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México SA: La ‘‘buena’’ vs. la mala

reforma energética

L a “buena noticia” es que el avance inflacionario ha aminorado su ritmo ascendente y en la primera semana de junio el índice nacional de precios al consumidor se incrementó 2.87 por ciento en términos anuales, casi un punto porcentual por abajo con respecto al registro de igual periodo de 2014. La mala, que tal comportamiento ni lejanamente atempera, ya no se diga compensa, la pérdida acumulada del poder adquisitivo del ingreso de los mexicanos, especialmente el del salario mínimo.

El Inegi divulgó ayer que si bien se han encarecido los precios de los alimentos del campo, en la primera quincena de junio la inflación fue de 0.13 por ciento, lo que ubica a este indicador por debajo del objetivo anual de 3 por ciento. Sin embargo, de acuerdo con reportes del Banco de México, “el costo unitario de la mano de obra en México presentó una contracción de 6.6 por ciento durante los primeros nueve trimestres del actual sexenio” (La Jornada, Juan Antonio Zúñiga), de tal suerte que no hay de qué presumir.

Como parte de la “buena noticia”, el instituto de referencia celebra que en dicho periodo “el índice de precios de la canasta básica registró una variación quincenal de 0.1 por ciento, así como una tasa anual de 2.38 por ciento, contra 0.2 y 4.7 por ciento en la misma quincena de 2014”. Sin embargo, el Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la UNAM documenta que “la brecha entre lo que ganan los trabajadores mexicanos y el comportamiento de los precios de los alimentos registra una progresiva devaluación del salario mínimo, mostrando el verdadero rostro y sentido de las políticas salariales y económicas que vienen implementándose”.

De acuerdo con la estadística oficial, en el transcurso de la presente administración gubernamental el incremento acumulado de la inflación ha sido (hasta mayo pasado) de 8.19 por ciento, pero en igual periodo el crecimiento de los precios de la canasta alimenticia rebasa el 25 por ciento, y lo que más pega al bolsillo del grueso de los mexicanos es, precisamente, el último de los indicadores mencionados, tendencia negativa que se fortalece con la “contracción” salarial.

En este contexto, el CAM recuerda que el actual inquilino de Los Pinos prometió ser “el presidente que hará valer más tu salario”, pero en los hechos “lejos de generar un cambio en el rumbo de las políticas salariales y laborales, las ha profundizado en detrimento de los intereses de los trabajadores y sus familias; estamos ante un escenario donde todo puede subir de precio (y así sucede), menos el salario”.

El centro de análisis realiza el siguiente ejercicio: “el salario mínimo diario en la zona A se ha incrementado 8.2 por ciento de manera acumulada entre 2013 y 2015 (5 pesos con 34 centavos); en contraste, el precio diario de la Canasta Alimenticia Recomendable (CAR) ha crecido aproximadamente 25 por ciento (más de 40 pesos) y el año aún no concluye. ¿Hasta dónde llegará la pérdida del poder adquisitivo del salario durante la actual gestión gubernamental y qué sucederá con las que prosigan?”

El problema no termina allí, porque como bien recuerda el CAM, la pérdida de poder adquisitivo no se limita al actual sexenio, sino que acumula cuando menos seis gobiernos al hilo, todos ellos “reformadores” y “modernizadores”. De acuerdo con la estadística del CAM, de 1987 a 2015 el salario mínimo diario en la zona A registró un aumento cercano a mil por ciento (de 6.47 a 70.1 pesos), mientras en igual lapso el precio de la Canasta Alimenticia Recomendable se incrementó en alrededor de 5 mil por ciento, de tal suerte que en términos reales el poder adquisitivo real del salario mínimo se desplomó 80 por ciento.

En 1976, detalla el CAM, con un salario mínimo diario se compraban casi tres kilos de carne, “siendo bastante claro que es a partir de 1982 que se invierte esta relación, es decir, el precio de la carne se encuentra por encima de lo que recibe un trabajador como paga. Hoy día con un salario mínimo sólo se puede comprar medio kilo de bistec de res, como resultado de las políticas salariales y del método adoptado por los gobiernos para ‘hacer competitiva’ una mano de obra productiva y barata”.

En el comparativo, con un salario mínimo en 1987 un trabajador podía comprar cerca de 19 litros de leche; actualmente sólo puede adquirir menos de cinco; en el mismo orden, 51 kilogramos de tortilla contra seis; 280 piezas de pan blanco contra 38; 8.5 kilogramos de huevo contra dos; 12 kilogramos de frijol contra cuatro; 7 litros de aceite contra 2.5, y así por el estilo.

En la década de los 80, explica el referido centro de análisis, “México se inserta en la dinámica mundial del neoliberalismo, asumiendo que el trabajo asalariado precarizado será una de las condiciones para estimular la inversión extranjera y activar la economía. El resultado de tres décadas de dicho modelo económico puede observarse mediante el indicador del tiempo de trabajo, que es el que un trabajador debe destinar para poder adquirir los alimentos para su familia. Lo que hemos observado en esta realidad es que en 1987 debía de laborar 4 horas de una jornada de trabajo de 8 horas para, con el equivalente salarial, comprar una CAR. Sin embargo, el nivel de despojo al que ha sido sujeto el trabajador en los últimos 30 años refleja una guerra y nueva geografía sobre la realidad de los trabajadores”.

Así, “hoy día el mismo trabajador tiene que destinar prácticamente seis veces más tiempo con respecto de 1987, para poder comprar todos los productos de la CAR. Si en 1987 cuatro horas de jornada laboral resultaban suficientes, ahora debe invertir 23 horas para tal fin. Esto no es una casualidad, ni obedece al mero acontecer, sino que obedece al modo de operar y reproducirse del capitalismo. Y en este marco, este sistema requiere hoy un trabajador asalariado mexicano que llegue a reproducir su salario en 9 minutos de una jornada laboral, pero se ve forzado a trabajar, él y su familia, casi 23 horas diarias para poder alimentarse”.

Pero bueno, en Los Pinos celebran la “buena noticia” de que la inflación “va a la baja”.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

Apóstata: dice Cristina Lagarde, directora-gerente del FMI, que “no se pueden construir reformas creíbles sólo sobre promesas”. Qué cara más dura, si eso es exactamente lo que han hecho los gobiernos a lo largo y ancho del planeta durante cuando menos las últimas tres décadas, y allí están los seis inquilinos de Los Pinos (de Miguel de la Madrid a Enrique Peña Nieto) para quien tenga dudas.

Carlos Fernández Vega
Carlos Fernández Vega
Autor de la columna México SA de La Jornada. Presidente del Comité Editorial de filiales y franquicias de La Jornada.