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México surrealista, México absurdo

Renata Terrazas

D e México se ha dicho que es el país surrealista por excelencia y con orgullo repetimos la frase que Breton enunciara durante su estancia en el país, sin reparar demasiado en el significado de ello.

Dotamos a esas palabras de una interpretación romántica que nos permita explicarnos las singularidades de nuestro país, de forma que nos permita seguir viviendo en él sin demasiada atención a los detalles contradictorios que enmarcan la vida privada y pública de México.

Los paisajes hechizantes que Breton observó –los cuales van en detrimento debido a la sobreexplotación de nuestros recursos naturales–, y esa belleza convulsiva de tradiciones luchando con la entrada de la modernidad, con su específica alegoría de la muerte, han enmarcado una forma de entender a un país ecléctico en acciones, ideologías y tradiciones.

En ocasiones pienso que el país surrealista que Breton observó no es más mi país; lo que aquí sucede es el absurdo. Ya sea por anunciar como trofeo de caza la captura del narcotraficante más buscado, seguida de su fuga del penal de máxima seguridad cual película de acción de bajo presupuesto, a la que se suma una respuesta titubeante de la autoridad que ofrece recompensas y pega la foto del Chapo en sus patrullas, y la respuesta de una sociedad dividida en todos los aspectos posibles en donde un sector aplaude la fuga y lo toma como héroe.

Los espectáculos mediáticos montados por nuestros gobiernos pretenden generar una forma de ver la política desde el sillón de la sala, en donde los temas públicos se reducen a una trama de telenovela con guión caduco. Ya sea que se trate de la fuga del Chapo y las múltiples tomas del túnel y sus recorridos realizados prácticamente por todos los medios; o de la cobertura dada a eventos tan amargos como el asesinato de las cinco personas en la Narvarte, en donde sorprende que la información que no forma parte del expediente sea difundida; se busca desviar cada vez más la opinión de la ciudadanía de la sospecha de la culpabilidad de Duarte.

La crítica al gobierno ha buscado responder con las mismas formas; entre los temas destacados de las últimas semanas se encuentran los desaires públicos entre la pareja presidencial. Tal parece que la complejidad de la política se reduce a fugas de narcos, pleitos matrimoniales o despidos de directores técnicos.

En México, la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos es reducida. Ya sea por un deficiente diseño en los mecanismos de participación, por la falta de voluntad de las autoridades en promoverla y respetarla, por el montaje mediático de las noticias que reducen su complejidad, eliminando de la información cualquier matiz y posible profundidad para el análisis, o por la reiterada voz que en nuestras cabezas resuena diciéndonos que nada es posible.

La saturación de malas noticias crea ambientes propicios para diferentes escenarios que ni los más versados analistas de prospectiva se atreverían a dibujar, pero que en las últimas decisiones del partido en el poder comenzamos a leer. La llegada de Beltrones a la dirigencia del PRI pudiera leerse como una reacción ante la preocupación interna del partido de la situación del país. La aprobación de Peña Nieto por parte de la sociedad ha llegado a sus niveles más bajos; esto sucede cada que la encuesta se vuelve a aplicar.

La frivolidad e inexperiencia de un político artificial comienza a mostrar sus estragos en el desarrollo económico, político y social del país. La llegada de Beltrones al frente del PRI reposiciona al priósmo de viejo cuño que pretenderá poner algo de orden. Ahora sí, el nuevo PRI es el mismo PRI.

Los casos tan evidentes de corrupción que no han tenido castigo, ni tendrán; son el tipo de temas que ponen a temblar a la clase empresarial –a la que no se beneficia de ella–, por supuesto, y a la comunidad internacional ya que no hay forma de tener certeza sobre los acuerdos comerciales con México.

Aún ante estos escándalos, empresas como HIGA siguen operando y beneficiándose de los contratos otorgados por la administración de Peña Nieto. Lo último es el saqueo de tierras otomíes mediante decreto presidencial para la construcción de una carretera en el Estado de México.

Ante este panorama, deberíamos poder apostar por las instituciones encargadas de regular el poder. Sin embargo el INE recientemente nos recordó que la aplicación de sanciones sigue siendo un tema sin resolver para la creación de un estado de derecho.

La película de México se nos presenta entonces no como un profundo y sugerente filme de Buñuel, sino como un absurdo de acciones inconexas y carentes de racionalidad alguna. México no es un país surrealista, es un patético guión de Juan Orol que comenzó cuando se trató de institucionalizar la revolución.