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México SA: Rebajas de temporada

reforma energética

Bien inicia el año con la buena nueva propagandística de que, “gracias a la reforma energética”, los precios de los combustibles “disminuirán por primera vez en la historia reciente del país”, de acuerdo con la versión de la Secretaría de Hacienda, es decir, la misma institución que a lo largo de cuando menos las últimas dos décadas no hizo otra cosa que aumentar permanentemente dichos precios, “porque es necesario equipararlos con los de nuestro principal socio comercial” (léase Estados Unidos).

Y hoy, 20 años después, los precios internos de los combustibles se encuentran 50 por ciento por arriba de los registrados por “socio comercial”, algo que no acongoja a la Secretaría de Hacienda, pues con bombo y platillo anuncia que ha tenido el detalle de reducir 3 por ciento los precios internos, por mucho que en Estados Unidos Pemex venda sus gasolinas a la mitad de lo que aquí pagan los consumidores mexicanos.

¡Alegraos!, mexicanos pagadores, pues si sólo en la primera mitad del sexenio peñanietista los precios de gasolinas y diésel aumentaron 56.5 por ciento en promedio, ahora ese mismo gobierno hace la hombrada de reducirlos 3 por ciento (con la posibilidad de que a lo largo de 2016 se incrementen en igual proporción), es decir, casi 19 veces menos que el incremento acumulado durante su estancia en Los Pinos.

Como parte de su “nueva estrategia de negocios”, Petróleos Mexicanos inauguró un mes atrás su primera gasolinera en Estados Unidos (en Houston, “debido a la alta población de mexicanos que hay en esa ciudad”) y en ella el litro de gasolina se vende a siete pesos. Aquí, ya con la reducción de 3 por ciento, el mismo litro se expende a 14 pesos, en números cerrados. ¿La diferencia? Impuestos, simplemente. Entonces, qué bueno que el plan era equiparar precios internos con los del vecino del norte.

Pero no se apachurren, consumidores cautivos, que la solución es sencilla: viajen a Houston y llenen su tanque en la gasolinera de Pemex; ello, desde luego, como parte de “los grandes beneficios de la reforma energética”. Ahora que si no tiene con qué viajar a esa metrópoli gringa, entonces aquí deberá pagar 13.16 pesos por litro de Magna, 13.98 por el de Premium y 13.77 por el de diésel.

Con Peña Nieto en Los Pinos el precio de la Premium se incrementó 63.5 por ciento, el de la Magna 47 por ciento y el del diésel 59 por ciento. Hoy le rebaja 3 por ciento, sin que ello necesariamente se mantenga a lo largo de 2016.

Pero la historia va más allá, en los llamados “gobiernos de la Revolución”, a cada devaluación del peso correspondía un incremento al precio de los combustibles. Con los gobiernos modernistas los aumentos se hicieron permanentes, con o sin devaluación, y cada día con mayor aderezo fiscal (alrededor de 40 centavos de cada peso que paga el consumidor por litro de gasolina es impuesto).

Y a cada aumento correspondía la frase que algún día se podrá leer en el frontispicio de la Cámara Diputados (obligadas las letras de oro): “La decisión no afecta a los mexicanos de menores ingresos, porque la gasolina y el diésel sólo son consumidos por los hogares de mayores recursos, y el ingreso adicional que se obtenga será destinado a los grupos más vulnerables de la población y se invertirá en infraestructura”.

Sólo por ejemplo, desde el inicio del gobierno zedillista a la fecha el precio promedio de gasolinas y diésel se incrementó más de 600 por ciento (contra 500 por ciento de inflación), pero ahora tienen la cortesía de reducirlo 3 por ciento. Toda una rebaja propagandística de temporada. Y los grupos vulnerables son cada día más voluminosos, mientras la infraestructura brilla por su ausencia (a menos de que se trate de jugosos negocios para el capital privado).

Y como parte de las brillantes políticas públicas en materia de combustibles, hoy los mexicanos pagan el barril de gasolina (159 litros) a 2 mil 226 pesos, mientras el gobierno exporta el barril de petróleo (también 159 litros) a 460 pesos, casi cinco tantos de diferencia en contra de los consumidores. Todo como producto de la decisión gubernamental de que “construir una refinería en México no es negocio; es mejor importar los combustibles” (la refinería más joven del país data de 1979).

Pero alegraos, que el gobierno ya rebajó 3 por ciento y ello, obvio es, “gracias a la reforma energética”. Ni la burla perdona. ¿Cuánto se ahorrará un consumidor promedio? (tanque de 50 litros): 20 pesotes, suficiente para tres tacos de canasta, o ya entrados en gastos cuatro cajitas de chicles o poco más de un litro de refresco.

Sin embargo, el gobierno, siempre consciente del interés popular, también decidió alterar el precio del gas licuado de petróleo (LP)… para arriba. A partir del primer día del año aumentó poco más de 2 por ciento (39 centavos en promedio), con lo que el ahorro en gasolinas se traslada al gasto en gas LP.

Sirva para la memoria que desde noviembre pasado, cuando menos, el famoso “ministro del (d) año”, Luis Videgaray, a los mexicanos prometió “gasolina barata”, y hoy, con todo y rebaja, la compran al doble de precio que en el vecino del norte, con quien “es obligado equiparar precios”.

En los hechos hoy los precios de los combustibles que se expenden en México son equiparables a los prevalecientes en Mongolia, Tayikistán y/o Nicaragua, pero ni lejanamente a los gringos. Eso sí, el gobierno peñanietista puede presumir que son menores a los reportados en Kenia, Uzbekistán y/o Liberia, de tal suerte que no viajen allá para llenar sus tanques.

En fin, habrá que esperar nuevas rebajas propagandísticas de temporada, igual de fatuas que la comentada, que para eso el gobierno se pinta solo.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

Ahora que si de “grandes beneficios a la ciudadanía” se trata, pues allí está Miguel Ángel Mancera, dedicado a saquear automovilistas y al armado de jugosos negocios privados, como el de la empresa Autotraffic (cuyas cabezas visibles son Jaime Enrique Ferrer Aldana y Alfonso Miguel Vélez, e hicieron lo propio con el gobierno de Puebla, cuando menos), que se embolsará 46 centavos de cada peso pagado por fotomulta, y ese consorcio estima que éstas sumarán no menos de 150 mil por mes. Lo mejor, como dice el jefe de la policía capitalina, Hiram Almeida, es que “el Gobierno del Distrito Federal no invirtió un solo peso en la instalación y operación de las cámaras para detectar faltas de tránsito”. Ni un peso, pues, pero en 2018 esperen la gruesa factura ciudadana… Bienvenidos. Un abrazo y arrancamos 2016

Carlos Fernández Vega
Carlos Fernández Vega
Autor de la columna México SA de La Jornada. Presidente del Comité Editorial de filiales y franquicias de La Jornada.