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México SA: El primer mundo, otra vez

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S uenen las fanfarrias, escúchense los cánticos angelicales y regocíjense los mexicanos por el futuro venturoso que les espera, porque los creativos gerentes que despachan en Los Pinos oootttrrraaa vez prometen la entrada al primer mundo y el fabuloso bienestar que ello implica, tras firmar un oscuro “acuerdo transpacífico, sumamente benéfico para el país”, mediante el cual (¡sorpresa!) “habrá mayor empleo bien remunerado, inversión y crecimiento económico”, es decir, exactamente lo mismo que 21 años atrás se ofreció con la entrada en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Transcurridos cinco lustros más un año, y tras firmar varias decenas de tratados de libre comercio, si algo brilla por su ausencia es el empleo bien remunerado, la inversión extranjera productiva, el crecimiento económico y, desde luego, la entrada al primer mundo y el bienestar social marca Noruega, sin considerar que 85 por ciento de nuestro comercio exterior se realiza con un solo país (Estados Unidos). Pero en el Olimpo tecnocrático insisten en que ese tipo de “acuerdos” harán de México “una potencia” y a los mexicanos tan ricos que les faltarán manos para contar el dinero que reciban.

En los hechos, 21 años después de prometer el paraíso, el número de pobres se ha duplicado, 60 por ciento de los mexicanos en edad y condición de laborar se ocupa en la informalidad, unos 12 millones de paisanos han emigrado al norte por causas económicas, la economía a duras penas “crece” 2 por ciento como promedio anual, y descontando, los salarios son miserables, la concentración del ingreso es brutal, la tasa oficial de desocupación se ha incrementado 30 por ciento en el periodo, el déficit de empleo formal resulta espeluznante y la dependencia con el vecino del norte es altamente peligrosa para la autodeterminación.

¿Cuántas veces prometieron el paraíso por la firma de “tratados comerciales”? De acuerdo con la información de la Secretaría de Economía, “México cuenta con una red de 11 Tratados de Libre Comercio con 46 países; 33 Acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones; 9 acuerdos de alcance limitado en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración; además, participa activamente en organismos y foros multilaterales y regionales como la Organización Mundial del Comercio, el Mecanismo de Cooperación Económica Asia-Pacífico, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos y la Aladi”. Un río de “acuerdos”, pero 85 por ciento del comercio exterior no tiene más mercado que el de Estados Unidos.

Ahora recetan a los mexicanos otro “acuerdo”, pero este mucho más oscuro que los anteriores (que de transparentes tampoco tuvieron nada). De hecho, todo ha sido secreto, desde el procedimiento hasta la firma, y la falta de transparencia es tal que los abajo firmantes se niegan a hacer público el contenido, pues va mucho más allá de los meros aspectos comerciales y alcanzan temas de seguridad nacional (es decir, la de Estados Unidos, no la nuestra). Y ya lo dijo Obama, el dueño del circo: “no podemos permitir que países como China escriban las reglas de la economía global; nosotros (los gringos) debemos escribir esas reglas, abriendo nuevos mercados a los productos estadunidenses, estableciendo altos estándares para la protección de los trabajadores y preservando nuestro medio ambiente”, y al que no le guste que se joda.

La Jornada lo reseñó así: “el ambicioso pacto, que trasciende las barreras comerciales, define normas laborales y ambientales y protege la propiedad intelectual de las corporaciones trasnacionales. Se propone estimular el comercio entre Estados Unidos, Canadá, México, Chile, Perú, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Brunei, Malasia, Singapur y Vietnam. El acuerdo podría remodelar industrias e influir desde los precios del queso hasta el costo del tratamiento para el cáncer.

“El Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (ATP) tiene efectos en 40 por ciento de la economía mundial y podría presentarse como un legado del presidente Obama, si es ratificado por el Congreso. Su gobierno ha promovido el acuerdo como parte de una estrategia para aumentar la influencia estadunidense en las zonas de gran crecimiento en Asia y para contrarrestar la influencia creciente de China. El acuerdo ha sido motivo de controversia debido a lo secreto de las negociaciones que se han realizado en los últimos cinco años y la amenaza percibida por una serie de grupos de interés, desde los trabajadores de la industria automotriz en México a las granjas productoras de leche en Canadá”.

El primero de enero de 1994 entró en vigor el TLCAN, “este poderoso instrumento para (¡sorpresa!) atraer nuevas inversiones, crear empleos productivos y elevar el bienestar de los mexicanos” (Carlos Salinas dixit). Prometieron que México se convertiría en “potencia productora”, cuando en los hechos y si bien va alcanza el grado de “potencia maquiladora”. Ofrecieron “trato igual con la contraparte estadunidense”, y cuatro lustros después el gobierno mexicano ni siquiera ha podido solucionar el asunto del transporte de carga y cada vez que quiere, y quiere seguido, el gobierno gringo bloquea las exportaciones de atún, aguacate, jitomate, escobas y conexos. La parte mexicana tiene terror a sus “socios” y no mueve un pelo para no hacerlos enojar.

Del TLCAN a la fecha el tipo de cambio se incrementó 500 por ciento, en detrimento, obvio es, del peso mexicano; la economía nacional es extremadamente dependiente de la gringa; la mano de obra es cada día más barata y la ley laboral más laxa (salarios hasta 15 veces menores a los que se pagan en Estados Unidos y Canadá), y las enormes “facilidades” fiscales concedidas al capital foráneo han convertido a México en paraíso maquilador, industria que importa la mayoría de las partes para ensamblar sus productos de “exportación”, con lo que el impacto para la economía interna es mínimo.

Más allá de Pemex, las mayores “exportadoras mexicanas” son General Motors, Chrysler, Ford, Volkswagen, Nissan, Hewlett Packard, Nokia, Daewoo, LG, Panasonic, Samsung y Toshiba, por citar a algunas marcas “nacionales”. De hecho, en 2013 el 0.02 por ciento de las unidades económicas registradas legalmente en el país acaparaban 76.3 por ciento de las exportaciones.

Pero ya firmaron otro “acuerdo”, y más oscuro, que no dejará piedra sobre piedra.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

Entonces, ¿dónde quedaron las mieles del primer mundo y el bienestar marca Noruega?

Carlos Fernández Vega
Carlos Fernández Vega
Autor de la columna México SA de La Jornada. Presidente del Comité Editorial de filiales y franquicias de La Jornada.