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¡Nocaut…!

Óscar G. Chávez

A Ernesto Ochoa Guerra por el afortunado cambio
que la práctica arquitectónica ha dado a sus ideas de juventud.

E l rumbo se va diluyendo en lo presencial y en lo imaginario. Segunda calle del antiguo Camino Real a Zacatecas; a principios del 1900 la manzana se hallaba limitada al norte por la calle de la Matanza de Guanamé; al sur por la de la Huerta de Soria; al oriente por la del Ojo de Agua y al poniente por la del mencionado camino. Es la cuadra de los doscientos en la numeración actual; hoy las calles han perdido su nomenclatura antigua, ya no son aquellas, sino las de Fausto Nieto, Nicolás Zapata, Mariano Matamoros y Pedro Moreno.

Es la segunda calle de Pedro Moreno; ambas aceras ofrecen poco atractivo al transeúnte ordinario. La del poniente hoy se encuentra integrada por la escuela Mariano Jiménez, anexa a la Normal del Estado; luego –calle de Víctor Rosales de por medio– una escuela de mecánica especializada en motocicletas, una agencia de seguridad privada y una serie de pequeños comercios. La acera frontera, la oriente, se halla formada por locales comerciales, el edificio del Casino STIC; una serie de pequeñas casas habitación, todas de fachadas idénticas; vienen en secuencia los restos de antiguas naves industriales que hoy alojan un comercio de tapices, una escuela para estilistas –de belleza, dicen pomposamente sus educandas–; una refaccionaria y una venta de productos sanitarios. Casi todo me es ajeno.

No sé cuántos de los que transiten esas cuadras se hallarán familiarizados desde siempre con el entorno; es una zona de ascenso y descenso de camiones urbanos; de paso obligado para muchos de los derechohabientes del Seguro Social de Zapata; de estudiantes de la secundaria Jaime Torres Bodet; de automovilistas que van del centro al norte de la ciudad y viceversa.

Nadie habla hoy del viejo estanquillo blanco de El Manager –ubicado en la esquina norponiente de Pedro Moreno y Nicolás Zapata–, del taller de torno de Blas Juárez; de la vitalizadora neumática de Armando Gutiérrez; de la planta de INFRA. Pocos recuerdan ya estos referentes; la actual extensión de la ciudad a la par con su crecimiento poblacional ha creado nuevos rumbos, nuevos referentes, nuevas rutas. Aquellos nombres sólo existen en la memoria de los viejos vecinos del rumbo o en aquellos que nos negamos a desprender de nuestros imaginarios los elementos que nos fueron cotidianos en algún momento. El viejo San Luis es sólo recuerdos que se evaporan frente a la resolana de uno nuevo, anárquico y voraz.

El edifico que albergó por años las oficinas del STIC (transformado por el hablar común en ESTIC, hipocorístico del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica) ejemplo de la arquitectura potosina dentro de la corriente funcionalista, fue construido entre los años de 1950 y 1955; era gobernador del estado Ismael Salas Penieres. Una placa de bronce en su interior recuerda la fecha de su inauguración: septiembre de 1955; vale la pena mencionar, que es de las pocas placas existentes en la ciudad en las que aún se puede leer el nombre de Gonzalo N. Santos. Recordemos que el movimiento navista en medio de aquella euforia antisantista, retiró en la capital casi la totalidad de aquellas en las que aparecía el nombre del cacique. Me vienen a la mente, más la referida, las de la Normal del Estado, Palacio de Gobierno, y Teatro de la Paz.

Cansado resultaría enumerar y leer la cantidad de eventos que en él se llevaron a cabo, bástenos recordar que en sus años de auge, en sus instalaciones se dio cita una gran mayoría del componente social de la capital; asistieron a los eventos en él realizados familias de apellidos altisonantes, pero de vieja raigambre en el solar potosino, lo mismo que ciudadanos de cédula cuarta. Quizá no hubo homogeneidad en los eventos ya que siempre se ha observado una marcada estratificación social, sin embargo sí constituyó un punto de reunión vinculado al discurrir de los espectáculos en la ciudad.

Las funciones de box y lucha libre en la Arena Coliseo –ahí albergada– fueron una realidad aparte, y lo que los espectáculos musicales no lograron, éstas sí lo hicieron; la mezcla era general y –aunque conservando el nivel de la gradería– ahí fue posible observar personajes de todos los niveles que en catártica actitud exigían ver sangre o enardecidos exclamaban al observar un preciso gancho en forma de recto a la zona hepática. Quién de los que vivieron la adrenalina generada en el espacio del cuadrilátero han olvidado las recurrentes frases de: ¡quiero ver sangre! ¡pues vete al rastro! o aquél pintoresco y cautivo concurrente que en frenética exclamación indicaba ¡a la nariz, a la nariz, a la pinche nariz!

Testimonio plástico de aquellas escenas de máscara contra cabellera nos dejó la talentosa pintora escocesa Fiona Alexander –madre del actor Diego Luna– avecindada algunos años en esta ciudad; y que en aquellos violentos encuentros resaltaba en la gradería por su belleza, estatura y energía de sus gritos.

