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Luis Ricardo Guerrero Romero

Incólume, tranquilo y sin presiones, así es que me gusta trabajar. Muchos de mis allegados me dicen que a mi edad aún puedo conseguir mejor trabajo, pero me gusta lo que hago, incluso he pensado que este oficio es vital para la sociedad, el país, el mundo. Además, ya tengo planes para formar un gremio con quienes nos dedicamos a este arte-labor. No me importa que mis hijos y mi esposa me tachen de poco emprendedor, si hasta ellos alguna vez han requerido de personas que, como yo, estamos al servicio de aquella urgencia, presentes en ese momento en que más se necesita un amigo desconocido que te salude amablemente y te proporcione cambio para que el torniquete gire.

A mis 35 años me siento orgulloso de haber perfeccionado las técnicas del doblado del papel, también sé calcular con precisión cuántos cuadritos puede usar tal o cual persona, con tan sólo ver su semblante o su forma de llegar a la recepción de los baños públicos en donde desempeño mi labor. Tengo por supuesto desarrollado el sentido del olfato y mi audición logra identificar si algún cliente está enfermo de gravedad y le quedan pocos días de vida. Todo eso y más he desarrollado, y me siento feliz de estar festejando mis seis años de trabajador en el doblado y entrega de papel higiénico.

Como comentaba, a pesar de que tantos beneficios doy a quien acude a mí por unas cuantas vueltas de papel, hay en mi familia y amigos quienes con escarnios, desdenes, e insultos se dirigen hacia mí por no buscar otro tipo de trabajo. Pero no voy a cambiar este empleo en donde tanto he aprendido sobre el ser humano, y, sobre todo, en donde me siento tranquilo al dar paz y seguridad a los demás. Lo único feo del asunto es que tengo un horario de salida, pues me encantaría quedarme allí en las madrugadas por si hubiese algún defecador impaciente, o alguna dama con ganas apretadas entre piernas a los cuales apoyar con una sonrisa y una porción adecuada para su aseo anal, íntimo, o de cualquier índole execrable.

No volvería a mi antiguo trabajo de catador de vinos, ese trabajo sí que era feo.

Lo feo de un trabajo o de otro, lo feo de un aspecto o de otro, lo feo en sí, es suerte de un esteta resolverlo, y pericia de éste explicarlo. En el relato anterior, nos damos cuenta de que hay ciertas cosas que pueden ser feas relativamente para una u otra persona. Pero lo que no debe ser relativo será entender qué es eso de lo feo, al menos saberlo en cuestión de nuestro idioma.

Así es que pronto distinguimos que, al estar hablando de lo feo, nos topamos con un adjetivo que nos indica algo sobre un ente, asimismo sabemos de hecho que lo feo es antónimo de lo bello, y es aquí donde las cosas se vuelven difíciles de entender. De tal modo que nos quedamos con la palabra feo, la cual tiene su origen en la voz latina: fœdus (fedus> fedos> feo), y nos describe algo repugnante, horrible, sucio. Como puede ser un trabajo, una acción de lesa humanidad, un rasgo de un objeto, una canción de reggaetón, o lo que deseemos. Por ejemplo, un trabajo feo como ser catador de vinos.