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Mucho rollo, poca propuesta

Carlos López Torres

C omo si el tiempo se hubiera detenido en San Luis Potosí, uno no deja de observar que las maneras y formas de hacer campaña, que el tradicionalismo electoral, permea las campañas políticas sin creatividad alguna, con escasa imaginación, dejando que la mercadotecnia finalmente haga la labor de convencimiento frente a un electorado que se limita a escuchar las mismas promesas, los reiterados compromisos de siempre que no llegan al fondo de las verdaderas causas del evidente estancamiento de este solar potosino.

Uno supone que bajo el brazo, los candidatos y asesores que integran el primer círculo de los aspirantes a obtener los cargos en juego en los tres niveles de gobierno, tienen un diagnóstico real, preciso y autocrítico del atraso, los motivos y las políticas que han impedido ya no digamos el desarrollo del estado, sino el mantenimiento de un ritmo aceptable de crecimiento.

Sin embargo, como en todos los países con evidente atraso político, los contendientes a puestos de elección se limitan a enunciar algunas medidas correctivas de los “errores personales” o de las desviaciones económico-políticas, que explicarían según los aspirantes a gobernar en este caso nuestro estado, los graves problemas que padecen los electores, algunos sectores y clases pobres que llevan años creyendo en ese mito del cambio sexenal o de trienio, mediante el cual se mantienen ciertas expectativas en la población a efecto de seguir reproduciendo el viejo modelo y el poder, para quienes se han constituido en la llamada clase política que se alterna sin producir cambios significativos. San Luis ya ha vivido esa experiencia, ni modo de hacerse como el tío Lolo.

No es suficiente con reconocer el valor que tiene la participación ciudadana. Estamos concluyendo el ejercicio de quien se nos vendió como candidato ciudadano hace seis años, aunque en la práctica demostró que no era tal, sino uno más de esos priístas que al amparo del poder, del silencio cómplice de los beneficiarios y partidarios, se dedicó a llevársela suavemente con un pasito para adelante y dos para atrás; aplicando la política al estilo de los perros de rancho… nomás el de adelante sabe a qué le ladra, los de atrás sólo hacen bola, según el dicho del filósofo de Güémez.

El resultado de la manipulación del término ciudadano, usado sólo como recurso retórico de coyuntura, sobre todo electoral, sin alentar en realidad la participación en la toma de decisiones, como ha venido ocurriendo según se refleja en la aprobación de leyes, presupuestos, realización de obras, etcétera, no deja de ser más que una tomadura de pelo, de cuyos resultados luego nos asombramos aunque no nos atrevemos a decirlo o señalarlo ni siquiera en las campañas electoreras.

¿Cómo asegurar mejor seguridad sin señalar las evidentes omisiones, ineficiencias, ineficacias y corruptelas de las corporaciones estatales encargadas de garantizarla?

¿Cómo mejorar la educación y garantizar el desarrollo humano con un sistema educativo sobreusado política y financieramente, a cambio del otorgamiento de una serie de prebendas y posiciones al sindicalismo corporativo?

¿Cómo acabar con el flagelo de la corrupción institucionalizada si hacemos mutis una y otra vez, frente al escándalo del derroche y el uso discrecional del erario? Las preguntas que se hace el electorado tienen que ver con estos problemas de la cotidianidad, aunque las respuestas de los políticos que cada vez convencen menos, siguen siendo abstractas.