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Nominalismo posmoderno

María del Pilar Torres

Los filósofos nunca llegan a nada. Al menos es la crítica casi generalizada que he escuchado prácticamente por todos lados. Entiendo perfectamente que la filosofía –que se caracteriza por la búsqueda de la verdad– pierda popularidad en la llamada era posmoderna. Hoy en día, solo a algunos filósofos se les ocurre plantearse uno de los problemas fundacionales del pensamiento: los universales.  Y es que hablar de universalidad en tiempos posmodernos en donde todo es relativo, parece una empresa fallida.

Hablando en términos generales se puede decir que “universal” se opone a “particular” como lo abstracto a lo concreto. Por eso los universales se conciben como entidades abstractas, en oposición a los particulares, entidades concretas y singulares. Así, si digo, Andrés es un hombre honrado, Andrés sería el particular, concreto e individual y hombre honrado el universal, abstracto. Y la proposición sería correcta y verdadera. Lógica elemental. El problema es cuando los objetos que se predican se hacen más sofisticados. Ahí, ya nadie quiere hablar de universales, por temor a ser tachado de medieval, retrógrada o algo peor. Sin embargo, los universales y su problema, es ni más ni menos que la Prima Quaestio de la filosofía en general. Es el tema que divide la charla de café, de la argumentación filosófica propiamente dicha.

Con los pensadores presocráticos la cuestión consistió en determinar si había algo común a todo lo que hay y que al mismo tiempo fuera origen, causa y fin de todo ello, la idea del principio o arjé.  Estos primeros pensadores buscaron algo material, lo que pronto se mostró limitado para ser una buena fuente de explicación. Si había algo común a todo lo existente había de ser al mismo tiempo universal, pero dada la pluralidad de seres y cosas, su condición había de ser formal y no material. Parménides se acercó con el concepto de ser, como aquello inmutable, que no cambia; pero quien estableció el problema con todas sus aristas fue Platón, al establecer que esto universal –las ideas– habrían de existir por sí mismas independientemente de lo material.

A partir de Platón, –el gran filósofo de las ideas universales, abstractas y eternas–, la cuestión residió en determinar que tipo de existencia habrían de tener estos llamados “universales”, al grado que hay quien ha dicho que la filosofía es una serie de notas y comentarios sobre lo que dijo Platón.

El problema de los universales era central para la filosofía medieval, que alcanzó su clímax con las reflexiones escolásticas sobre el lenguaje y su relación con la realidad. El gran problema consiste en saber en lo que concierne a los géneros y a las especies. La cuestión filosófica por excelencia para los medievales era saber si los conceptos eran realidades subsistentes en sí o solo abstracciones; si tenían un cuerpo o no; si es que son y cómo son. De ahí que Dios, los ángeles y todos sus atributos, fueran los temas de discusión más importantes.

Para la filosofía, el lenguaje es un intermediario importante entre el pensamiento y la realidad. Parece ser que el universal no puede corresponder a las cosas, sino a las palabras. El universal es una palabra que puede ser predicada de cosas, una voz significativa que posee una función semántica. Luego entonces, hay una importante tradición filosófica que identifica lo que llamamos universal con los términos o palabras. A esto se le llama nominalismo, y su máximo exponente fue el inglés Guillermo de Ockham.

La navaja de Ockham, también conocido como principio de economía es un principio metodológico utilizado por el filósofo Guillermo de Ockham según el cual la explicación más sencilla suele ser la más probable. Comúnmente se dice que esa navaja de Ockham, afeitó las barbas de Platón (por aquello de la negación de las ideas universales). Desde luego que el de Ockham no es un principio irrefutable, pero es una argumentación fundamental, según la cual el universal no tiene una existencia real, sino que es un signo de carácter lingüístico. Es decir, todo se reduce a los términos que construimos para intentar explicar la realidad que nos acontece. Las palabras señalan las cosas, se convierten en signos o señales de las mismas. Esta capacidad de ocupar el lugar de las cosas, es lo que Ockham llama “suppositio”: podríamos decir que las palabras presuponen las cosas, las sustituyen, ocupan su lugar. El nominalismo es aplicable desde el centro del pensamiento medieval, hasta los tiempos de la llamada posverdad. Ahora todos hablamos de términos que a diario surgen para denominar una realidad que siempre estuvo ahí, pero curiosamente, el que inventó el término, cree que inventó la realidad. Ejemplos hay muchos.

La navaja de Ockham se aplica a casos prácticos y específicos, englobándose dentro de los principios fundamentales de la filosofía de la escuela nominalista que opera sobre conceptos individualizados y casos empíricos.

Dicen que la filosofía no llega a nada, que ya no hay razón para estudiarla, ahora ya nadie habla de ontología, ética o conceptos universales, pero hablan de epistemología, teoría crítica, posverdad, pluralidad y tolerancia… y sin saberlo, construyen sus discursos con argumentos filosóficos.

@vasconceliana