El espacio fue también centro de enseñanza de lucha libre y en los pasillos de la huerta se practicaba el arte del pugilismo. Recuerdo de una manera entrañable a un enérgico y viejo maestro de box, que a pesar de haberse retirado de la enseñanza del deporte, regresó en algún momento a enseñar a dos de sus nietos –de nueve y cinco años de edad–, las habilidades del pugilismo, para que al menos aprendieran a defenderse; eso posibilitó su regreso a transmitir sus conocimientos y logró formar todavía unos cuantos buenos boxeadores.

¡Diez! gritaba en los entrenamientos, al restar la misma cantidad de segundos al ejercicio que se practicaba; al escucharlo se arreciaba la intensidad del golpeteo a la pera loca, a la pera de vista –o de tablero–, al costal; a los ejercicios de sombra o al salto de la cuerda. ¡Tiempo! Venía el descanso y el consabido: ¡Haga bien las cosas cabrón! ¡Yo no entreno mediocres! Algunos desertaron, otros al parecer triunfaron; la energía de los constantes regaños no la soportaba cualquiera.

Los bailes de las tocadas sabatinas en la huerta del Estic eran otra cosa, jóvenes de colonias populares abarrotaban el espacio para dar rienda suelta a los cadenciosos movimientos de la cumbia o de la banda. Tardeadas inofensivas en las décadas de los ochenta y noventa, que en la primera década de los años dos mil, dieron paso a reuniones de darquetos y otros grupos urbanos.

Hoy se sabe que el edificio del Centro Social Cinematografista será demolido en aras de un progreso mal interpretado en prejuicio de un pasado nunca comprendido. El trasfondo del hecho no es en definitiva el recuerdo del espacio en el memorial de algunos; tampoco lo es la desintegración de los sindicatos a partir del sexenio salinista; menos supongo, la cantidad de agremiados con que cuenta este sindicato, o los costos de su mantenimiento, salarios de personal y operatividad. Es al aparecer el destino de la mayoría de los edificios del siglo XX, que en algún momento constituyeron un referente arquitectónico en la ciudad de San Luis Potosí.

El acto destructivo será determinado por otra situación, que no es sino una constante presente en la totalidad de este tipo de hechos: la ausencia de una ley que en materia de patrimonio arquitectónico moderno y contemporáneo, logre proteger y garantizar la conservación de este tipo de inmuebles.

El edificio del STIC es sólo una muestra más, que viene a sumarse a una enorme lista de edificios propios de un momento histórico y de una forma de expresión arquitectónica que hoy ya no existen. Que a los que nos tocó conocerlos y valorarlos hemos logrado conservar en referentes personales o mediante experiencias colectivas; sin embargo las futuras generaciones ya no sabrán de ellos en muchos casos ni siquiera por fotografías o levantamientos arquitectónicos.

La realidad es que nos encontrarnos inmersos en una sociedad mezquina a la que poco o nada importa aquello que no pueda ser traducido o convertido en un valor monetario; los grandes corporativos inmobiliarios han sabido sortear los absurdos obstáculos del valor subjetivo de los inmuebles y han llegado de una manera directa a los propietarios de éstos, para hacerles ver que reditúa más una finca demolida que una serie de espacios constructivos, pletóricos de recuerdos o de valor histórico-arquitectónico. Y es lógico, de ellos no se come, de ellos no se vive.

Sin embargo, por otro lado, y sin deseos de justificar los actuares anteriores, es necesario poner el dedo en los responsables directos: autoridades culturales que han dejado de lado, por considerarla ociosa, la elaboración de iniciativas de ley que vayan encaminadas a lograr una protección integral a estos inmuebles. Es evidente también la abulia total de un cuerpo legislativo que encuentra más satisfacción en obtener declaratorias fast track a manifestaciones culturales sin sentido o a tradiciones bárbaras que no constituyen algún beneficio en el entorno patrimonial; eso sin considerar la ausencia total de una representación del Instituto Nacional de Bellas Artes que se ocupe de la protección de estos inmuebles.

Así la pérdida de este edificio, ejemplo arquitectónico de una época, de un núcleo social y laboral y de la mentalidad de un discurrir histórico, vendrá a contribuir con un nombre más a la lista de edificios destruidos de manera irremediable y mediante frenética saña, durante las primeras décadas del siglo XXI. De no ponerse un alto en este momento, la lista continuará incrementándose y pronto nos convertiremos en una ciudad sin elementos arquitectónicos identativos, que nos permitan mostrarnos como un referente con raíces propias y como una sociedad preocupada y consciente de la conservación de su patrimonio.

El edificio se encuentra en su último raund, sin embargo los momios ya están en su contra; a pesar levantarse tras la cuenta de protección del referee sabemos que se encuentra derrotado. El contrincante espera paciente en la esquina neutral, sabe que en cualquier momento de los siguientes tres minutos el golpe mortal será asestado al STIC, a la arquitectura, a la historia. El dinero logró un certero nocaut.

#RescatemosPuebla151