabio Beltrones nunca podría declarar que cuando se le acusa de múltiples delitos son sólo ganas de fastidiarlo. Lo mismo Peña Nieto turnando a la Suprema Corte el decidir (lo que él ha decidido) sobre la ley de seguridad que justifica “legalmente” las atrocidades de marinos y militares. En México, las mentiras de los políticos en el poder se ajustan de manera asombrosa a las legislaciones que ellos han concebido e impuesto a una población que cada día los tolera menos.

El juego de lanzar la piedra y esconder la mano, al paso del tiempo se ha vuelto de una disfuncionalidad escandalosa ¿podrá entenderlo la cúpula gubernamental? Pareciera que a los gobiernos se les terminó el repertorio de triquiñuelas con las que han logrado sobrevivir medrando a costillas de una población a la que le han llenado el buche de piedritas. Cuando en cualquier país, las mentiras de los políticos gubernamentales se vuelven la única verdad, algo muy grave está ocurriendo y entonces resulta urgente terminar con el equívoco. Ni la indiferencia ni la ignorancia podrán hacer permanente el actual estado de cosas, por lo tanto resulta indispensable castigar a quienes matan a la vaca y también a quienes le detienen la pata.