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¿Por qué no: Procesión del Reclamo?

Ignacio Betancourt

¿Qué puede significar el que en un tiempo de justos reclamos y digna gritería, en la ciudad de San Luis Potosí un evento de gran relevancia se llame Procesión del Silencio? ¿Por qué no: Procesión del Reclamo? Una pregunta que cada vez se escucha con más frecuencia es: ¿por qué la celebración del Jesús torturado, secuestrado y asesinado y no la del Jesús indignado contra los mercaderes? ¿Por qué en el tiempo del oprobio y la depredación humana ha de ser el silencio expresión prominente? ¿A quienes beneficia la sumisión colectiva? Si no es el silencio lo que requieren los oprimidos ¿por qué su exaltación? Imagino una inédita procesión del no silencio. Mejor sería que en vez de la parafernalia masoquista con cristos torturados y vírgenes llorosas, desfilaran hombres y mujeres del presente con su penar actual y su dolor de hoy (y su esperanza). Mejor sería que en vez de encapuchados encubiertos con deslumbrantes telas, miles de desempleados, de gente sin hogar, de comerciantes ambulantes, todos ellos con el rostro descubierto desfilaran vendiéndose a sí mismos o algo similar. Ante la multitud entonarían a coro su inmolación: “compren nuestros ojos y nuestros oídos, compren nuestras piernas, nuestros brazos, nuestros manos y nuestros pensamientos, queremos desaparecer como es su deseo, ya no queremos afear más la belleza de plazas y jardines”. Y bajo sus ropas de trabajadores desempleados irían pensando en silencio: “queremos contribuir a forjar la apariencia de que en esta ciudad no hay pobreza y que hay buenos empleos para todos. Que las plazas y los jardines de la ciudad luzcan en todo su esplendor, como si habitáramos en un entorno en donde todos han resuelto sus necesidades elementales. Como si viviéramos en una ciudad donde la corrupción no existe, donde la impunidad sólo es un mal recuerdo y en donde justicia y equidad se imparten a raudales cada día”. Que hermosa habría de verse una procesión de nazarenos indignados y vírgenes sin llanto. Sí, ya se sabe, no se trata de convertir en una inútil manifestación política la mayor exhibición de sepulcros blanqueados en la localidad, simplemente se trata de imaginar la actualización (y dignificación) de una manera de existir que seguramente resultará siempre ingrata ante los ojos de cualquier dios (si los dioses pudiesen mirar).

Y también en esa inédita y fantasiosa procesión del no silencio podrían marchar policías y soldados con sus tradicionales uniformes, sólo que deshilachados y con manchas de sangre (hay que estar a tono con la fatídica conmemoración). Marcharían con vigor, golpeándose a sí mismos con las macanas y con las cachas de sus armas (algo de lo que con tanto entusiasmo administran a los ciudadanos); que nada escape de su condición ritual, un viernes santo no es un viernes cualquiera, todo sea por incrementar el número de visitantes y que la ciudad tunera figure como destino turístico de miles de piadosos viajeros. Mucho habrían de lucir en esa inédita procesión algunos centenares de ancianos y ancianas, de esos que hoy deambulan en próspero abandono por las calles de la ciudad, viejitos y viejitas avanzando a duras penas, ellos sí con coronas de espinas sobre las canas, cojeando o arrastrándose no importa (todo sea para satisfacción del turismo), rememorando las torturas del nazareno, pero sin disfraz y en carne propia (todo entre castizos gorgoritos y neo colonizadoras “saetas”). Qué encomiable para la piadosa potosinidad tal espectáculo, una mezcla tragicómica de arte y dolor cristiano (seguro se duplicará la asistencia de espectadores para el próximo año). De esa manera la llamada Procesión del Silencio ya no será la segunda en importancia mundial (sólo atrás de la procesión de Sevilla, en España), seguramente sería la primera; seremos la vanguardia en la normalización de la tortura como tradición histórica. No en cualquier pecaminosa manifestación vacacional muere en verdad la gente, aquí nuestros abandonados viejitos irán directo al cielo en cuanto cierren los ojos para siempre frente a la fervorosa expectación de los turistas que tantas divisas entregan al Estado (todo en abono de sus devotas preferencias).

Por ahora y en señal de cordialidad a la católica devoción local de “curros” y “bárbaros” no se hablará más de temas santos, aunque sí señalaremos que el semanal asunto de esta columna: las atrocidades de la Secretaría de Cultura en contra de la ciudadanía (en el emblemático caso del Centro Cultural Mariano Jiménez) será traído a colación próximamente; no deberá olvidarse este conflicto que en siguientes semanas entrará en su fase jurídica evidenciando la incapacidad burocrática para respetar compromisos con la ciudadanía. En este lamentable caso un sujeto de nombre Alfredo Narváez Ochoa, impuesto por Armando Herrera (secretario de Cultura en el estado) como “encargado” del Mariano Jiménez, desde hace más de un mes agrede impunemente cualquier iniciativa ciudadana representada en este contexto por el Colectivo de Colectivos, quienes por cierto, invitan para este domingo 27 de marzo al concierto con que se clausura el homenaje al fallecido músico Ramón Nieto; participa la extraordinaria agrupación musical (cubano-mexicana) “Son los que son” a partir de las ocho de la noche en el Centro Cultural Mariano Jiménez (5 de mayo 610, centro). La entrada es gratuita y pese a todo, lo organizan los ciudadanos a través del Colectivo de Colectivos.

Y para no desentonar con la temporada, va un fragmento de Job, libro del Antiguo Testamento que entiendo contiene si no el más antiguo poema contra el autoritarismo, sí uno de los más antiguos (algunos miles de años); se desconoce si fue obra de autor individual o es una construcción colectiva y anónima, pero la dignidad de sus reclamos es algo que más allá de la belleza formal del lenguaje permanece como uno de las más justos alegatos contra la impunidad del poder. Van, del Capítulo 21 dos fragmentos, del versículo 5 al 16 y del 22 al 26: ¿Cómo es que viven los impíos,/ se prolongan sus días y se aseguran en el poder?/ Su prole persiste con ellos a su presencia/ y tienen ante sus ojos a sus retoños./ Sus casas están en paz, no hay en ellas temor,/ no cae sobre ellos la vara de Dios./ Sus toros fecundan y no languidecen,/ y sus vacas paren y no abortan./ Sacan fuera a sus pequeños cual rebaño,/ y sus niños saltan de contento;/ bailan al son del tambor y la cítara/ y saltan al son de la flauta./ Pasan sus días placenteramente,/ y tranquilamente bajan al sepulcro en su momento./ Y eso que decían a Dios: Apártate lejos de nosotros,/ no queremos saber de tus caminos./ ¿Qué es el Omnipotente para que le sirvamos/ y qué provecho sacamos de rogarle? (…) ¡Quién es el que puede enseñarle a Dios sabiduría,/ a Él, que juzga a los más altos?/ Muere el impío en plena prosperidad,/ cuando todo florecía y estaba en seguro,/ cuando estaban sus lomos cubiertos de gordura/ y bien regada la médula de sus huesos./ Muere el oprimido en medio de la amargura de su alma,/ sin haber gozado de bien alguno./ Y con todo, juntamente yacerán en el sepulcro,/ y a uno y a otro los recubrirán los gusanos. (…)