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Milenaria sandalia

Luis Ricardo Guerrero Romero

Empezó todo cuando se descalzó de sus sandalias, y concluyó al entregar mi corazón. Nicoleta Romo Balan solía invitarme a sus juntas de amigos rumanos que se efectuaban cada 15 o 20 días, y de entre todas las altas y rubias ejemplares que conocía en esas reuniones, no había nadie más bella de Nicoleta, aunque, mis amigos decían que ella no era la más linda, para mí lo era. Con esa chica rumana, no era necesario beber alcohol o algún tipo de psicotrópico, su sonrisa era suficiente para cautivarme las neuronas y hacerme festejar por todo. Me estaba enamorando. Sin embargo, mi deontología (ética profesional para los lectores de otros periódicos) me impedía dar el siguiente paso. Ella a sus 25 años, tenía la madurez y la paciencia de cualquier mujer de mi edad, incluso, había detalles que Nicoleta parecía haberle copiado a mi más reciente ex pareja, era ella quizás, la conclusión de mis pasiones, el éxodo de los pensamientos lujuriosos, el final de mi vida activa como un varón. Aunque yo me preguntaba, ¿qué puede ofrecerle un hombre de 55 a una señorita como Romo Balan?, la respuesta no la tenía yo, sino ella, que cada día al vernos en el hospital, ya sea en una intervención quirúrgica, o bien en una guardia nocturna, me ofrecía con la mirada su cuerpo. En las horas diurnas, Nicoleta era de las enfermeras que gustaba cambiarse de calzado e intercambiar sus zapatos blancos por unas sandalias más cómodas, evidentemente, ver algo desnudo de ella para mí era suficiente, y además conocer que los genitales y el pie comparten vínculos con el córtex somático-sensorial, hacían verídica mi podofilia (fetichismo canalizado en los pies). Me propuse ya no aplazar ese gusto, y esa madrugada la hice mía. Ella me quería en secreto, así que no fue difícil el proceso, la sedé y sus sandalias cayeron, un poco después también cayó su ropa, lo único que lamenté fue no poder escucharla en el momento en que la sangre endereza. Luego del acto, me sedé a su lado, desnudos ambos esperaríamos el amanecer, pero sólo uno sobrevivió a esa madrugada.

El médico fetichista tenía una gran pasión por los pies de su enfermera, y está en todo su derecho, hay filias que nos hacen sentir más felices, o más satisfechos, mientras el médico se gusta en su podofilia, aquí en las siguientes líneas hay algo de fila en las palabras, y en este caso será con la palabra sandalia, la cual nos trae varios recuerdos, probablemente una refrescante ducha, una visita a la playa, los regaños de mamá, o el principio de placer al ver a una mujer: “¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias, Oh hija de príncipe! Los contornos de tus muslos son como joyas, obra de mano de excelente maestro.” (Cantares 7: 1). Sea como fuere el sentimiento que nos despierte la sandalia, hay que reconocer su milenaria estancia entre la humanidad, su práctico uso en los días aciagos, o su elegancia en las fiestas de jardín. Este calzado además de haberse usado en los pies de las primeras civilizaciones: egipcios, griegos, romanos, hindús; también fue nombrado de modo muy similar desde esas épocas hasta nuestros días. La voz sandalia parece no haber cambiado mucho, ni morfológicamente ni en su fonética, ya en los helenos nombraban a este calzado como: σανδαλιον (sandalion) –no tiene nada que ver con una sandalia grande–, y en la antigua roma este sustantivo pasó a: sandalium, de donde provino más directamente la palabra sandalia. Además de ser una palabra tan común y perdurable por años, también tiene una carga simbólica fortísima, puesto que el tener sandalia es tener soberanía, quien se descalza en un ritual se despoja de su materialidad, usar sandalias en otro sentido, es ser más del limo, sin que esto sea humillación, sino humildad. Hay sandalias de un costo bajísimo, incluso fáciles de elaborar, custumizadas, y las hay de elevado precio, como las que vende la firma The House Of Borgezie, por 300,000 euros. Finalmente, la sandalia es hoy un rasgo de discriminación, pues mientras las mujeres pueden asistir cómodas y frescas al trabajo usando sandalias, al hombre se le ve raro o es juzgado al llevar puesto cierto tipo de calzado abierto. La mujer con sandalia es elegante, sensual; el hombre con sandalia es fodongo, informal.