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Autoridades y delincuentes, poca diferencia

Ignacio Betancourt

N uevas versiones circulan sobre la inadmisible acción de la Secretaría de Cultura al disponer de un bien público (la concha acústica de la colonia Industrial Aviación) para otorgarlo en comodato al párroco de la iglesia de la Santa Cruz. Según datos filtrados por alguien de la propia Secult, el latrocinio ocurrió gracias a la intercesión de un pederasta prófugo, sí, del mismísimo y muy católico padre Córdoba, quien personalmente “conminó” al gobernador Toranzo (hará cosa de dos años) a entregar dicho lugar a su iglesia (y a Dios); así que fue el propio gobernante quien ordenó a la sumisa Secult entregara a la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana un bien público, una concha acústica utilizada por los habitantes del lugar para la celebración de cotidianos eventos artísticos que dejaron de realizarse. Una pregunta obligada: ¿qué hace ahora el párroco en dicho foro? ¿misas? o tal escenario ¿ya se ha vuelto baño público? Si los propios afectados guardaron silencio ante el atropello cualquier pregunta es válida ¿Amenazaron con la condenación eterna a quien se opusiera a las gestiones del padre Córdoba? ¿Se apareció en el centro de la concha una virgen pidiendo ese lugar para su propio culto?

Para el próximo sábado 23 de mayo a las 12 horas en la calle de 5 de Mayo 610 (Centro Histórico) el Colectivo de Colectivos del Centro Cultural Mariano Jiménez anuncia su tercera y última mesa “Votar o no votar, por qué y para qué? Vale la pena insistir, no se trata de ningún evento proselitista, es simple y llanamente una instancia independiente de reflexión ciudadana en torno a asuntos que le conciernen a quienes están en edad de participar en un proceso electoral. Que el ciudadano decida a partir de la más amplia información cómo actuará, hay intereses muy nefastos aleteando sobre el botín gubernamental-empresarial-delincuencial de los próximos nueve años ¿Aún habrá país en 2024?

Ahora, va esto parecido a un cuento pero que no lo és. Cierta persona me contó que hace unos días fue a la llamada “plaza de la tecnología” (a media cuadra de la plaza de Armas) a comprar un toner para su impresora y al ingresar, casi sin sentirlo fue conducido por un grupo de adolescentes y jóvenes al local 27 de dicho espacio, ahí le vendieron un toner barato disfrazado de nuevo pero inservible, cuando volvió a reclamar por el encubierto robo fue amenazado por un sujeto que desde el interior del local 27 amagó con salir a golpearlo con un fierro que tenía a la mano, a castigar la “grosería” de reclamar por el robo que le estaban haciendo. Ninguna prepotencia nace por generación espontánea, en dicha plaza florece una próspera complicidad entre autoridades y delincuentes, palabras estas dos que cada vez más confunden su significado (pruebe a sustituir un término por otro y verá que siempre son equivalentes).

Todo esto ocurre diariamente a diez metros de Palacio de Gobierno, la impunidad se aposentó a su lado (o ¿se contagió?); hoy, en esta ciudad “criolla y culta” salir a comprar un toner puede ser algo trágico para el despistado que ose internarse en esa fauna delincuencial disfrazada de comercio (no todos los locales son igual de nefastos, también habrá vendedores honestos), pero algunos lugares de la entrada principal de esa llamada plaza de la tecnología están tomados por vendedores de piratería inservible, la narración sugiere que cuentan con la complicidad de todo tipo de autoridades. Y va otro pequeño cuento sobre el mismo sitio (que no es invento porque también fue real), es el de una segunda persona (¿tú?) que tuvo la mala suerte de pagar su compra, en la misma plaza, con su tarjeta de crédito: sí, se la clonaron.

Luego de escuchar las referencias anteriores me pregunto ¿cuantos ciudadanos habrán sido víctimas de tales atracos, o similares, y han permanecido en silencio? Si frente a cada abuso, por mínimo que sea, cometido por comerciantes o funcionarios o autoridades académicas, los afectados denunciaran todo y difundieran e hicieran público su señalamiento en donde sea y a la hora que sea (lo cual desagrada a los perpetradores pues ellos prefieren la discresión y los buenos modales), sería probable que disminuyera la impunidad de las agresiones cotidianas vengan de donde vinieren, o por lo menos se conseguiría que el anonimato de los transgresores se diluyera al señalarlos públicamente, a ellos, tan acostumbrados como están al ocultamiento que el miedo o la indiferencia de sus víctimas le otorga a su delincuencial tradición.

Entrando a los sucesos de la historieta de El Colegio de San Luis y el reclamo a la Dra. Isabel Monroy por el abuso que en contra de mi persona intenta consumar por estas fechas, diré que realizo investigación literaria en dicha instancia desde hace 18 años; habló de mi caso personal por entender que el abuso se reitera en buena parte de universidades y centros académicos (con más frecuencia de la que uno supondría); finalmente el próximo martes 19 de mayo (luego de cinco semanas de haber presentado mi denuncia ante la titular del Órgano Interno de Control del Colsan) fui convocado a una reunión a la cual se me pidió cortesmente que asista solo; ya en la próxima columna se contarán algunas de las peripecias del institucional encuentro. Un título apropiado para la historieta bien podría ser: “El arte del eufemismo como ocultamiento de lo atroz”, o algo así. Ya existe una propuesta de conocido caricaturista que ofrece sus servicios para narrar en comic las vicisitudes de tal periplo. La impunidad obnubila a los impunes, la prepotencia es siempre mala consejera (preguntad a Goliat o al PRI).

Del poeta francés Victor Hugo (1802-1885) va un fragmento de su poema titulado “Escrito en 1846”: (…) Y ante mi se alzó el mal, poderoso y jocundo,/ lleno de robustez, triunfador; yo tenía/ una sola ansiedad, deseaba ser justo;/ como cuando se prende a un ladrón de caminos,/ justiciero indignado, yo cogí por el cuello/ al corazón humano, y le dije: ¿Por qué/ esa hiel y esa envidia, ese odio? Y entonces/ registré los bolsillos de la vida; encontré/ dentro de ellos el luto, la desdicha, el hastío,/ Vi que el lobo decía devorando al cordero:/ me ha propiciado un agravio. Como vi a la verdad/ que cojeaba, al error encumbrado por todos,/ mientras los hombres lapidaban toda clase de ideas./ Vi reinar, ay, la noche, y vi a Cristo y a Sócrates,/ a Jean Huss y a Colón, que llevaban cadenas;/ los prejuicios comparo a las zarzas que en plena/ soledad uno rompe para abrirse camino;/ todos se alzan entonces con el fin de morder,/ ¡Ay de aquel que es apostol, desdichado el tribuno!/ Se cuidaron muy bien de ocultarme la historia;/ yo leí, comparé con el alba la noche,/ porque aquel año fue –vos temblasteis entonces-/ lo que tuvo que ser, lo que el tiempo ya nunca/ volverá a repetir, el fulgor de la sangre/ que se mezcla en la aurora. Pues las revoluciones/ que se vengan de todo, nos dan bienes eternos/ / en su mal pasajero. (…)