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Molestar a tu madre

Luis Ricardo Guerrero Romero

Tengo más de tres años que no como un mango, y más de 26 años que no voy y rento el valor carnal de una puta. Hay cosas que llegando a cierta edad resultan ser desiertas y más aún desaciertas. De aquel sujeto perdulario poco o nada queda ahora. Hoy mis exigencias son otras: importantes tareas como el recoger por las casas saludos. Decidí esta vocación de ir a saludar casa por casa cuando mi inconsciente me traicionó una madrugada, yo bebía un seco mezcal con entereza mientras redactaba peticiones a la gente que nunca conocería. Ya saben ustedes a qué me refiero, a todos nos ha sucedido que nos gustaría conocer a distintas personas, pero las circunstancias jamás permitirán que eso acontezca, entonces escribes, escribes como una forma de ir haciendo camino para el encuentro. Mi inconsciente lo sabía. El inconsciente en gran medida es la parte más consiente de todo hombre. En fin, la cosa es que aburrido un tanto de escribir, pero no así de pensar, esa noche me paré de mi escritorio que almacenaba todas aquellas peticiones de la gente que todavía no conozco y salí de mi casa. Creí que lo más prudente era comenzar mi vocación de saludador a domicilio en aquellas colonias que jamás había visitado, así fue como tomé un par de urbanos y llegué a mi destino. Tocaba puerta por puerta al estilo del más devoto mormón o abonero (ambos tienen un ritual sagrado y pactado con alguna entidad protectora), en vistas a que saliera algún extraño y me externará un: “qué se le ofrece”, “ahorita no gracias”, “a quién busca”. Tuve respuestas favorables, personas que parecían estar esperando el surgimiento de mi vocación de saludador, yo no iba a venderles fe, ni a cobrarles almas. Mi vocación auténtica consistía en saludar a la gente extraña, era brindar una plática a aquel necesitado de escucha, socializar sin pretensiones. Yo fui un saludador a domicilio que se había abstenido de comer mango desde hace tres años y que había dimitido a la renta de puntas desde hace 26 años. Era parte del sacrificio de este noble llamado a saludar a la gente desconocida.

Con el tiempo reuní 21 discípulos que comulgaban mi palabra de saludador: la fórmula era sencilla: “que tal señor (a), sólo vengo a saludar, no le quitaré mucho tiempo, cuénteme cómo le ha ido”. Las respuestas eran providenciales, muchas personas querían que fuéramos a sus hogares a saludar, aunque sea unos minutos. Entre mis educandos y yo llegamos a saludar a los habitantes de más de 69 colonias distintas, en algunas fuimos mejor bienvenidos que en otras. Nuestra fama como saludadores a domicilio fue exponencial. Saludar nunca había sido tan bien redituable y con frecuencia las conversaciones terminaban con un: “ve y molesta a tu madre”. Nunca supimos interpretar tal encargo, los saludadores como yo íbamos a desembocar tal incertidumbre con nuestro mentor supremo, un hombre barbado y saludador que entre los pasillos era llamado alienista por sujetos ajenos a nuestra confraternidad. Él también es un saludador a domicilio, pero nunca ha querido salir de la colonia en donde la mayoría de nosotros residimos. Hay gente como el alienista, que no desea superar su vocación, pero quizá algún tipo de ayuda profesional logre en él ser una persona más integra.

Ir a molestar a la madre… hay de verdad tanto que decir sobre esta expresión eufónica. No obstante, aquí sólo indicaremos algo sobre la idea de molestar. Algo que sin duda para este grupo de saludadores no era claro. Molestar, es molesto; que definición tan rara. Molestar es pesado, incómodo, es una carga: molem invidae sustinere (soportar el peso abrumador) decían los romanos. El verbo molestar viene del latín moles: masa pesada, piedra incómoda. Lo que resulta molesto es fatigoso, molestar, ser atosigado por la mole. De igual modo, los helénicos distinguían tal idea a partir del adverbio μολις (molis): con trabajo y fatiga. Molestar fue la unión de moles-estar, estar fatigosamente en algún asunto. Al expresar que tal o cual cosa es molesta, sin duda es un ejemplo de que algo es difícil de llevar, lo difícil, di-fácil: sin facilidad, fácil< hacil< hacer. Era molesto para los escuchas de aquellos saludadores el abrir las oficinas del manicomio, así que mandaban a molestar a sus madres a los llamados saludadores domiciliarios. En breve podemos entender que ir a molestar a la madre, es ir a hacerle difícil el momento a quien tanto nos ama. Que hagamos pasar un rato molesto a alguien, es, en síntesis, dificultarle la vida.