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No sucumban ante las súcubos

Luis Ricardo Guerrero Romero

R ecuerdo con un poco de memoria y un tanto de reminiscencia, que ante las adversidades o tentaciones que un simple mortal pudiera sufrir; el consejo permanente de los padres era la exhortación: ¡no sucumbas ante la tentación!, ¡no sucumbas ante la adversidad! En realidad no es sencillo no sucumbir, no todo mundo desbasta la piedra bruta, hay quienes eligen no ser libres ni de buenos principios, debido a que no es fácil pasar de largo ante las tentaciones o bien no resulta sencillo evadir la seducción de una figura divinamente diabólica, voluptuosa y desbordantemente lasciva. Lo anterior lo digo a causa de que la palabra sucumbir guarda relación con las personificaciones que antiguamente se denominaron: las súcubos, y su complemento sexual los íncubos.

Primero, recordamos que los íncubos eran genios del jolgorio y costumbres de la antigua Roma, de ellos se decía que por las noches aprovechaban el descanso de las mujeres para poseerlas y hacerlas suyas en un acto místico sexual, y segundo, recordamos que la suerte de los hombres era jugada por las súcubos mediante la polución en un sueño terrible, o bien maravilloso según el cariz de cada individuo.

La palabra sucumbir se generó del latín sub, de bajo y cubo, estar echado o tendido (la figura más cercana a esto es la cruz que al juntar sus caras forman un cubo); echarse y adentrar, gran analogía con el acto genital-sexual, de allí que las figuras de los íncubos hacen referencia a la acción de algún duende que al término de la pesadilla genital-sexual en una mujer, dejaba un sombrero de copa cónica alusivo al falo. En los hombres romanos las pesadillas eran protagonizadas por las súcubos, personificaciones sensualmente diabólicas, que buscaban en los sueños de los hombres la virilidad, las súcubos tomaban el semen para poder crear héroes o demonios, la polución era el fenómeno que aseguraba el rapto de la víctima en sueños.

Estos ejemplos fueron los argumentos que en la época del medievo se suscitaron para responder al fenómeno de la polución (vulgarmente sueños húmedos) ya que las súcubos también podían estar de modo físico con su víctima y extraer su sangre, es decir chupar su “alma”, (el basar es la sangre según la cultura hebrea) En latín, succo-onis significa chupador o chupadora y en la mitología griega también las súcubos responden a la historia de Θέτις (Tetis), de quien se afirma según Grimal, que en forma de súcubo obtiene a Peleo robándole su fuerza viril (el semen).

San Agustín, en De Civitatae Dei, cap. XV, nos habla del fenómeno de sucumbir al exponer la vida de los primeros hombres −bíblicamente dicho.

No es tan fácil no sucumbir ante la tentación, pues la misma palabra sucumbir es sinónimo de una vida crápula, por eso para no consentir las tentaciones explicamos que sucumbir viene del latín succumbo, caer de bajo de, ceder ante una acción o destino, quedar abatido y entregado ante las piernas de alguna súcubo, que al igual que los íncubos, su nombre nos explica el acto de estar tirado o acostado en cama, ceder ante la acción de una súcubo o un incubo, es languidecer en bruces.

Por extensión y mal empleo a las prostitutas se les ha dicho súcubos, ya que se sucumbe ante el servicio que venden. Así que es mejor sumarnos a la idea de Voltaire, que en su libro De promotione, habla de las diablas o súcubos y finaliza diciendo: “Nunca hubo imperio tan universal como el del diablo; pero sin embargo, lo destronó la razón”.

L.ricardogromero@gmail.com