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México SA: Devaluación y alimentos

reforma energética

C on eso de que se trata de ‘‘una volatilidad pasajera”, que ha llevado a la moneda nacional a un mínimo histórico, la tesis gubernamental sostiene que el zarandeo cambiario “no impacta” en los precios de los bienes de mayor consumo en el país, de tal suerte que los mexicanos deben estar tranquilos pues tal depreciación “no ha contaminado la inflación”.

Agrandes rasgos esa es la lectura del dúo dinámico (Luis Videgaray y Agustín Carstens) en torno a la ya prolongada sacudida cambiaria, la cual, aseguran, en el peor de los casos sólo afectaría los precios de bienes duraderos, pero no los de bienes de consumo, como en el caso de alimentos y medicinas.

Sólo en el transcurso del presente año el tipo de cambio peso-dólar se ha depreciado alrededor de 10 por ciento, y si bien los precios externos –medidos en dólares– no han registrado alzas espectaculares, lo cierto es que México cada día importa más bienes de consumo, especialmente alimentos, es decir, en lo que los mexicanos gastan más (34 por ciento como promedio nacional, aunque la proporción varía de acuerdo con el ingreso).

Pero no todos tienen el mismo ingreso y, por lo mismo, el mismo gasto. De hecho la desigualdad es brutal. Con base en los resultados de la más reciente Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH 2014), la población de menores recursos (decil I) destina 50.7 por ciento de su ingreso a la adquisición de alimentos, mientras la de mayor ingreso (decil X) canaliza sólo 22.5 por ciento, de tal suerte que el impacto devaluatorio en este renglón pega mucho más duro a los de abajo que a los de arriba.

Así, aunque el precio en dólares de los alimentos se mantenga sin alteraciones, los mexicanos deberán pagar alrededor de 10 por ciento más por ellos en pesos. Y México anualmente importa alrededor de 25 mil millones de dólares en alimentos, y en este sentido existe una diferencia anualizada, en pesos, cercana a 40 mil millones que obviamente repercute en el bolsillo de los consumidores, sin considerar la tradicional retiquetación que siempre va por arriba de la devaluación.

Lo mismo sucede con los medicamentos; cada día se producen menos internamente, y sólo en 2015 se estima una importación cercana a 6 mil millones de dólares, mientras se exportan poco más de mil millones, de acuerdo con la estadística de la Cámara Nacional de la Industria Farmacéutica. Así, al tradicional aumento de precios de los medicamentos (cuando menos tres en un año) debe sumarse el impacto devaluatorio, que hasta ahora es de 10 por ciento, y contando. De acuerdo con la ENIGH los hogares de menores recursos destinan 2.8 por ciento de su gasto a cuidados de la salud, en tanto que los de mayores ingresos canalizan 3.3 por ciento.

En el supuesto de que en este sector las importaciones en dólares mantuvieran los precios sin cambios, a la hora de convertirlo a moneda local y así venderlos en el mercado interno la diferencia hasta ahora, por el impacto devaluatorio, supera 20 mil millones de pesos, que serán pagados, en su mayor parte, por los hogares de menores recursos, porque el sector público –tradicionalmente mal abastecido– sólo representa una tercera parte del mercado. El resto es privado y éste no se caracteriza precisamente por sacrificar utilidades para beneficiar a los consumidores.

Como bien advierte el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico, “los efectos de la debilidad del peso frente al dólar comenzarán a sentirse en la segunda mitad del año y se verán reflejados en los sectores que dependen en buena medida de las importaciones, como es el caso del sector alimentario”. De igual forma, “otro de los sectores que pueden resultar más afectados serán el farmacéutico y el de comercializadores de maquinaria y equipo, cuyos productos, al ser comprados más caros en el exterior, pueden presionar al alza la inflación” (La Jornada, Juan Carlos Miranda).

Como se observa, aquello de que el zarandeo cambiario “no impacta” en los precios de los bienes de mayor consumo en el país, y de que el desplome del peso “no ha contaminado a la inflación” no pasan de ser dos rayas más al tigre, es decir, dos declaraciones adicionales que la realidad nacional se encargará de tirar al bote de la basura, como tantas otras.

Un rápido recuento nos da idea de qué se trata. Como se ha publicado en este espacio, la información oficial revela que desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (primero de enero de 1994), México ha importado alimentos por alrededor de 280 mil millones de dólares (hasta mayo de 2015), mientras el campo mexicano se mantiene en el olvido. Tan sólo en 2014 se destinaron alrededor de 25 mil millones de dólares para la adquisición de alimentos en el exterior, 80 por ciento de ellos de Estados Unidos.

Con Felipe Calderón en Los Pinos, México obtuvo el ingrato galardón –otorgado por la FAO– como importador neto de alimentos básicos (el número uno en América Latina), por mucho que el gobierno asegura que el nuestro “se ubica entre los 15 países que producen más alimentos y ocupa el número 13 en exportación de productos agrícolas, mismos que llegan a un mercado de más de mil millones de consumidores en 45 naciones distintas” (EPN dixit).

¿Qué alimentos exporta México?: hortalizas, plantas, raíces y tubérculos; frutas y frutos comestibles, y bebidas y vinagre (65 por ciento del total colocado en los mercados externos). ¿Y qué importa?: cereales (maíz en primer lugar), carnes y despojos comestibles; leche, lácteos, huevo y miel; semillas y frutos oleaginosos; frutos diversos y grasas animales o vegetales (65 por ciento del total adquirido allende nuestras fronteras). ¿Se entiende por qué México es importador neto de alimentos básicos?

El caso del maíz es alarmante. En 1993, año previo a la entrada en vigor del TLCAN, México importó maíz por un total de 70 millones de dólares; en 1994, 370 millones y dos décadas después, en 2014, 2 mil 100 millones de dólares, un crecimiento de 3 mil por ciento en el periodo, aunque se han dado casos, como en 2012, en los que la diferencia fue del orden de 4 mil 500 por ciento.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

¿En serio la “reforma” energética es el “motor” de la economía? Ello, porque ahora nos enteramos de que el gobierno peñanietista obtendrá poco menos de 21 millones de pesos anuales por la adjudicación de los dos bloques de la primera licitación de la ronda uno (La Jornada, Israel Rodríguez), y eso no alcanza ni para un viaje presidencial a Belice.

Carlos Fernández Vega
Carlos Fernández Vega
Autor de la columna México SA de La Jornada. Presidente del Comité Editorial de filiales y franquicias de La Jornada.