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Carlos López Torres

N o se trata sólo de las perturbadoras declaraciones hechas por el secretario de Marina, almirante Francisco Vidal Soberón Saénz, quien afirmó que los padres de familia de los normalistas desaparecidos son manipulados por grupos que sólo buscan sus intereses propios. La pregunta es: ¿quién ordenó la irrupción del almirante en el descompuesto escenario político? De no ser así, ¿qué ha motivado las sucesivas intervenciones de los secretarios de Defensa y Marina, respectivamente?

Coincidente con las apariciones públicas de los representantes castrenses, en la víspera el presidente Obama ofreció el apoyo técnico necesario para intervenir en las investigaciones del caso Ayotzinapa y su esclarecimiento, que al decir de la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido ya aceptado de inmediato, con el beneplácito ya expuesto por el almirante Vidal Soberón.

Otra señal azarosas la constituye la tozuda posición de PRI respecto a la estructuración del sistema nacional anticorrupción, integrado por un consejo controlado por el presidente Peña Nieto y los gobernadores. Se imagina usted al opaco y omiso gobernador Toranzo Fernández recomendando la moralización de la clase política del país, y por supuesto, la de los funcionarios estatales y municipales potosinos.

No cabe duda: la clase política con todo y sus matices y diferencias se apresta a defender su coto de poder, alejados cada vez más de los gobernados quienes caminan por otro carril, desconfiados y convencidos de la inútil participación electoral, más preocupados ciertamente por crear sus propios instrumentos de lucha y en algunas regiones, como en algunos municipios de la Costa de Guerrero, por erigir sus propias instituciones de poder popular.

La popularidad de Peña Nieto, los partidos políticos, el Ejército y otras instituciones, según lo reflejan las últimas encuestas, se mantiene a la baja cuando hace apenas dos años indicaba un porcentaje aceptable de la sociedad que, en el mismo lapso, se ha tornado más exigente y participativa.

Todo lo anterior en medio de una agudización de la crisis económica del neoliberalismo, particularmente del modelo impuesto en nuestro país, agravado por la caída de los precios del petróleo y la devaluación del peso frente al dólar que afectará la puesta en práctica de las reformas, independientemente de las limitantes que la crisis de la economía mundial le impongan al otrora festinado “momento mexicano”.

Los vaticinios para el próximo año, sobre todo para quienes viven de vender su fuerza de trabajo, para quienes con su esfuerzo cotidiano o temporal todavía hacen producir el abandonado agro, para los millones de informales en expansión y los empleados cesantes que han ido creciendo, no son nada halagüeños por más que los espots oficiales y los publicistas pretendan hacernos creer que el desastre económico será pasajero y que al final del túnel todo será diferente.

El pésimo desempeño de los gobernantes, más preocupados por repartirse cada vez más y mayores rebanadas del pastel, como ocurre con nuestros funcionarios que buscan mayor presupuesto sin trasparentar su uso, que mantienen la impunidad sin desparpajo por razones de partido y conservación del poder, aunque la inseguridad siga creciendo en sus narices y la tragedia de la educación se prolongue en aras de mantener la hegemonía tricolor, no puede sino generar desconfianza, al grado de que el INE, aspirante a convertirse en cuarto poder, no encuentre respuesta para conseguir representantes de casilla.