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México y sus mayores amenazas

Renata Terrazas

Una sociedad que clama información veraz sobre las cambiantes situaciones que está viviendo se enfrenta con mensajes cruzados donde se ponen en entredicho palabras de políticos, periodistas, científicos y líderes de opinión. El bombardeo informativo y desinformativo produce un caos en quienes procuran mantenerse al tanto de lo que sucede en la vida política de nuestro país, de nuestro mundo.

Cada vez más se requiere de un pensamiento crítico que nos permita distinguir ya no sólo entre lo veraz y lo falaz sino en las implicaciones de la información puesta sobre la mesa, así venga de nuestro periodista de confianza o de nuestro político deslegitimado.

Los mensajes cruzados, la avalancha de datos y nuestra dificultad para conocer la verdad construyen el perfecto campo para infundir miedo y sacrificar la deliberación en aras de la creación de mensajes de sencilla asimilación, aun sin fundamento.

Pareciera que la deliberación cede lugar a la construcción de hashtags pegajosos que lleguen a los ojos y oídos de seres humanos incapaces de asimilar la información compleja. Al tiempo que leemos una columna de opinión seria sobre política exterior, leemos una nota sobre el jitomatazo lanzado a un político; noticias sobre el llamado gasolinazo ceden lugar al sensacionalismo que produce un personaje tan colorido como el presidente de Estados Unidos. Y en el camino, las constantes violaciones a derechos humanos, el incremento de la pobreza y la desigualdad en este país, las desapariciones, casos de corrupción, entre tantos otros, van perdiendo público porque forman parte de lo que sucede en la cotidianeidad.

Nuestra corta memoria nos vuelca a exigirle a un presidente ajeno el respeto a los derechos humanos de nuestros connacionales y olvidamos que hace seis años se encontró una fosa con 72 cuerpos de migrantes centroamericanos. Nos asustan las implicaciones económicas de la salida de nuestro vecino del norte de un acuerdo de libre comercio cuando más de la mitad de la población de este país lleva décadas viviendo en una pobreza lastimosa, una pobreza eterna.

Años de mal gobierno en este país nos han colocado en una situación de alta vulnerabilidad en la cual nuestros representantes no han podido construir una economía estable; por el contrario, han creado espacios de discrecionalidad desde donde se enriquecen las élites políticas y económicas de este país a costa de la mayoría de la sociedad.

Estos malos gobiernos los podemos fácilmente ubicar en figuras como la de Duarte, Borge, Padrés, Yarrington, entre tantos otros. Y en este tenor no debemos olvidar que muchos de ellos siguen prófugos con la venia del Ejecutivo Federal.

Sí, el actual presidente de Estados Unidos es una amenaza para México y para cualquier persona que pretenda construir una sociedad más justa y democrática. Pero no debemos olvidar que también es una amenaza, y una más cruel y despiadada, el sistema de corrupción e impunidad que en México hemos forjado desde varios años. Ese sistema que ha permitido fortunas groseras como las de nuestro 1% más rico, que ha permitido violaciones graves a derechos humanos en total impunidad, que ha construido un sistema judicial deficiente donde la corrupción sigue sustituyendo la justicia y que mantiene en la miseria a grandes sectores de la población en nuestro país.

Con ello no debemos pensar que la figura de Trump es inocua, pero sería un grave error volcarnos hacia ella. Entre tanto mensaje confuso resulta de lo más urgente construir espacios de diálogo que den pie a reflexiones de mayor calado sobre las diferentes amenazas a la vida digna que enfrentamos en este país, las externas y las internas.

Son varias las preguntas que debemos comenzar a lanzar al espacio público: ¿Qué proyecto de país queremos? ¿Cómo construimos una sociedad menos desigual y más justa? ¿Desde cuál lugar nos paramos frente a otros países? Entre tantas otras.

La sociedad mexicana pareciera estar cada vez más dispuesta a ocupar los espacios públicos, de participar en lo que es de todos y de tomar una parte activa en la toma de decisiones. Esta disposición quedará en el limbo si la información sigue siendo sepultada en una avalancha de datos o de información falsa. Son momentos aciagos, pero también son momentos de cambio; y es importante reconocer que este cambio no está dado, sino que depende de hacia dónde nos movamos, hacia donde empujemos.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación