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México SA: Estómago cautivo

reforma energética

C omo si en esta República de discursos el campo estuviera de maravilla y produjera a todo lo que da, el gobierno abre aún más las puertas para garantizar el abasto –que no el acceso, pues éste depende del ingreso– interno de alimentos, con lo que el “estómago” mexicano depende en grado sumo de lo que se produce y decide en terceras naciones.

Cierto es que de muchos años atrás se canceló la posibilidad de alcanzar la autosuficiencia alimentaria como parte estratégica de la soberanía nacional, y ni quién se acuerde, pero el hecho es que a partir del TLCAN la dependencia en este renglón se ha incrementado permanentemente y en el juego de la perinola comercial queda claro que las naciones desarrolladas siempre ganan todo.

El gobierno da un paso más, y ahora refuerza la dependencia alimentaria por medio del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (ATP), y como lo denuncia La Jornada viene otra tanda de “torpedos” en contra del agro mexicano, mientras las naciones desarrolladas ponen candados proteccionistas y subsidian a sus respectivos sectores agroalimentarios cuyos productos serán consumidos por los que aquí habitan y comen.

La Jornada informa (Susana González) que “con el ATP México debe extender la exención de aranceles a más países” y, por lo mismo, cientos de productos agroalimentarios quedarán libres, entre ellos “granos básicos, huevo, aceites comestibles, verduras y frutas, huevo, atún, sal, e incluso bulbos de maguey y henequén que podrán importarse sin el pago de aranceles”.

En el caso de la leche y sus derivados, cuya industria es considerada sensible en México, el gobierno aceptó que se importen –sin el pago de impuestos– desde nueve naciones (entre ellas Nueva Zelanda), pero limitadas a cuotas anuales que se incrementan con el tiempo, de acuerdo con los documentos de la negociación del ATP que la Secretaría de Economía. “La tasa cero en aranceles, que ya existe para miles de productos que México compra a sus socios comerciales vigentes, se extenderá para Brunéi, Australia, Malasia, Nueva Zelanda, Singapur y Vietnam, con los que pretende intensificar relaciones comerciales por medio del ATP”.

El Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria (Cedrssa) de la Cámara de Diputados revela que “el comercio de productos agropecuarios con Estados Unidos en el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ha alcanzado un mayor de grado liberalización del que existe con otras naciones. Casi todo el comercio de productos agropecuarios entre México y Estados Unidos se realiza libre de arancel, por lo cual el arancel preferencial promedio otorgado en ambos lados de la frontera es prácticamente cero por ciento. Estados Unidos es el principal socio de México en el comercio de productos agropecuarios”.

En 2014, documenta, 78 por ciento de las exportaciones agroalimentarias mexicanas tuvieron por destino Estados Unidos, y el 75 por ciento de las importaciones del mismo sector provienen de ese país. Las exportaciones al vecino del norte en este renglón “han crecido más de 500 por ciento desde que entró en vigor el TLCAN, mientras las importaciones lo han hecho en 400 por ciento”.

El citado centro de estudios intenta “compensar” las bondades del libre comercio, al ejemplificar que si bien la dependencia con el vecino del norte es creciente, “las exportaciones hacia algunos otros de los países con los que se tienen TLC han crecido aun en mayor grado. Por ejemplo a Canadá, el otro socio de México en el TLCAN, han crecido mil 311 por ciento, a Costa Rica mil 441, y a Colombia mil 330 por ciento. También ha habido incrementos significativos en las importaciones provenientes de otros países con los que se tienen TLC. Por ejemplo de Honduras han crecido mil 416 por ciento; Colombia mil 54 por ciento y Costa Rica 921 por ciento”.

Sin embargo, lo anterior es jugar alegremente con aire, porque el comercio exterior con esas naciones ni lejanamente es comparable con el que México mantiene con Estados Unidos. Ello, como apunta el Cedrssa, porque el incremento de 500 por ciento de las exportaciones agroalimentarias hacia el vecino del norte pasaron de 3 mil 211 millones de dólares en 1993 a cerca de 20 mil millones en 2014. En el mismo lapso, las importaciones crecieron 400 por ciento: de 4 mil 150 a 20 mil 261 millones de billetes verdes.

Si se compara lo anterior con los ejemplos utilizados por el centro de estudios, se detecta el juego alegre. En efecto, las exportaciones agroalimentarias a Canadá crecieron mil 300 por ciento en el periodo citado, pero su importancia económica resulta mínima, sino es que inexistente, pues el valor de las mismas pasó de 34 a 481 millones de dólares. Resulta mucho mayor el peso de las importaciones, pues en idéntico lapso aumentaron de 298 a mil 895 millones de dólares, una diferencia de casi 12 tantos con respecto al mercado estadunidense.

Y los ejemplos con las naciones latinoamericanas es abismal: cierto que las exportaciones agroalimentarias a Costa Rica crecieron mil 440 por ciento, pero sin representatividad en el comercio exterior, pues pasaron de 8 millones de dólares en 1994 a 128 millones en 2014. Lo mismo sucede en los casos de Honduras y Colombia, de tal suerte que el “estómago” mexicano se nutre de productos agroalimentarios gringos. Lo demás no alcanza ni para botana, por mucho que con todos ellos México mantenga tratados de libre comercio, pues los ojos del gobierno mexicano sólo ven al norte.

Un caso “exitosísimo” que no registra el citado centro de estudios es el relativo a Perú, con el que México firmó un tratado de libre comercio que entró en vigor en 2012. De entonces a la fecha, las exportaciones agroalimentarias hacia esa nación andina se incrementaron la friolera de 3 mil 700 por ciento, todo un récord, pero que en los hechos no es nada, pues el valor de los envíos pasó de dos a 76 millones de dólares. En sentido contrario, las importaciones aumentaron mil 545 por ciento, de 15.5 a 58 millones de billetes verdes.

Entrados en gastos, está el impresionante incremento en el comercio exterior agroalimentario con India: 58 mil 128 por ciento, un majestuoso porcentaje que se traduce en un raquítico valor económico, pues las exportaciones mexicanas pasaron de sumar 40 mil dólares en 1995 a 22 millones 500 mil billetes verdes en 2014.

Entonces, ¿para qué el ATP? Obvio es que no por razones económicas o de “libre comercio”.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

Y para arrancar bien la semana, el revaluado dolarito a 17.10 (17 mil 100) pesitos devaluados.

Carlos Fernández Vega
Carlos Fernández Vega
Autor de la columna México SA de La Jornada. Presidente del Comité Editorial de filiales y franquicias de La Jornada.